Mi teoría es que la gente más mala siempre encuentra la forma de convencerse de que son las buenas de la historia. Hablan de energías, karma, universo y bendiciones, como si uno no hubiera visto todo el expediente.
El individualismo nos tiene convencidos de que solo importan nuestros problemas.
Pero mientras algunos defienden privilegios como si fueran derechos, otros siguen luchando por acceder a lo básico.
Reconocer la desigualdad no te quita nada. Ignorarla sí nos cuesta a todos.
Hay algo que todavía me cuesta entender.
Crecí en una tradición que insiste una y otra vez en mirar al otro, especialmente al más vulnerable, y en preguntarse cómo nuestras decisiones afectan la vida común.