Ella sonríe. Siempre.
En el trabajo, en las reuniones, en las fotos.
Sonríe cuando le preguntan cómo está.
Cuando no quieren escuchar la respuesta de verdad.
Dicen que tiene una energía bonita, que transmite paz.
Y sí… transmite lo que necesita esconder.
Porque dentro no hay calma. Dentro hay relámpagos.
Tormentas que nadie oye porque ha aprendido a silenciarlas.
𝑬𝒍 𝒃𝒐𝒕𝒐́𝒏 𝒅𝒆 𝒑𝒂𝒖𝒔𝒂
Nunca deja nada a medias. No sabe hacerlo. Lo suyo es darlo todo, exprimir cada segundo, dejarse la piel en lo que hace. Porque si no es así, ¿para qué?
Siempre está aprendiendo, mejorando, buscando la manera de ser un poco mejor que ayer. No por los demás, sino por ella. Porque no soporta la idea de quedarse quieta, de conformarse, de ser solo “suficiente”.
A veces le pesa. Se agobia, se estresa, se ahoga en su propia exigencia. Se enfada, grita, se reprocha no haberlo hecho aún mejor. Pero luego respira. Cierra los ojos, recuerda por qué empezó. Y sigue adelante. Porque rendirse nunca ha sido una opción.
Y, aunque intente disimularlo, piensa demasiado. En lo que hizo, en lo que no hizo, en lo que debería haber hecho mejor. Como si su cabeza nunca supiera dónde está el botón de pausa.
Dejar ir a la gente que no está lista para amarte, dejar de tener conversaciones difíciles con personas que no quieren escuchar, dejar de estar para las personas que no valoran tu presencia; Eso también es auto cuidado, no eres para todo el mundo y no todo mundo es para ti.