Trágalo. Eso fue lo primero que me dijo, y yo ya estaba de rodillas en el parquet, con su mano en la nuca y su reloj marcándome el ritmo. Veinte minutos antes le había escrito. Abrí el álbum, vi el rabo, y le dije que se viniera. Lavativa rápida, puerta abierta, marido fuera de mi vida y el culo pidiendo exactamente lo que duele.
Me lo metió hasta la garganta sin preguntar. Tosí. Me sujetó. Trágalo, otra vez. Se la saqué babeando, la miré, y volví a abrir boca. Quería ese peso. Después de la separación había pasado las peores penas, y nada de eso se iba con llanto. Se iba así: con un brasileño de paso destrozándome la garganta y yo agradeciéndolo.
En la cama ni me bajó el jock del todo. Me lo apartó, me escupió, y me lo enterró. Joder. Hasta el fondo. Me abrió de un golpe, sin romance, sin muchos preliminares. Grité. Cada estocada me borraba un mes de pena y me dejaba otro de marca.
Cuando se corrió me puso la cara debajo y me dejó un lefazo en la lengua. Se me cayó por la barba. Saqué la lengua igual. Lo quería dentro y limpié. Volví a ser yo, putika y feliz.
Después de una pena, ¿tú también pedirías que te revienten así o sigues el duelo en silencio?