Mi hermano nos ha pillado a mi madre y a mi bailando en medio de la calle con la música del coche a tope. ¿Qué ha hecho? Unirse.
¿Qué más puedo pedir que esta familia que tengo?
Si cualquiera me preguntara qué veo cuando te miro, sonreiría y respondería, fingiendo que la respuesta es sencilla, que tienes los ojos más bonitos y cálidos del planeta.
Pero sobre todo, mi amor, lo que veo cada día cuando te miro es todo mi futuro esperándome llegar con un violín sonando de fondo, veo el ancla a la que aferrarme mientras mi cuerpo y mi alma dan vida a nuestro mayor tesoro, veo el único corazón en el que querría echar raíces.
Estoy exhausta de tener que elegir entre echar de menos a alguien o echarme de menos a mi misma. Quiero vivir el día en el que no haya nada ni nadie que extrañar.
Cómo aguantarme las ganas de gritarle al tiempo que mi amor no entiende de impermanencia, que no conoce al olvido, que ni obedece a la voluntad si la tuviera, no cuando se trata de ti. No cuando se trata de nosotros.
Elegirse a una misma no siempre sale gratis, a veces te cuesta cosas muy valiosas que no quieres dejar ir.
Pero nunca será mayor que el precio de no hacerlo.
Hacerte de nuevo sonreír ha sido como volver a ver el sol después de tanta lluvia. Ahora solo quiero cerrar los ojos y vivir un ratito más en tu calor.
Volver a ver esas ocho patas corriendo hacia mi, esos ojos rojos y avellana buscándome, esas lenguas rositas llenándome de besos una vez más, ese regalo ha venido directo del cielo. Y merece cada segundo del infierno que me consumió justo después.
Que el dolor te derrumbe hasta hacerte un ovillo es verdaderamente devastador, pero hacerlo en unos brazos que te sujetan con fuerza férrea es uno de los privilegios más bellos que puede vivir un ser humano.
Cómo que he vuelto a casa sola y no de tu mano. Cómo que te he buscado entre la gente y no estabas ahí. Cómo que tu brazo no me rodeaba la cintura protegiéndome, separándome del caos.
Cómo que la vida sigue y no es contigo.
Cómo va a ser real, cómo no va a ser un mal sueño.
No soporto ver como nos borramos, no soporto ni siquiera saber que está pasando aún sin ser testigo de ello.
No soporto ni uno solo de los recordatorios de que en este mundo ya no hay ningún nosotros.