Esta cuenta ha sido creada para padres y profesionales que quieren aprender cómo tratar los desafíos diarios que plantea la crianza y enseñanza de los niños.
Cuando hablamos de familia disfuncional no hablamos simplemente de discusiones o desacuerdos. Toda familia tiene conflictos. La disfunción aparece cuando el sistema, en lugar de sostener el desarrollo emocional de sus miembros, lo distorsiona o lo bloquea.
La familia es el primer universo psicológico. Allí el niño aprende qué es el amor, qué es el poder, qué es el conflicto, qué significa pertenecer. Si ese entorno está marcado por violencia, manipulación, silencios forzados, adicciones, roles invertidos o afecto condicionado, el niño no deja de amar a su familia; aprende a adaptarse para sobrevivir.
Y esas adaptaciones se convierten en carácter.
En una familia disfuncional suelen formarse dinámicas invisibles: el hijo que se vuelve adulto demasiado pronto, la hija que asume el rol de mediadora, el que carga con la culpa colectiva, el que encarna la rebeldía que los demás no pueden expresar. No son elecciones conscientes. Son posiciones psíquicas dentro de un sistema que necesita equilibrio, aunque ese equilibrio sea enfermo.
El problema no es solo lo que ocurrió, sino lo que se normalizó. Cuando el caos se vuelve cotidiano, el individuo pierde referencia de lo que es sano. Puede llegar a buscar en la adultez relaciones que repitan la intensidad emocional conocida, aunque le dañen. La psique tiende a reproducir lo familiar, no necesariamente lo saludable.
Sin embargo, reconocer la disfunción no significa condenar a la familia. Significa comenzar la diferenciación. La individuación exige ver con claridad lo que heredamos emocionalmente y decidir qué continuamos y qué transformamos.
Muchos adultos provenientes de familias disfuncionales cargan con culpa al intentar separarse psicológicamente. Sienten que traicionan al sistema. Pero crecer no es traicionar. Es interrumpir la repetición inconsciente.
La sanación no consiste en negar el pasado ni en demonizarlo. Consiste en comprender cómo nos moldeó y asumir la responsabilidad de nuestro presente. Lo que fue aprendido para sobrevivir puede no servir para vivir plenamente.
Una familia disfuncional puede dejar heridas profundas, pero también puede despertar una búsqueda de conciencia. El dolor temprano, cuando es trabajado, puede convertirse en profundidad, empatía y fortaleza interior.
No elegimos el sistema en el que nacemos.
Pero sí podemos elegir qué hacemos con lo que recibimos.
Y en ese acto de elección comienza la verdadera libertad psicológica.
El trauma infantil no son solo eventos grandes: es la tensión diaria, la imprevisibilidad y la negligencia emocional que los niños pueden experimentar. Estas experiencias tempranas moldean las áreas del cerebro responsables de la seguridad, la regulación emocional, el apego y la tolerancia al estrés. Los niños se adaptan escaneando peligros, haciéndose más pequeños y cuidando a los adultos en lugar de ser cuidados. Como adultos, estos patrones pueden aparecer como hiper-independencia, dudas constantes o sensación de inseguridad. La sanación es posible a través de experiencias seguras у consistentes.
🚨🚨En la década de 1970 realizaron un experimento que todavía hoy sorprende...
Tomaron cuatro aulas de primer grado sin ventanas, cambiaron las duras y parpadeantes luces fluorescentes por bombillas de espectro completo que imitan la luz del día real... y filmaron lo que sucedió después.
La diferencia es impactante: niños hiperactivos y excéntricos de repente se calman, se quedan quietos y se concentran como nunca antes. ¿Las aulas de control con iluminación estándar? Caos como siempre...
Estas son imágenes reales de la década de 1970 del trabajo pionero del Dr. John Ott (1976, Sarasota, Florida). Sus cámaras time-lapse captaron algo que las escuelas aún ignoran: el espectro de la luz artificial y el parpadeo pueden literalmente reconfigurar los cerebros en desarrollo...
En 1975, el psicólogo del desarrollo Dr. Edward Tronick sentó a una madre y a su bebé cara a cara y filmó lo que sucedió cuando la madre dejó de responder repentinamente.
Al principio, la madre juega normalmente, sonriendo, hablando y mirando a los ojos. El bebé imita todo lo que ella hace, riendo, señalando y balbuceando.
Entonces, la madre se queda en blanco. Sin expresión, sin respuesta, sin nada. En cuestión de segundos, el bebé se da cuenta. Sonríe con más fuerza. Señala. Saluda con la mano. Chilla. Utiliza todas las herramientas que tiene para recuperar a su madre.
Cuando nada funciona, se da la vuelta, pierde el control de su postura y se derrumba sobre sí misma con lo que Tronick describió como «una expresión facial retraída y desesperada».
En el momento en que la madre vuelve a interactuar, el bebé se recupera casi al instante. Tres minutos de ausencia emocional de un progenitor provocaron eso en un bebé. Se convirtió en uno de los hallazgos más replicados en psicología del desarrollo.
Esto fue en 1975, antes de que existieran los teléfonos inteligentes.
Ahora mira a tu alrededor en cualquier parque, restaurante o sala de estar. ¿Cuántos bebés miran a un padre que está entretenidocon una pantalla en lugar de mirarles a ellos?
Tras 43 años trabajando como profesor en el mismo colegio, hoy mi padre ha dado su última clase. Sus compañeros y alumnos le han despedido de la mejor manera posible. Gracias, maestro(s).
El #bullying es una de las grandes lacras a erradicar en nuestra sociedad. Tenemos que trabajar juntos y poner todos los medios para proteger a los menores en la escuela y que no tengamos que lamentar casos como este. Una atrocidad que encoge el alma👇🏻 https://t.co/S60k2XOJTJ
La dignidad de las personas con autismo: TEActivismo He querido escribir este texto, es porque es el eje del TEActivismo, el eje de la LUCHA TEA, mía y de todas las personas con autismo y sus familiares.
En primer lugar, quiero decir que el #autismo https://t.co/64pCvxMay7
“Confío en ti”. Para Lucía Galán, más conocida como ‘Lucía, mi pediatra’, darle este mensaje a los hijos es hacerles un regalo: “El niño piensa: ‘soy capaz porque mis papás me han dicho que confían en mí”.
La niña, de 6 años, quería ese estuche, pero cuando se lo regaló su madre, lo tiró a la basura porque "todos lo tienen". En vez de gritarle, la madre decidió darle una lección. https://t.co/4HOHahzcrV