@Arteymas_ Pero Los de Zep siempre serán la mejor banda de rock de todos los tiempos. Freddie era fan de ellos, en especial de Plant; por eso él salió en el tributo.
This needs to be said, as there has been unrelenting hate and poisonous propaganda in the West against anyone White, straight or male over the past decade or more!
It went WAY too far. No more guilt trips.
ENOUGH.
No sé si lo sabíais, pero a principios del XX, la atracción más visitada en los parques de atracciones no era la noria o el tiovivo, ERAN INCUBADORAS CON BEBES PREMATUROS.
Los llamaban "Infantorium", y parece una aberración, pero es lo mejor que les pudo pasar.
Esta es la historia:
Imaginad esas ferias neoyorquinas de hace más de un siglo. Lugares bulliciosos que olían a serrín, a vapor de pistones y a algodón de azúcar cocido al sol. Allí, entre los carruseles, las primeras montañas rusas y las casetas de los siameses, los enanos y la mujer barbuda, empezaron a aparecer pabellones de fachada chillona, carteles en tipografía gruesa y promesas de progreso científico.
Al frente solía estar un personaje improbable llamado Martin Couney, vestido siempre un punto demasiado elegante para un lugar donde la atracción principal era, técnicamente, la supervivencia.
Los letreros anunciaban INFANTORIUM: INFANT INCUBATORS – WITH LIVING INFANTS, una frase que hoy provocaría alarma moral inmediata, aunque entonces funcionaba como imán de modernidad. La gente pagaba su entrada, avanzaba por pasarelas de madera que crujían armonizadas y se detenía ante vitrinas bañadas en luz blanca, lo más parecido a un laboratorio europeo trasplantado a la costa de Nueva York.
Dentro había bebés diminutos, cuerpos que parecían escritos a lápiz y que respiraban con una cadencia irregular. Las incubadoras eran apenas unas cajas metálicas de aire caliente, todavía no eran máquinas hospitalarias respetables, sino híbridos de ingeniería ferial: vidrio, bisagras que chirriaban, termómetros que se leían con la atención de quien escucha una confidencia. Pero funcionaba. Aquello funcionaba.
En los pabellones de Coney Island, las nodrizas lavaban sus manos con disciplina ritual, anotaban pesos, ajustaban temperaturas, desplegaban una coreografía clínica que muchos hospitales de la época aún no practicaban.
Couney, de procedencia nebulosa y biografía salpicada de medias verdades, explicaba a los visitantes que aquello era Medicina con mayúsculas. Giraba su bastón, asumía la retórica del charlatán y la actitud del cirujano. En esa mezcla estaba el truco. La ciencia se disfrazaba de espectáculo y el espectáculo salvaba vidas porque, sencillamente, la mayoría de hospitales ni siquiera aceptaba prematuros. Los consideraba insalvables.
El fenómeno del Infantorium se multiplicó y se extendió por todo Estados Unidos, luego Canadá y luego el Reino Unido. Los visitantes hacían colas kilométricas y el dinero que se dejaban servía para que Couney continuara mejorando esas cajitas que mantenían con vida a los bebés.
Pasaron casi cuarenta años hasta que los hospitales adoptaron cuidados neonatales en protocolos fiables. Protocolos que, por cierto, se aprovecharon de la experiencia de los Infantoriums. De hecho, a día de hoy, las unidades de cuidados neonatales son un lugar casi sagrado en las alas pediátricas de cualquier recinto hospitalario.
Martin Couney murió en 1950 y, aunque nunca pudo demostrar que realmente tuviese el título de medicina, se le considera el padre de la neonatología y, a efectos de esta historia, el artífice de que durante unas décadas extrañas, el lugar más seguro para un recién nacido frágil fuese una caseta de feria encajada entre un freak show y una noria eléctrica y multicolor.