Look! He's old but still so talented! So amazing!
He taught Jimmy how to play his famous guitar riffs and played "Jumpin' Jack Flash" and "Start Me Up" for them to play along 🎸.
“Yo soy albañil, me enteré de esta noticia y me llora el alma. Para nosotros los humildes este tipo nos dio el cariño que no nos dio mucha gente: los patrones, la sociedad, los gobiernos, nosotros recibimos cariño de donde podemos… El indio fue juzgado por un montón de cosas, pero a NOSOTROS NOS HIZO FELIZ”.
BUSCAR PAREJA EN INTERNET: UN SAFARI EMOCIONAL ENTRE PSICOPATAS CON WIFI
Buscar pareja en Internet no es ligar.
No.
Buscar pareja en Internet es meterte voluntariamente en una escape room sentimental donde la pista principal es: “huye, imbécil”.
Pero tú no huyes.
Tú entras.
Te descargas la app con ilusión, como quien abre una ventana al amor, y en realidad estás abriendo el portal de Mordor con geolocalización.
Pones tu nombre, tu edad, tus gustos, tus fotos… y de repente estás ahí, expuesto como un yogur en oferta:
“Disponible. Algo caducado emocionalmente, pero todavía apto para consumo con precaución.”
Porque las apps de citas no son para encontrar pareja.
Son para descubrir cuánta gente está suelta sin supervisión.
Tú entras buscando amor y te encuentras con una convención de heridas mal cerradas con frases motivacionales.
Todo el mundo pone:
“Me gusta viajar, reír y vivir la vida.”
¡Claro!
¿Y qué vas a poner?
“Me gusta discutir por WhatsApp, manipular con silencios y reaparecer cuando estoy aburrido.”
“Busco alguien que me complete, porque yo solo soy un contenedor ardiendo.”
“No tengo responsabilidad afectiva, pero tengo Spotify Premium.”
Eso no lo ponen.
Lo esconden detrás de una foto en la playa mirando al horizonte, como si estuvieran reflexionando sobre la vida, cuando en realidad están pensando:
“A ver a quién le arruino el mes.”
Y las fotos son otro delito.
Hay gente que pone fotos de hace diez años.
Diez.
No es una foto de perfil, es arqueología romántica.
Tú quedas con alguien pensando que vas a tomar café con una persona y aparece su versión fiscalizada por Hacienda, más castigada que un mando de la Play en casa de un niño nervioso.
Y tú piensas:
“Bueno, no pasa nada, lo importante es el interior.”
Sí, claro.
Hasta que el interior empieza a hablar.
Y entonces deseas que el exterior hubiera venido solo.
Luego están los perfiles con gafas de sol en todas las fotos.
Todas.
Primera foto: gafas.
Segunda foto: gafas.
Tercera: gafas.
Cuarta: de espaldas.
Quinta: un paisaje.
¿Pero qué eres, una persona o un testigo protegido?
Y los que ponen fotos con más gente.
Tú no sabes a quién estás dando like.
Parece el “¿Dónde está Wally?” de la desesperación sexual.
“Espero que sea el de la izquierda.”
Spoiler: nunca es el de la izquierda.
Siempre es el que está medio escondido detrás de una columna, con cara de haber sido añadido por Photoshop y antecedentes de usar frases como “yo soy muy intenso”.
Y cuidado con esa frase.
“Soy intenso.”
Eso no es una cualidad, es una sirena antiaérea.
Cuando alguien dice “soy intenso”, significa que al tercer mensaje ya te llama “mi persona”, al quinto te pregunta si crees en las almas gemelas y al sexto está fuera de tu casa con un táper de croquetas y una crisis de abandono.
Luego está el clásico:
“No busco nada, pero lo que surja.”
Traducción:
“Quiero que me des atención, cariño, conversación, sexo, paciencia y disponibilidad emocional, pero si me pides claridad me convertiré en humo como un ninja de la cobardía.”
“Lo que surja” es la bandera pirata de los cobardes sentimentales.
Gente que no quiere pareja, quiere bufé libre emocional.
Entran, pican un poco, se llenan el plato, no pagan y encima dicen:
“Es que ahora estoy trabajando en mí.”
¿Trabajando en ti?
Pues despide al equipo, porque la obra va con retraso.
Y el algoritmo es otro enfermo.
Tú le dices:
“Quiero alguien normal, estable, que no mienta y que sepa mantener una conversación.”
Y la aplicación te dice:
“Perfecto. Aquí tienes a una persona que vive a 372 kilómetros, tiene tres ex denunciándola emocionalmente, una foto con un tigre sedado y una bio que dice: ‘No sé qué hago aquí’.”
Pues yo sí sé qué haces aquí: daño.
Y haces match.
El famoso match.
La campanita de la esperanza.
Ese segundo en el que tu cerebro, pobre desgraciado, libera dopamina como si hubieras encontrado al amor de tu vida.
No, criatura.
Has coincidido con otro ser humano que estaba deslizando el dedo mientras cagaba.
Eso no es destino.
Eso es fibra y soledad.
Y empieza la conversación:
—Hola.
—Hola.
—¿Qué tal?
—Bien, ¿y tú?
—Bien.
Y ya está.
Fin.
Una historia de amor con menos desarrollo que un anuncio de seguros.
Tú intentas salvarlo:
—¿Qué te gusta hacer?
—De todo un poco.
“De todo un poco” es la respuesta de alguien que no tiene personalidad o la tiene embargada.
—¿Qué música te gusta?
—Variada.
Variada, dice.
Eso no es un gusto musical, eso es una nevera vacía.
—¿Qué buscas por aquí?
—No sé, ver qué pasa.
¡Pues pasa la ITV emocional antes, desgraciado!
Porque hay gente que entra en una app de citas sin saber qué quiere, pero arrastrando a otros como si fueran carritos del supermercado.
Y luego están los que no escriben: interrogan.
—Hola.
—Hola.
—Edad.
—Trabajo.
—Dónde vives.
—Vives solo.
—Tienes coche.
—Tienes casa.
Perdona, ¿esto es una cita o me estás aprobando una hipoteca?
Luego están los que mandan audios larguísimos.
Audio de siete minutos.
Siete.
Tú no has pedido un mensaje, has recibido un podcast del abandono paterno.
Le das al play y empieza:
“Bueno, te explico un poco mi situación…”
No, no, no.
No me expliques tu situación. Yo solo pregunté si te gustaba el cine.
Y en el minuto cuatro ya estás escuchando cómo su ex le rompió, cómo su jefe no le valora, cómo está en un proceso y cómo el universo le está mandando señales.
El universo lo que te está mandando es cobertura para que bloquees.
Y el ghosting…
El ghosting es la nueva forma de cobardía con tarifa plana.
Antes, para dejar a alguien, había que dar la cara.
Ahora desaparecen como si les hubiera chupado un agujero negro con ansiedad.
Un día:
“Me encantas.”
Al día siguiente:
nada.
Silencio.
Desierto.
Tú escribes:
“¿Todo bien?”
Nada.
Ves que está en línea.
Sube una historia.
Pone:
“Hoy toca cuidarse.”
¿Cuidarse?
¡Cuídate de mí, que estoy a dos mensajes de convertirme en investigación policial!
Y lo peor es que reaparecen.
Porque los fantasmas de Internet no descansan.
Te hacen ghosting tres semanas y vuelven con:
“Holaaa, perdona, he estado desconectado.”
¿Desconectado?
¡Si has subido 47 stories, has cambiado la foto de perfil, has comentado a tu ex y has hecho un directo enseñando una ensalada!
No estabas desconectado. Estabas haciendo selección de personal con mi dignidad en prácticas.
Y luego:
“¿Qué tal?”
¿Qué tal?
Pues mira, fenomenal. He superado tu ausencia, he reconstruido mi autoestima, he aprendido cerámica y ahora tengo ganas de tirarte un ladrillo emocional.
También están los que usan palabras modernas para no reconocer que son imbéciles.
“Estoy deconstruido.”
No, estás desmontado.
“Estoy en mi proceso.”
Tu proceso debería llevar juez.
“Tengo apego evitativo.”
No, tienes alergia a comportarte como una persona adulta.
“Estoy sanando.”
¿Sanando de qué, criatura? ¡Si tú eres la infección!
Y luego la responsabilidad afectiva.
Qué palabra tan bonita.
Responsabilidad afectiva.
La gente la usa como si fuera ambientador emocional.
La ponen en la bio:
“Responsabilidad afectiva ante todo.”
Y luego te dejan en visto cuatro días, te contestan con un sticker, te cancelan la cita veinte minutos antes y te dicen:
“Es que no puedo con la intensidad.”
¿La intensidad?
¡Te pregunté si seguíamos quedando, no te pedí compartir cuenta bancaria y adoptar un galgo!
Hay gente que confunde responsabilidad afectiva con hacerte una autopsia psicológica.
Tú dices:
“Me ha molestado que desaparezcas.”
Y te contestan:
“Eso es una herida tuya.”
No, cariño.
La herida eres tú entrando y saliendo como un repartidor de Glovo emocional.
Y la primera cita…
La primera cita es el momento en que Internet deja de mentir y llega la realidad con un bate.
Quedáis para tomar algo.
Tú llegas con ilusión, pero también con ganas de tener la salida localizada, por si aquello se convierte en documental de Netflix.
Y aparece.
O no aparece.
Porque también hay gente que cancela diez minutos antes:
“Perdona, me ha surgido algo.”
Sí. Te ha surgido cobardía en fase terminal.
Pero cuando aparece, empieza el examen.
Primera prueba: ¿se parece a las fotos?
A veces sí.
A veces no.
A veces las fotos eran tan antiguas que deberían venir con carbono 14.
Segunda prueba: ¿habla normal?
Porque hay gente que por chat parece Shakespeare y en persona parece un microondas con ansiedad.
Tercera prueba: ¿menciona a su ex?
Si menciona a su ex antes de que llegue la bebida, levántate.
No mires atrás.
Corre.
Porque hay personas que no buscan pareja, buscan un contenedor amarillo donde reciclar el cadáver de su relación anterior.
“Mi ex era muy tóxica.”
Ajá.
“Mi ex estaba loca.”
Ajá.
“Todos mis ex son el problema.”
Claro.
Qué casualidad, campeón. Todos los incendios empiezan cuando tú entras en la habitación.
Y también están los que dicen:
“Yo soy muy sincero.”
Traducción:
“Voy a decir una barbaridad sin educación y luego voy a llamarlo honestidad.”
“Yo soy muy sincero: estás más fuerte en fotos.”
Gracias, pedazo de escombro con flequillo.
Yo también soy muy sincero: tienes menos encanto que una multa en agosto.
La honestidad sin tacto no es virtud.
Es mala hostia con DNI.
Luego está el sexo convertido en negociación de Wallapop.
Hay gente que entra en la app con el romanticismo de un albarán.
“¿Qué buscas?”
“Pasarlo bien.”
“Sin complicaciones.”
“Algo discreto.”
“Quedar y ver.”
“Fluir.”
Fluir, fluir…
Fluir es lo que hace una tubería rota.
Vosotros no queréis fluir. Queréis entrar, salir y no dejar factura emocional.
Y ojo, cada uno busca lo que quiera. Perfecto.
Pero dilo claro.
No vendas “conexión especial” cuando lo que quieres es una ITV de colchón.
No digas “me gusta conocer a la persona” si a los tres mensajes estás preguntando si vive sola.
Eso no es conocer.
Eso es logística de derribo.
Y las apps están llenas de perfiles que parecen escritos durante una resaca moral:
“No aguanto las mentiras.”
Primer sospechoso.
“No quiero dramas.”
Drama con patas.
“Soy diferente.”
Producto clónico.
“Me encanta la gente auténtica.”
Mentirá en la altura.
“Busco alguien que sume.”
Viene restando desde la comunión.
“Solo buenas vibras.”
Tiene más toxicidad que un bidón abandonado.
“Vivo el presente.”
No paga el alquiler emocional del futuro.
“Me gusta la gente intensa.”
Quiere pelea.
“Me gusta la tranquilidad.”
Te va a aburrir hasta que tu alma pida traslado.
Y aun así sigues.
Porque eres humano.
Y el humano es el único animal que ve una bandera roja del tamaño de Balaídos y dice:
“Bueno, igual es decoración.”
Ves que pone “no busco nada serio” y piensas:
“Ya cambiará.”
No va a cambiar.
Lo que va a cambiar es tu estabilidad mental.
Ves que contesta cada tres días y piensas:
“Estará ocupado.”
Sí. Ocupado ignorándote con precisión quirúrgica.
Ves que habla de su ex todo el rato y piensas:
“Necesita comprensión.”
No.
Necesita cerrar expediente.
Y tú necesitas huir antes de convertirte en el capítulo dos.
Porque buscar pareja en Internet te convierte en detective, psicólogo, analista de datos, negociador de crisis y especialista en leer entre líneas.
Un “jajaja” ya no es risa.
Es un informe.
Un “vemos” no es un plan.
Es un cementerio.
Un “ya te diré” es una lápida.
Un “estoy liado” es una puerta cerrada con luces encendidas dentro.
Un “me encantas, pero…” es el sonido de tu autoestima cayendo por las escaleras.
Y las apps lo saben.
Te tienen enganchado.
Te muestran a alguien interesante y luego te dicen:
“Paga para ver a quién le gustas.”
¡Claro!
Como si el amor fuera un DLC.
Antes Cupido llevaba flechas.
Ahora lleva suscripción premium y renovación automática.
“Por 19,99 puedes ver quién te ha dado like.”
¿Y por 29,99 puedo ver quién no necesita terapia?
Porque eso sí lo pago.
Necesito un filtro que ponga:
“Personas que no usan a su ex como tema principal.”
“Personas que contestan antes de que cambie la estación.”
“Personas que no dicen fluir.”
“Personas que saben diferenciar sinceridad de ser un animal.”
“Personas que no están aquí para coleccionar validación como cromos.”
Ese sería el verdadero premium.
Y al final, después de todo, encuentras a alguien que parece normal.
Normal de verdad.
Responde.
Tiene conversación.
No te manda audios de guerra civil emocional.
No habla de su ex.
No dice “soy muy intenso”.
No tiene una bio escrita por un coach de garaje.
Quedáis.
Va bien.
Te ríes.
Hay química.
Piensas:
“Hostia, igual existe la esperanza.”
Y entonces suelta:
“Es que yo ahora mismo estoy en un momento raro.”
Ahí está.
La frase.
La navaja.
El piano cayendo del décimo.
“Estoy en un momento raro” significa:
“Me gustas lo suficiente para tenerte cerca, pero no tanto como para hacerme cargo de nada.”
Es el cartel de “obra sin licencia” del amor moderno.
Y tú ya no te enfadas.
Te ríes.
Porque has llegado a un punto en que no buscas pareja.
Buscas coherencia.
Buscas a alguien que no convierta cada conversación en una gymkana emocional.
Alguien que si quiere verte, te vea.
Si no quiere, lo diga.
Si le gustas, lo demuestre.
Si no sabe qué quiere, que se vaya a meditar a una rotonda y no use tu paz mental como colchoneta.
Porque buscar pareja en Internet es como rebuscar diamantes en un vertedero en llamas.
Puede haber uno.
Sí.
Pero mientras lo encuentras, tragas humo, pisas mierda y alguien te intenta vender un curso de amor propio.
Y aun así seguimos.
Seguimos deslizando.
Seguimos mirando perfiles.
Seguimos creyendo que entre tanto narcisista de saldo, poeta del trauma, atleta de la desaparición y filósofo del “fluir”, puede aparecer alguien decente.
Alguien que no venga roto y encima te cobre la reparación.
Alguien que no use “no estoy preparado” como comodín para comportarse como un mueble con WiFi.
Alguien que entienda que querer no es mandar fueguitos a una historia.
Que hablar no es responder “jajaja”.
Que quedar no es “ya veremos”.
Que cuidar no es decir “cuídate” después de haberte dejado hecho polvo.
Porque al final el amor moderno es eso:
Dos personas con miedo intentando parecer interesantes en una pantalla.
Un mercado de egos con filtros.
Un cementerio de conversaciones que empezaron con “holi” y murieron con “perdona, no lo vi”.
Y tú ahí, otra noche, móvil en mano, mirando perfiles como quien revisa antecedentes penales sin acceso a la base de datos.
Lees:
“Me gusta viajar, reír y las conversaciones profundas.”
Y ya no te ilusionas.
Ahora sospechas.
Porque a estas alturas sabes que detrás de esa frase puede haber amor verdadero…
o una persona que te va a llamar “mi vida” el martes, desaparecer el jueves y volver el domingo diciendo que Mercurio estaba retrógrado.
Y aun así das like.
Porque en el fondo somos románticos.
Románticos con daños estructurales.
Románticos con el alma en garantía.
Románticos que han visto demasiadas señales rojas y aun así preguntan:
“¿Y si esta vez sale bien?”
Esa es la tragedia.
Que puede salir bien.
Una vez entre cien.
Pero para llegar a esa una, tienes que atravesar noventa y nueve perfiles con fotos falsas, traumas sin ITV, frases recicladas y gente que confunde el amor con tener público para su caos.
Así que sí.
Buscar pareja en Internet es salvaje.
Es cruel.
Es absurdo.
Es un circo emocional donde los payasos somos nosotros y la entrada la pagamos con dignidad.
Pero también es la prueba definitiva de que el ser humano tiene esperanza.
O muy poca memoria.
Porque después de cada ghosting, cada cita de mierda, cada “no busco nada serio”, cada “estoy en mi proceso”, cada “perdona, no lo vi”, cada perfil que parecía normal y resultó ser una alarma con piernas…
vuelves.
Abres la app.
Respiras hondo.
Y dices:
“Bueno, una más.”
Y ahí está el verdadero amor.
No en encontrar pareja.
Sino en seguir intentándolo sin prenderle fuego al móvil.
Aunque ganas no falten.
A 30 años de la primera Marcha del Silencio, hoy volvemos a marchar bajo la consigna: “30 años marchando por memoria, verdad y justicia”.
Nunca más terrorismo de Estado ✊🌼
INOLVIDABLE: ¡¡THOMAS SILVA HIZO HISTORIA PARA EL CICLISMO URUGUAYO!!
El ciclista ganó la segunda etapa del #GiroDeItaliaEnDSPORTS y se puso la MAGLIA ROSA.
@castellanoscamilo en #CiclismoEnDSPORTS
Estoy hasta los huevos del bombardeo mediático sobre la misión Artemis 2 y, especialmente, de ese asombro ante la "misteriosa" cara oculta de la Luna.
En la ciencia, el forofismo ciego es, además de estúpido, una falta de respeto al rigor.
Conviene recordar que el 3 de enero de 2019 la sonda china Chang'e 4 ya se posó con éxito en el cráter Von Kármán de esa cara oculta.
Para lograrlo, China tuvo que desplegar primero el satélite Queqiao, un espejo estratégico que orbita en un punto de equilibrio para actuar como repetidor de señales, permitiendo la comunicación desde la cara oculta y la tierra.
En esa misión viajaba el rover Yutu-2 (Conejo de Jade 2), una máquina que, para sorpresa de los escépticos, sigue operativa años después, escaneando el subsuelo lunar mientras nosotros seguimos debatiendo sobre el encuadre de las fotos de los astronautas.
Por si fuera poco, en junio de 2024 la misión Chang'e 6 completó la hazaña de traer muestras de roca y polvo de esa zona directamente a la Tierra, un hito que ningún otro país ha logrado hasta la fecha.
Y mientras buscamos épica en los anuncios oficiales de la Artemis 2, allí, en una estructura sobre la superficie lunar, unas semillas de algodón brotaron y desplegaron dos hojas verdes: la primera vida vegetal creciendo en otro mundo.
Pero claro, supongo que las fotos de los astronautas americanos han quedado muy bonitas en el Instagram de la NASA.