Muchos argumentan que la mayoría de los países que permiten la reelección indefinida de su jefe de Gobierno son “democracias parlamentarias”, y resulta interesante que presenten ese sistema como superior.
El simple hecho de agregarle la palabra “democracia” como adjetivo no lo convierte automáticamente en un sistema más democrático. De hecho, una de sus principales características es que el pueblo no elige directamente a su jefe de Gobierno; llámese Primer Ministro, como en el Reino Unido; Presidente, como en España; o Canciller, como en Alemania. Es el partido político, o la coalición de partidos, quien lo designa.
Ese mismo partido puede removerlo y sustituirlo por otra persona, incluso por alguien que la población apenas conozca o por quien jamás haya votado directamente.
Ese sistema puede funcionar bien o mal. Puede ser sumamente exitoso o no. Ese sería otro debate. Pero, por definición, no es más democrático que la elección directa del jefe de Gobierno por parte del pueblo, entendiendo la democracia en su sentido esencial: el poder del pueblo.
En segundo lugar, algunos alegan que la reelección indefinida viola la Constitución salvadoreña. Sin embargo, la Constitución fue reformada por una supermayoría legislativa, otorgada democráticamente por el pueblo salvadoreño en las urnas.
Además, nuestras elecciones han sido observadas por miles de representantes internacionales. Ningún organismo multilateral, ni un solo país del mundo, ni de izquierda ni de derecha, ha declarado que no hayan sido elecciones libres, transparentes y democráticas.
Al final, cada pueblo elige su propio camino.
Existen países con monarquías hereditarias, y nosotros no tendríamos por qué molestarnos por ello. Son sus países y ese es el sistema que han decidido tener. En otros hay emperadores, príncipes, sultanes, emires, presidentes, primeros ministros, etc.
Y prácticamente todos los países han modificado sus constituciones. En muchos casos, esos cambios ocurrieron mediante guerras, golpes de Estado o procesos violentos; no por medio de una fiesta cívica en las urnas, como lo hicimos los salvadoreños.
Todos tendrán su opinión. Al final, serán los resultados los que determinarán si los salvadoreños elegimos un buen camino y, sobre todo, si elegimos uno mejor que el que llevábamos antes.
Dios los bendiga y ojalá también encuentren su camino.
¿Recuerdan el 27 de abril de 1994?
Tal vez ustedes no, pero nosotros sí.
El Salvador acababa de salir de una sangrienta guerra civil que dejó 85,000 muertos.
Luego, siguiendo sus recomendaciones, ese día se aprobó la Ley del Menor Infractor, bajo los mismos argumentos del escrito que ahora anexan.
Tres años después, Bill Clinton deportó a los salvadoreños que habían formado pandillas en los Estados Unidos. Llegaron a El Salvador y se encontraron con una ley que prácticamente daba impunidad para cometer delitos a los menores de 18 años.
Y, por supuesto, los pandilleros recién llegados empezaron a reclutar casi exclusivamente a menores de edad, todos capaces de cometer crímenes atroces con el único riesgo de TAL VEZ enfrentar una PENA MÍNIMA en un centro light, donde incluso llegaban a matar y violar a otros menores que solo habían cometido delitos menores y que sí hubieran podido ser reformados.
El resto de la historia ya todos la conocen: esas pandillas se convirtieron en los grupos criminales más sangrientos del mundo, mantuvieron prisionero al 80% de nuestro país, constituyeron un gobierno paralelo y dejaron un cuarto de millón de muertos y desaparecidos, además de 2 millones de desplazados, solamente en El Salvador, país al que convirtieron en “la capital mundial de los homicidios”.
Así que no, muchas gracias. Llévense sus experimentos sociales a otros países que no hayan sufrido lo que nosotros hemos sufrido; tal vez ellos les crean (ojalá que no).
Nosotros no vamos a volver al pasado.
“Nuestros criminales son los mejores”, “nadie puede contra nuestros criminales”, “nuestro país es tan, pero tan grande que estamos condenados a vivir en el terror”, “ningún país grande puede acabar con el crimen”, “los países que son mucho más grandes que el nuestro con bajas tasas de criminalidad no cuentan”.
Las idioteces que se leen a veces. Pero bueno, cada quien cosecha lo que siembra.
Ojalá algún día piensen diferente.
Sí, ninguno es nacido aquí, pero como gritaron ese gol. Brayan Gil y Nathan Ordaz se juntaron para meternos a la última fase de las eliminatorias rumbo al mundial.
Hace unos días Lola Índigo rechazaba ser madre porque “mi objetivo vital es ser libre”. Esas palabras, dichas a los 30 años, te llenan de un vacío inmenso a los 40 años. Cuando chocas contra el muro del reloj biológico y ser madre se convierte en un milagro al alcance de muy pocas. Siento lástima de una generación a quienes un falso feminismo ha inculcado que la maternidad son grilletes y que una mujer se realiza y es libre dedicándose a su vida profesional. No solo nos condena como sociedad, también nos condena como mujeres. Pienso en mi mayor éxito profesional, lo multiplico por 1.000, y no hay nada comparable con mi mayor logro en esta vida, el que le da sentido a todo: Diego. Ayer en la orilla del mar miraba mi nombre y el suyo escritos en la arena. No era Macarena, era “mamá”. No había una mujer más feliz que yo. Ni más libre.