El sábado nos juntamos los cinco. Los mismos cinco amigos de siempre. Los que hace quince años jurábamos que nunca íbamos a cambiar. La cena empezó como todas. Las mismas bromas. Las mismas anécdotas. Las mismas cargadas de siempre. Pero hubo un momento que me llamó la atención. Uno de nosotros miró el reloj y dijo: