Que tremendo artículo acaban de sacar @Nature acerca de la personalidad.
Los rasgos de personalidad son diferencias estables en cómo pensamos, sentimos y nos comportamos 👇🏻
📅 Era un noviembre de 2021 cuando escribí primera nota sobre los problemas de Sartor en mi newsletter. Publiqué 3 más en 2 años. En todas pregunté a la @cmfchile_ . No hubo respuesta. Recien en 2024 investigan. US$200 palos perdieron los aportantes
https://t.co/7rCuqizhZ8
“El sistema obliga a llamar depresión a problemas distintos”, advierte la psicóloga Alemka Tomicic. Cuestiona que la salud mental se reduzca a diagnósticos y tratamientos individuales, dejando fuera las condiciones sociales y colectivas del malestar. 👉 https://t.co/E62wfcQobn
El “favor” que el exvocero de la Suprema le pidió a Hermosilla y que Chadwick “apuró al máximo”
🔎 Chats revelan que Lamberto Cisternas solicitó tramitar “rápido” residencia de trabajador polaco de su empresa
https://t.co/gWxaec9bLj
Al comenzar esta administración, el transporte público de Santiago contaba con 959 conductoras. Hoy ya son 2.402. Con el programa #MujeresConductoras equiparamos la cancha, con trabajo formal e independencia económica para muchas mujeres que son el principal sustento de su hogar.
Stephen Colbert: “Los policías secretos enmascarados que disparan a inocentes con impunidad en las calles no son víctimas. Son, en el mejor de los casos, individuos débiles de mente llenos de ira que Donald Trump ha llevado a la oscuridad y ahora participan en un sistema perverso que se les pegará como alquitrán caliente para el resto de sus vidas. Yo cocinaría en casa por ahora, amigos, porque ninguna comida quedará sin escupir”.
No hay capuchas que duren para siempre. La historia lo demuestra una y otra vez. Quienes ejecutan órdenes injustas pueden creer que el tiempo los protege. El tiempo también acumula. Los gobiernos pasan, los archivos se abren, los nombres emergen. Aquello que parecía rutina vuelve convertido en pregunta. Cuando el miedo deja de ordenar y la vergüenza empieza a nombrar, la justicia puede abrirse paso.
Recomendadísimo:
"De los 18.000 estudiantes con el mejor 10% de puntajes:
50,5% asisten a 1.682 establecimientos públicos
49,5% asisten a 426 establecimientos particulares
La educación pública aporta LA MITAD de los mejores puntajes del país"
Como muchas personas, mi corazón está a la izquierda. Siempre he votado por alguna variación de ella. Mi forma de entender el mundo tiene raíces profundas tanto en el marxismo como en sus críticas desde la misma izquierda, de Camus a Orwell. Pero descubro que lo que me separa de la izquierda oficial —o al menos de su versión tuitera— es precisamente el corazón.
Porque soy de izquierda, mi primer impulso ante la caída de Maduro es una alegría visceral. No por quien la provocó —Trump no despierta en mí ninguna simpatía— sino por los millones de venezolanos que llevan años huyendo de una parodia grotesca del socialismo. Por las madres que no han visto crecer a sus hijos. Por los profesionales manejando Uber en Santiago. Por los que murieron cruzando el Darién.
La izquierda que conozco en Twitter piensa al revés: primero el antiimperialismo, después la soberanía, luego la no injerencia, y al final —si queda espacio— los venezolanos. Como si el principio de no intervención pesara más que los cuerpos torturados en El Helicoide. Como si los derechos humanos del tirano importaran más que los de sus víctimas.
Este reflejo automático se repite en cada crisis. En Cuba, la corrupción dinástica de los Castro siempre pesa menos que el embargo. Cuando las iraníes se quitan el velo y enfrentan a los mulás, la izquierda busca primero denunciar a la CIA. Cuando quemaron el metro en Santiago, había que entender la rabia antes que lamentar a la cajera que no pudo llegar a su trabajo. No importa que los mulás ejecuten homosexuales, que los muyahidines lapiden mujeres, que los Castro encarcelen poetas: si están contra Estados Unidos, merecen comprensión.
Entiendo el razonamiento. Conozco la historia de las intervenciones, los golpes de Estado, la Escuela de las Américas. Sé que Estados Unidos no regala nada y que Trump es un personaje siniestro. Pero lo que no puedo entender es la ausencia de emoción humana elemental. Esa frialdad doctrinaria que no se conmueve ante los videos de venezolanos llorando de alegría en las calles de Caracas. Que no siente nada ante las iraníes cortándose el pelo en señal de rebelión. Que siempre tiene un "pero" listo antes que un abrazo.
Preferiría, por supuesto, que los venezolanos hubieran derrocado solos a su tirano. Pero sé —porque la historia lo enseña— que pocas dictaduras caen sin alguna forma de presión internacional. La chilena no lo hizo. La argentina tampoco. La española menos. Y de todas las salidas posibles después del fraude brutal de julio, esta es de las menos sangrientas.
Hoy los venezolanos celebran. Las calles de Caracas se llenan de una esperanza que creíamos muerta. Y yo, que sigo siendo de izquierda precisamente porque creo en la dignidad humana antes que en las abstracciones geopolíticas, celebro con ellos.
Mañana habrá tiempo para analizar, criticar, contextualizar. Hoy, solo hoy, déjenme sentir esta alegría sin pedir permiso al manual del buen antiimperialista. Déjenme poner el corazón donde siempre debió estar la izquierda: del lado de la gente, no de los mapas.