MALDONADO, MI TIERRA
La tierra donde nací, donde están mis raíces, mis afectos y buena parte de mis sueños.
Maldonado, de pasado pujante, presente vibrante y futuro promisorio. Hogar de propios y extraños, tierra de oportunidades y fábrica de sueños.
Un lugar que recibe, que abraza, que crece y que nunca deja de mirar hacia adelante.
Orgulloso de haber nacido acá, de pertenecer a esta tierra y de trabajar por su futuro.
¡Feliz Día de Maldonado!
Rodrigo Blas
Nota de opinión
LA VERDAD DESCANSA
La Necesidad de Bajar la Pelota .
La cotidianidad de la actividad política y periodística en nuestro país recorre caminos de crispación con una frecuencia inusitada. Todo parece convertirse en polémica. Cualquier frase desata una discusión, cualquier opinión provoca una reacción y cualquier episodio termina enfrentando a unos contra otros.
Tal vez sea hora de bajar la pelota.
La proliferación de programas periodísticos, los nuevos formatos de comunicación y, fundamentalmente, las redes sociales han cambiado radicalmente las reglas de juego.
Antes, la audiencia de un programa estaba limitada por su alcance, su horario, el interés que despertaba su conductor o la relevancia de sus entrevistados. Había una cierta territorialidad de la información. Lo que se decía en una pequeña radio del interior difícilmente trascendía los límites de su localidad. Una entrevista tenía un público determinado, un contexto y una intención que generalmente eran compartidos por quienes la escuchaban.
Hoy todo se sabe.
Como instaló hace años el incisivo Ignacio Álvarez desde sus programas, aquello que parecía destinado a una audiencia limitada puede terminar siendo conocido por todo el país.
Una frase mal dicha en la radio más pequeña de algún rincón del Uruguay puede convertirse, minutos después, en tema de discusión nacional.
Se rompieron los límites territoriales, los contextos originales y hasta las condiciones en que se recibía lo dicho.
Ahora las palabras del entrevistado y las preguntas del periodista son examinadas por públicos completamente diferentes, que no necesariamente conocen el contexto, la conversación completa ni las circunstancias en que fueron pronunciadas.
Y como casi todo tiene una camarita, a las palabras se suma el análisis de los gestos, las miradas, las sonrisas y hasta los silencios.
Es un mundo casi nuevo para unos y otros. Un cambio de reglas al que debemos adaptarnos y que no resulta sencillo, especialmente para quienes venimos de aquellos tiempos en que uno podía ir a una entrevista radial de chancletas porque nadie lo veía, o hablar en un canal pequeño del interior sabiendo que sus repercusiones difícilmente superarían los límites de aquella comunidad.
Hoy todo se sabe.
Y cuando todo se sabe, las repercusiones cambian.
Un senador, filosofando sin demasiada profundidad técnica ni mayores ambiciones sobre la organización territorial del país, ve transformada una reflexión circunstancial en una propuesta de modificación de la distribución política de los departamentos.
Lo que probablemente nació como una conversación termina convertido en una polémica nacional, seguramente no buscada por su protagonista. Aparecen respuestas, algunas fundadas y otras cargadas de crispación, de quienes interpretan aquellas palabras como un ataque a sus identidades departamentales.
Se responde, se levanta el tono, se atribuyen intenciones, se buscan enemigos. Y así seguimos.
En otro episodio, el líder de un partido político casi recién nacido, mi amigo Eduardo Lust, es interrogado sobre situaciones personales que, tratándose de una figura pública, no necesariamente pertenecen exclusivamente a su intimidad.
La entrevista, a mi juicio oportuna y esclarecedora, y bien contestada por el entrevistado, termina convertida en una batalla sobre los límites del periodismo, la privacidad, las intenciones del entrevistador y hasta con el presidente de la República metido, para variar, donde nunca debió entrar.
La discusión alcanza niveles de crispación propios de algunos programas de chimentos de la vecina orilla.
Y aparecen las hinchadas de siempre.
Los que defienden o condenan según quién pregunta, quién responde o a qué partido pertenece cada uno. Poco importa analizar el episodio en sí mismo. La posición ya estaba tomada antes de escuchar una sola palabra.
Todo se reduce a estar con alguien o contra alguien.
Nada es lo que es, sino de dónde viene y quién lo dice.
El razonamiento se aleja. La verdad descansa.
Otro senador, en este nuevo mundo de exposición permanente, se anima a hablar de su propia realidad económica. De la suya, no de la de nadie más.
Contesta una pregunta sobre cuánto gana y cómo vive con sus ingresos. Expone su situación personal, sin pretender convertirla en ejemplo de nada ni emitir juicio alguno sobre quienes ganan menos.
Sin embargo, el país entero parece decidido a interpretar sus palabras como una ofensa hacia quienes tienen dificultades económicas.
Se le atribuyen intenciones que no expresó, se lo acusa de desconocer realidades sobre las que no estaba opinando y se transforma una respuesta individual en una declaración general sobre la sociedad.
Nadie parece detenerse en lo más elemental: estaba hablando de él. De su propia realidad. Contestando lo que le preguntaron, no lo que otros quisieron entender.
Lo que no formaba parte de la entrevista se convirtió en el centro de la discusión. Y lo que efectivamente dijo terminó siendo un disparate, no necesariamente por su contenido, sino simplemente porque lo dijo.
Podemos discrepar con sus palabras, con su oportunidad o con su manera de expresarse. Pero eso no nos habilita a sustituir lo que alguien dijo por aquello que nos conviene que haya dicho.
Y este es, quizás, el problema de fondo.
Estamos perdiendo la capacidad de escuchar sin necesidad de reaccionar, de discrepar sin necesidad de atacar y de analizar sin necesidad de tomar partido.
Aquel Uruguay moderado y centrado, que durante tantos años nos gustó reconocer como una característica de nuestra convivencia, parece estar desapareciendo.
No porque antes no existieran las diferencias, las discusiones fuertes o los enfrentamientos políticos. Existían, y muchos. Pero había cierta conciencia de que no toda discrepancia era una guerra, ni toda palabra desafortunada merecía una condena pública.
Hoy la velocidad le gana a la reflexión. La reacción sustituye al razonamiento. La pertenencia política condiciona la interpretación y el escándalo tiene más valor que la explicación.
La multiplicación de la información no necesariamente nos ha hecho más informados. A veces ha conseguido exactamente lo contrario.
Tenemos más medios, más voces, más cámaras, más opiniones y más posibilidades de acceder a lo que ocurre. Pero también tenemos más fragmentos fuera de contexto, más interpretaciones interesadas, más prejuicios y más gente dispuesta a opinar sobre aquello que apenas conoce.
Y mucha, demasiada manija.
No pretendo defender que los políticos no debamos responder por lo que decimos, ni que los periodistas deban dejar de preguntar lo que consideran pertinente. Todo lo contrario. La libertad de preguntar, responder, opinar y criticar es esencial para una sociedad democrática.
Pero esa misma libertad exige algo que estamos perdiendo: la responsabilidad de comprender antes de condenar.
No toda frase es una propuesta. No toda pregunta es una agresión. No toda respuesta es una provocación. No toda discrepancia es un ataque.
Y no toda polémica merece convertirse en una batalla.
Quizás bajar la pelota sea simplemente eso: recuperar la capacidad de escuchar, entender el contexto, distinguir los hechos de las interpretaciones y aceptar que no necesitamos estar siempre de un lado o del otro.
Porque en este Uruguay donde todo se sabe, corremos el riesgo de terminar en una paradoja formidable:
Cada vez nos enteramos de más cosas, pero cada vez entendemos menos.
La dejo por acá. Me voy a poner el traje y a maquillarme, porque tengo que ir a una radio.
Rodrigo Blas
Senador de la República
He solicitado al canciller @MinLubetkinUy una ampliación de sus respuestas sobre los ya famosos viajes a Roma, dado que la información recibida es por demás escueta y deja más dudas que certezas.
Esperamos una pronta respuesta. La transparencia en el uso de los recursos públicos no debería necesitar tanta insistencia
@Herrerismo@PNACIONAL
Competitividad?
Con un Uruguay más caro que nuestros competidores, el Gobierno redujo de 9 a 5 puntos la rebaja de IVA en gastronomía, alquiler de autos, comisiones de alquiler turístico, eventos y otros servicios.
De espaldas al Uruguay que compite y apretado por la plata que le falta . El Gobierno afecta directamente al turismo y al trabajo.
Un Gobierno sin rumbo y a los tumbos.
@Herrerismo@PNACIONAL
No voté la creación de la Agencia de Inmuebles Estatales propuesta en la Rendición de Cuentas.
No cuestiono que el Estado ordene, venda o aproveche mejor sus propiedades. Debe hacerlo.
Una locura "socialista " crear una Agencia habilitada para hacer negocios: crear sociedades comerciales, participar en fideicomisos y desarrollar emprendimientos inmobiliarios.
Una nueva estructura estatal, más cargos y más gastos.
El Estado deja de ser solamente propietario y administrador para convertirse en empresario inmobiliario.
Y cuando el Estado juega a ser empresario, el riesgo es conocido: si el negocio sale mal, las pérdidas no las paga el gobernante. Las pagamos todos.
No hubo un solo recurso más para la Fiscalía General de la Nación en esta Rendición de Cuentas.
No se puede hablar de seguridad sin fortalecer una de las patas fundamentales en el combate a la delincuencia.
Para combatir a Mónica Ferrero, el Frente Amplio termina asfixiando a la Fiscalía.
Vergonzoso
@PNACIONAL@Herrerismo
Esta fotografía del Uruguay de hoy, con bajo crecimiento, más gasto, más deuda y más compromisos de gastos, augura lamentablemente malos tiempos por delante. Un gobierno sin rumbo y a los tumbos. @PNACIONAL@Herrerismo
Rompen todo . Durante años se reclamó un servicio de emergencia para la población de la Caouera . Durante el gobierno pasado logramos conseguirlo . Hoy se la llevan dejando desprotegida a una zona con más de 7000 personas.
Un disparate . @PNACIONAL@Herrerismo
Opinión 1/2
ENOJADOS
Se les escapó la tortuga y no la encuentran.
Cuando gobernar era una aspiración, todo parecía más sencillo: había respuestas, responsables y soluciones para casi todo. Y cuando las respuestas no alcanzaban, caceroleaban.
Ahora gobiernan y descubrieron que la realidad hace bastante más ruido que una cacerola.
Los números no siempre dan, las promesas no siempre se cumplen, las internas no descansan, la oposición se opone, los periodistas preguntan y la gente reclama.
Y entonces aparece algo que empieza a repetirse: Gobiernan Enojados.
Se enojan con la oposición cuando cuestiona, con la prensa cuando pregunta y con las noticias que perjudican al Gobierno, porque enseguida aparece la sospecha de una “operación política”.
También cuando la discusión parlamentaria se les va de las manos. Hemos visto amenazas de expulsar a una senadora de sala y cómo se niega la palabra a otros.
Y cuando la crítica alcanza a una ministra o gobernante mujer, demasiadas veces la discusión sobre su gestión se desplaza hacia su condición femenina.
La violencia contra las mujeres y la violencia política existen y deben enfrentarse con seriedad. Pero no corresponde confundirlas con la crítica política. Una ministra puede y debe ser cuestionada con la misma intensidad que un ministro.
Convertir automáticamente una crítica política en una cuestión de género no protege a las mujeres: corre el riesgo de proteger al poder de la crítica.
Ahora también aparece la posibilidad de penalizar los llamados discursos de odio.
El odio, la amenaza, la discriminación y la violencia son asuntos serios. Pero también lo es la libertad.
Porque la democracia está hecha, precisamente, de palabras incómodas.
Una pregunta que no gusta, una comparación que molesta, una noticia inconveniente y enseguida: ¿quién está detrás?, ¿a quién responde?, ¿es una operación?
Puede haber operaciones. Puede haber periodistas equivocados. Puede haber críticas injustas.
Pero no todo es una operación.
No toda crítica es violencia. No toda pregunta es mala fe. No toda discrepancia es odio. No toda noticia desfavorable es una conspiración.
Mientras tanto, la realidad sigue ahí.
Los planes siguen en el papel, los muertos siguen muriendo, la gente en situación de calle sigue en la calle y los anuncios se suceden.
Pero los resultados no alcanzan.
Gobernar es bastante más difícil que explicar cómo deberían gobernar los demás.
Y además están gobernando un Uruguay diferente.
El uruguayo de hoy no es el de ayer.
El pensamiento homogéneo pierde terreno frente al pensamiento libre. La cancelación encuentra cada vez más resistencia. Ya no es tan fácil sacar una discusión del centro ni decirle a la gente cómo debe pensar.
También envejecieron algunas explicaciones. La guerra de clases pasó de moda y la vieja manija ya no alcanza.
Porque la realidad tiene millones de ventanas.
Las redes rompieron el monopolio de la información. Una declaración queda grabada, una promesa se compara con una decisión y una contradicción reaparece en segundos en la pantalla de un teléfono.
La información se escapó de los centros tradicionales. Tiene mentiras, excesos, operaciones y ruido. Pero produjo algo difícil de revertir:
la palabra se democratizó.
Y vaya si tendrán poder las palabras, justo cuando al Presidente las suyas lo pueden.
Pero el fenómeno es mucho más profundo: el ciudadano ya no es solamente receptor. Habla, pregunta, busca, contrasta y responde.
Por eso ya no alcanza con instalar un relato y esperar que todos lo repitan.
Ni con descalificar al mensajero cuando el mensaje incomoda.
Ni con llamar violencia a la crítica, odio a la discrepancia u operación a la noticia.
Quizás ahí esté parte de la explicación de tanto enojo.
El poder sigue teniendo poder, pero perdió buena parte del control sobre la palabra.
Y eso es bueno para este Gobierno, para el próximo y para todos.(sigue )
@Herrerismo
La distancia entre la autopretendida superioridad moral y la pérdida del sentido común es, a veces, muy corta.
Llamar “prejuicio hacia los pobres” a exigir condiciones para una transferencia destinada a combatir la pobreza infantil es absurdo.
Más absurdo aún es compararla con una deducción de IRPF o con controlar cómo alguien gasta la plata que ganó trabajando.
Una cosa es tu plata. Otra son recursos que toda la sociedad destina con un objetivo concreto.
Si una partida es para disminuir la pobreza infantil, parece elemental exigir que se gaste en beneficio del niño.
En un pedazo de la nota se le escapa que el objetivo es mejorar los ingresos de los hogares con menores en situación de pobreza y no disminuir la pobreza infantil .
Una estadística que mejore, en lugar de que mejore la vida de un niño . Clarísimo
Dame tres 5 de Oro con Revancha a cuenta del MIDES.@PNACIONAL@Herrerismo
El Gaby y el Tito. Dos historias. Dos sociedades.
El Gaby nació en 1968.
Su padre era alcohólico. Su madre criaba una familia numerosa. Vivían en un terreno donde, a medida que los hijos se casaban, levantaban una pieza más. Eran más de nueve familias. A todos les faltaba mucho. Los grandes trabajaban. Los chicos crecían como podían.
Un día el Gaby robó un caramelo. Otro día se llevó un buzo de la canchita. Después entró a una casa y se llevó algo que no era suyo.
El barrio reaccionó.
Dejó de ser invitado a los cumpleaños. A los otros gurises les prohibieron jugar con él. Le hicieron sentir que estaba mal.
El Gaby pidió perdón. Cambió.
Volvió a los cumpleaños. Volvió a hacer los deberes con los demás. Volvió a ser parte del barrio.
Con el tiempo trabajó, formó una familia y salió adelante. Nadie volvió a recordarle aquellos errores de gurí.
El Gaby estuvo unos meses en la mala y una vida entera con su familia.
El Tito nació muchos años después.
A los veintidós años quedó sin trabajo. Alguien se le arrimó y le ofreció ganar plata fácil vendiendo unos "tiros".
Aceptó.
De golpe tenía moto, plata y ropa nueva.
En el barrio algunos lo miraban de costado, pero nadie decía mucho. Nadie quería meterse. Cuando aparecía con plata siempre encontraba compañía. Pagaba la vuelta, invitaba el asado, llegaba al baile con la moto nueva y muchos lo aplaudían. Los demás le tenían miedo, pero nadie lo condenaba. Mientras la plata corría, casi todos miraban para otro lado.
En su casa tampoco había demasiadas preguntas. La madre agradecía que ahora vivieran un poco mejor. El Tito ayudaba con los gastos, compraba la comida, llevaba plata. Ella le lavaba la ropa, le cuidaba el descanso y le preparaba la comida para que saliera a "trabajar". Nunca quiso preguntarse de dónde venía esa plata.
Lo procesaron.
Tres años de cárcel.
Algún corte. Alguna pelea. La soledad. Los amigos que desaparecieron. Y la droga que vendía terminó siendo la droga que consumía para pasar mejor los días.
Salió roto. Sin oficio. Sin rumbo. Conseguir trabajo era casi imposible.
Al baile ya no lo dejaban entrar. Los que antes lo rodeaban desaparecieron.
Algunos dicen que hoy duerme en alguna vereda de Montevideo.
El Tito fue el campeón del barrio durante unos meses. Hoy nadie sabe dónde está.
La diferencia no fue la pobreza.
La diferencia fue la respuesta de la sociedad.
Antes el barrio condenaba el delito, corregía y ayudaba a recuperar a quien quería volver.
Hoy demasiadas veces normalizamos el dinero del narcotráfico, admiramos el éxito fácil y recién reaccionamos cuando ya es tarde.
La droga mata.
Y por eso la respuesta no puede ser solamente policial, aunque una Policía fuerte y una Justicia firme sean imprescindibles.
También hay que ganar la batalla cultural.
En la familia. En la escuela. En la educación. En los clubes. En los barrios.
¿Quién educa? ¿Quién comunica? ¿Quién les explica a nuestros jóvenes que ese camino no conduce al éxito sino a la destrucción? ¿Quién evita que la droga y el narcotráfico se normalicen?
Hacen falta campañas de comunicación fuertes, duras y permanentes. Mensajes claros donde se educa. Acompañamiento a las familias. Respaldo a los vecinos que se animan a decir que esto está mal.
La Policía y la Justicia deben hacer su trabajo, con más herramientas y más firmeza.
Pero la educación, la comunicación y toda la sociedad también tienen que dar esta batalla.
No queda tiempo.
La droga mata.
Rodrigo Blás Senador de la República
@Herrerismo@PNACIONAL
Mientras hablan de Políticas de Estado en seguridad, desde el Frente Amplio dicen que la Fiscal General, Mónica Ferrero, “no les da garantías”.
Decir que la Fiscal General no le da garantías al partido de gobierno no es menor. Debilita a la persona y a la institución que encabeza la lucha contra el narcotráfico y la criminalidad.
No se puede convocar al diálogo y a construir políticas de Estado en seguridad y, al mismo tiempo, poner bajo sospecha a quien tiene una responsabilidad central en esa tarea.
Las políticas de Estado se construyen cuidando y respaldando las instituciones.
@Herrerismo@PNACIONAL
Planteamos eliminar AFE como Ente Autónomo y trasladar sus funciones al MTOP.
Hoy muchas de sus competencias ya están en el Ministerio y las cargas las opera SELF. Mientras tanto, AFE registra pérdidas operativas que en los últimos años rondan los $700 millones anuales.
Eliminar AFE no es eliminar el ferrocarril. Es eliminar burocracia y superposiciones.
Antes de pedirle más recursos a la gente, el Estado tiene que revisar cuánto gasta y para qué.
@Herrerismo@PNACIONAL
En medio de la crisis de violencia e inseguridad que vive el país, hoy se restablece el mecanismo que permite pagar delitos haciendo tortas fritas, pintando escuelas o realizando tareas comunitarias.
La LUC lo había derogado.
Buena señal para los delincuentes.
Mala señal para la seguridad.
@Herrerismo@PNACIONAL
Provocan, mienten, atacan, se obsesionan, echan humo, se rezongan, se despiden, piden descuentos en compras personales, gastan de más en compras estatales, hacen rifas y tienen a varios rifados. Y, de vez en cuando, pasan por Roma a saludar al César.
Hacen de todo.
Todo, menos gobernar bien.
NO SOY WOKE
No soy woke.
Y aclaro de entrada qué quiero decir, porque la palabra se usa para demasiadas cosas.
Woke nació como una forma de estar alerta frente a la discriminación y las injusticias. Hasta ahí, difícil estar en contra. El problema vino después, cuando esa mirada empezó a transformarse en una forma de dividir a la sociedad en colectivos y pretender corregir las desigualdades imponiendo resultados.
Ahí es donde no estoy de acuerdo.
Creo en la igualdad. Y justamente por eso creo que hay que discutir qué igualdad queremos.
Para mí, la igualdad significa que nadie pueda ser discriminado por ser mujer. No que alguien tenga que ser contratado por ser mujer.
Que nadie tenga menos oportunidades por ser homosexual. No que deba tener una ventaja por serlo.
Que el origen, el sexo, la raza o la forma de pensar de una persona no sean una condena, pero tampoco un privilegio.
Parece una diferencia pequeña. No lo es.
Porque una cosa es combatir la discriminación y otra muy distinta es pretender arreglarla discriminando para el otro lado.
Y de a poco nos fuimos acostumbrando a eso.
A contar cuántos hombres y cuántas mujeres hay. A clasificar a las personas por su orientación sexual. A decidir qué colectivo está suficientemente representado y cuál no. A establecer cuotas. A condicionar apoyos. A repartir lugares.
Todo con buenas intenciones.
Pero las buenas intenciones no convierten automáticamente una idea en una buena idea.
Yo prefiero una sociedad donde el Estado garantice derechos y oportunidades y después deje a las personas ser libres.
Libres para elegir. Para competir. Para equivocarse. Para destacarse. Para contratar. Para crear.
Y también para no cumplir con el resultado que algún burócrata considera adecuado.
El Estado tiene mucho para hacer.
Tiene que estar en la educación, especialmente donde un niño nace con menos oportunidades. Tiene que proteger al débil. Tiene que perseguir la discriminación. Tiene que garantizar que una puerta no se cierre por el sexo, el color de piel, la orientación sexual o el origen de quien intenta entrar.
Tiene que abrir puertas.
Lo que no tiene que hacer es decidir quién debe atravesarlas.
Porque las personas somos bastante más que el colectivo en el que alguien decide colocarnos.
Tenemos historias distintas, talentos distintos, problemas distintos, sueños distintos. Algunos llegan más lejos, otros menos. Algunos eligen un camino y otros el contrario.
Eso también es libertad.
No quiero una sociedad indiferente frente a la desigualdad. Quiero una sociedad que ataque sus causas sin empezar a clasificar ciudadanos.
Que ayude al que necesita ayuda porque la necesita, no porque pertenece a determinada categoría.
Que no le pregunte a una persona qué es antes de reconocerle sus derechos.
Y que entienda algo bastante sencillo: tener los mismos derechos no significa que todos tengamos que terminar en el mismo lugar.
Creo en la igualdad ante la ley, en la igualdad de oportunidades y en la libertad para construir después nuestro propio camino.
Sin privilegios.
Sin discriminaciones.
Y sin que nadie nos reparta en casilleros.
Por eso no soy woke.
Una situación insostenible que genera daños en el presente y en el futuro del País ante la pasividad del Gobierno .
Sin autoridad no se puede .
@Herrerismo@PNACIONAL