Juntamos a 90 morados por nuestros 90 años, y esto fue lo que pasó… 🥺
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Viendo al FA oponerse al cambio de magistrados después de años cuestionándolos, y al PLN opuesto a la apertura eléctrica que impulsó durante décadas, no puedo evitar preguntarme si entienden que esa incoherencia y falta de autocrítica son precisamente lo que nos trajo aquí?
En la puerta 31 del Estadio del RCD Espanyol de Barcelona, dedicada a uno de nuestros máximos símbolos: don Ricardo Saprissa; con mi bolso del tifo de Dracarys, que lleva camisetas para intercambio en esta visita oficial de gran provecho. Seguimos aprendiendo de nuestros amigos.
Irlanda es la refutación empírica más incómoda para el estatismo europeo. Un país periférico, sin recursos naturales relevantes, con una historia de hambrunas, emigración masiva y dependencia colonial, que en los años ochenta todavía figuraba entre las economías más pobres de Europa occidental.
¿Qué hizo? Lo contrario de lo que recomienda el consenso socialdemócrata. A partir de finales de los ochenta bajó el impuesto de sociedades al 12,5%, desreguló sectores importantes, abrió la economía y dejó que el capital entrara sin castigarlo por existir.
El resultado fue que el PBI per cápita pasó de estar por debajo del promedio europeo a superar al de Alemania, Francia y Reino Unido. La tasa de desempleo, que rondaba el 17% en los ochenta, cayó a menos del 5% en una década.
Los burócratas de Bruselas llevan años quejándose de que Irlanda roba base imponible con su tasa corporativa baja.
La queja revela más de lo que pretenden, para el estatista, que un país permita a la gente conservar más de lo que produce es una agresión.
No toleran la competencia fiscal porque expone el fracaso de sus propios modelos extractivos. Si todos los países cobrasen lo mismo, nadie podría comparar resultados, y eso es exactamente lo que necesitan para sostener la ficción de que la carga tributaria alta es compatible con la prosperidad.
Irlanda no creció a pesar de cobrar pocos impuestos. Creció porque cobró pocos impuestos. El capital se acumula donde se lo respeta y huye de donde se lo castiga.
No hace falta un doctorado para entenderlo, basta con mirar un mapa de PBI per cápita y compararlo con un mapa de presión fiscal. La correlación es tan evidente que ignorarla requiere un esfuerzo ideológico considerable.