Era un bolso viajero, que durante mucho tiempo, permaneció en lo alto de un armario.
Era un bolso que cuando pasó el duelo, comprendió que tenía que continuar en otras manos.
Y volvió a ser un bolso alegre especializado en viajes y bodas.
Hoy, la botella permanece como un ritual intacto,
como un gesto de espera, como un símbolo quieto del recuerdo.
Un testigo más de que, de algún modo, sigue aquí.
Ahí sigue, como cada verano, la botella de orujo en la nevera del apartamento de la playa. Siempre lista, por si aparecía. Por si le apetecía un chupito.
Aunque en ella, la felicidad era lo normal.
No necesitaba razones ni alardes para celebrar: le bastaba estar viva.
Ese pequeño brindis era su forma silenciosa de agradecerlo todo.
Las sombras de la tarde se van filtrando a través de la los barrotes de la ventana en la pared, desfigurando y alargando los objetos de la cocina a lo largo de la tarde, dándoles nuevas formas y acariciando el tiempo de forma suave.
El panadero pasaba repartiendo el pan, y mi abuela salía con su bolsa de tela para guardarlo. Le decía que hoy había llegado tarde, bromeaba con él mientras miraba arriba y abajo por si veía a alguien. Si era así, saludaba con una sonrisa, se daba la vuelta y ponía la aldaba.
Me encantaba esa hora en la que mi abuela tenía puesta la radio y los canarios cantaban al atardecer lento en el pasillo. La luz del sol bañaba la cocina y el pasillo a través del patio interior, filtrándose entre las sombras del guayabero y la parra plantadas allí.
La radio y la luz jugaban entre sí, compitiendo por destacar en aquella tarde tibia, en la que ya empezaba a oler al bizcochón que mi abuela y yo habíamos preparado.
Mi abuela vestía siempre de negro, con un delantal que tenía dos grandes bolsillos en el frente. Guardó luto durante toda su vida. En el bolsillo derecho, siempre llevaba una llave mágica.
Entrar a su casa era una aventura. Al principio, necesitábamos que nuestros padres nos ayudaran a alcanzar la aldaba. Con los años, nos alzábamos de puntillas para descolgarla. En mi caso, por mi tamaño, solía colarme por el hueco que quedaba entre la puerta y el marco.