Cada persona vive las cosas a su manera. Siente las cosas como le salen sin avisar.
Y solo uno mismo sabe lo que lleva dentro. Lo que ha vivido. La mochila que lleva a cuestas con todos los miedos dentro acumulados.
Creer saber sin saber nada.
Hay abrazos que no prometen nada
y aun así cumplen.
No solucionan el día,
no cierran heridas
ni ordenan el caos que llevamos dentro.
Pero llegan.
Y se quedan el tiempo justo
para que el corazón deje de correr,
para que el miedo baje la voz,
para que el mundo pese un poco menos.
Hay abrazos que no piden explicaciones,
que no hacen preguntas incómodas,
que simplemente dicen
estoy aquí,
aunque todo lo demás falte.