–...Siento que estoy soñando y que, en realidad, vos te fuiste con tu hermano a hacer fotocopias, o que te mató la policía, o que yo me maté el día que me dejaste, o que simplemente no volvimos a vernos después de aquella noche
Con Fonollosito aún en la mano, Martín rodeó el cuello de Andrés con los brazos y, por primera vez desde que estaban juntos, lo besó creyéndose de verdad que se merecía toda la dicha que sentía dentro del pecho
Tenía junto a sí al hombre de sus sueños, a la persona a la que había amado y por la que había suspirado durante años y años; ambos estaban relativamente sanos, eran ricos y acababan de hacer el amor por primera vez en su vida como pareja
...de pronto, se dio cuenta de que tenía el vaso de cristal vacío firmemente agarrado en una mano de hierro y que las lágrimas le corrían por las mejillas silenciosamente
En los labios del español apareció paulatinamente una bella sonrisa que iluminó su rostro aún más que la tibia luz del alba, y Martín se quedó embelesado contemplando aquella piel perfecta, aquellos labios de azúcar, aquella mandíbula tan poderosa.
el argentino posó sus labios con suavidad sobre el corazón de Andrés y depositó allí un beso ligero antes de volver a apartarse hacia atrás para mirarlo a los ojos.
–...Porque estamos aquí, juntos, mirando el amanecer desde este campanario, porque veo el sol naciente reflejarse en tus ojos azules. Y porque te veo sonreír mientras lloras. Y nadie puede decirme que esto no está pasando.
...pero que, en el fondo, no era amor, sino euforia, una euforia que iría remitiendo poco a poco hasta desaparecer, lo que dejaría un vacío en el corazón de Andrés que pronto trataría de llenar en otro sitio.
tenían el mundo a sus pies, así que quedaron en visitarse unos a otros a menudo: para bodas, para nacimientos, para fiestas de Año Nuevo e, incluso, para algún cumpleaños, pero, sobre todo, para celebrar que estaban vivos.
Andrés estaba seguro de que, con la euforia que sentía, no habría podido resistirse a manosear todo el cuerpo de Martín mientras se ponía su llamativo traje color burdeos
Martín miró a Andrés para intentar descubrir cuáles eran sus intenciones, y al ver la determinación que nublaba sus ojos a pesar de la aparente serenidad de sus facciones, el argentino sintió que el corazón empezaba a latirle a dos mil revoluciones por segundo.