@HELTISMO@SEFutbol@rfef Esos chorbitos que foron os primeiros en saltar e chegar a vivir o sentimento q lle transmitiron no kel é moita ledicia e ilusión...medra a deportivo
O vivido onte en Riazor foi lamentable:
– Mosaico cunha canción que non sabía ninguén.
– Fume ao americano para celebrar un gol que nin entrou.
– Máis pendentes do márketing que do xogo.
– DJ e speaker lamentables.
Así non @RCDeportivo, así non.
Tengo que daros una noticia dura de la ostia.
Ha fallecido Jorge Ilegal.
Perdemos a una de las mentes más lúcidas del rock español, a un tipo irreverente, pero sensato, con una lengua casi tan afilada como sus guitarras.
DEP, jefe.
https://t.co/A9zIw4iCAf
Le humillaron, insultaron, apalearon hasta romperle los dedos, la cara, la cabeza. Le quemaron. Le cortaron la lengua. Y, finalmente, después de tres dias de someterle a brutales torturas y humillaciones, le asesinaron disparándole hasta 44 tiros.
El 15 de septiembre de 1973, en el Estadio Chile convertido en centro de detención, torturas y terror fascista, los militares golpistas, fascistas pinochetistas, asesinaron al cantautor Victor Jara. Como el, miles de personas pasaron por las manos de estos sádicos que querian borrar su memoria, destruir su legado, reventar sus voluntades a base de golpes y brutales torturas.
Antes de morir, y mientras otros reclusos y compañeros intentaban socorrerle, curarle y esconderle de sus torturadores, consiguió escribir, sin dejar esa sonrisa, la sonrisa que nunca le abandonó y que más cabreaba al facho mientras le apaleaba, los últimos versos de su última poesia, ‘Somos cinco mil’.
Querian callarle pero le hicieron inmortal.
@RCDeportivo Moi bós xogadores ten esta tempada o dépor...non me quero ilusionar, mais ésta equipa ben carburada pode ser moita rachí. Voa Dépor, voa🇫🇮
La farlopa
Por Jesús Suárez
La farlopa. La puta farlopa. Ese polvo blanco que ahora parece pasaporte obligatorio para pertenecer. Que no eres nadie si no te metes un tiro. Que si no haces el rally en el baño de un garito de mierda o en el salpicadero de un coche, apoyado en el móvil, entonces eres un turista en la noche, un desgraciado al margen de la tribu.
Porque da igual el sitio: cualquier bar, cualquier esquina, cualquier baño mugriento donde el pestillo no cierra. O en plena calle, con la raya alineada sobre la pantalla del móvil mientras el motor ronronea y alguien vigila. Da igual la edad: la chavalería que no ha aprendido a vivir, los treintañeros que no quieren asumir que ya no pueden con todo, los cincuentones que necesitan aguantar el ritmo de una vida que ya no les pertenece. Da igual la razón: adrenalina, resistencia, olvido, vértigo. Da igual. Todo se disuelve en la raya.
Ahí están: las mandíbulas dislocadas, moviéndose como si mascaran un chicle que no existe; las pupilas dilatadas como faros rotos en mitad de la noche; las narices sangrantes, discretamente secadas con un dorso de mano o un clínex arrugado. Y el milagro sucio: el borracho que estaba tambaleándose contra la barra y de repente, pum, tiro al cerebro, y ya está derecho, erguido, listo para otro cubata, para otra ronda, para otra noche que no termina porque nadie quiere volver a casa.
La farlopa lo ha colonizado todo. No queda reducto donde no haya caído. Está en el after, en la verbena de pueblo, en el festival cool, en la discoteca cutre, en el reservado de lujo. Está en el cumpleaños, en la despedida de soltero, en el martes random. Ha dejado de ser clandestina para convertirse en rutina. Si no esnifas, estorbas. Si no corres, eres lastre.
Y nadie habla del precio. Nadie te cuenta que lo que parece energía es deuda. Que cada raya es un pagaré firmado con tu cerebro. Que todo lo que sube baja. Y cuando baja, arrasa. Que la resaca no es solo física: es moral, es emocional, es existencial. Porque un día abres los ojos y te das cuenta de que la vida ya no tiene brillo si no viene con polvo blanco encima.
Y lo más obsceno: lo permitimos. Lo miramos de reojo. Nos hacemos los sorprendidos cuando uno se queda en el camino. Decimos que qué pena, que era tan buen chaval, que qué lástima. Y al fin de semana siguiente, ahí estamos todos, alineando rayas en un lavabo mientras afuera amanece. Como zombis sonrientes. Como autómatas que solo saben correr hacia el precipicio.
La farlopa es el resumen perfecto de este tiempo: rápido, inmediato, vacío. Es la fiesta que no celebra nada. El escape que no lleva a ningún lado. Y lo jodido es que todos lo sabemos. Pero nadie, absolutamente nadie, quiere ser el primero en bajarse.