Quienes prometieron un presidente que defendería a Colombia hoy tienen una pregunta que responder: ¿dónde está Abelardo De la Espriella cuando un colombiano muere en un operativo de las autoridades estadounidenses? Tan firme para hablar cuando le conviene, tan silencioso cuando el hecho incomoda a sus aliados políticos. El patriotismo no puede depender de quién sea el responsable. Defender a Colombia también significa exigir verdad, justicia y respeto por la vida de cada colombiano, sin excepciones.
El engranaje de lo que nos espera durante los próximos cuatro años ya está listo. Marcará un nuevo capítulo en el deterioro de la institucionalidad, la alternancia en el poder, el bien común y una democracia que desde hace años muestra signos de desgaste. Será el propio pueblo colombiano quien deba contener esa bomba de tiempo, cuyo cronómetro comenzará a correr el 7 de agosto en un cuartel militar.
Será una logia que gobernará con la consigna de la ciega obediencia no importa si la orden es dada contra la constitución; su objetivo terminar de acabar con la separación de poderes, y su saludo la venia militar, contrario al civismo que debe imperar en una sociedad. Lo visto hasta ahora no es un proceso de empalme, sino los primeros actos de una decadencia institucional largamente anunciada, que nos dejará grandes lecciones. Por eso, este gobierno que apenas comienza y ya deja mucho de que hablar, será un mal necesario para los colombianos.
Basta con mirar la trayectoria de sus ministros, y demás nombramientos para darse cuenta que la gestión pública estará dirigida por el oscurantismo y el secretismo, a la usanza de las iglesias cristianas, que impondrá la ruta a seguir, no resta mencionar que tienen el caldo de cultivo perfecto para blanquear los capitales provenientes de una eventual corrupción sin que nadie pueda notarlo, y libre de impuestos, como sucede en Guatemala con el farsante Cash Luna.
Esto no es más que el asalto final de esas organizaciones que se mantenían a la sombra, quienes estaban a la espera de encontrar un candidato a la presidencia lo suficientemente ególatra, mesiánico, superfluo, anti ético, ignorante y amante del dinero; para prestarle todo el apoyo estructural y financiero, y de esta manera, poder asaltar el poder y el erario, lo peor, la voluntad de millones de colombianos.
Esta gente, no llegó para gobernar 4 años, sino para perpetuarse en el poder. Para ello, el remedo de Bukele buscará utilizar las facultades de la Presidencia y los recursos públicos para someter al Congreso y ejercer presión sobre las altas cortes (de ello, tiene un doctorado) erosionando los pesos y contrapesos que aún sostienen, aunque con dificultad, el equilibrio institucional.
Todo su accionar no irá en beneficio del bienestar de los colombianos, sino en el de sus acólitos religiosos y amigos no tan santos del sur de la Florida.
De esta Epifanía, me parece que hasta Álvaro Uribe Vélez, ya se dio cuenta.
ICE está mintiendo. El caso del colombiano as3s1nado en Estados Unidos deja muchas dudas. Y no es el único. Donald Trump ha buscado sembrar terror en las comunidades de migrantes.
La defensa de la vida no admite excepciones. Si tu moral cambia según la bandera de las víctimas, no es un principio: es conveniencia. Colombia debe estar del lado de la dignidad humana, no del silencio.
Rechazo que nos quieran volver cómplices genocidas.