A veces el problema no es la enfermedad.
Es el tiempo que se le regala.
He visto pacientes con apnea del sueño e hipoventilación por obesidad rechazar durante años el uso de equipos respiratorios por miedo, negación o porque “no se sentían tan mal”.
Cinco años después llegan al hospital con insuficiencia respiratoria, intubados, con cuentas hospitalarias de más de $300,000 pesos… por una enfermedad que pudo haberse tratado de forma ambulatoria con un equipo que costaba una fracción de eso.
He visto pacientes con asma abandonar sus inhaladores porque “ya se sentían bien”, porque leyeron algo en internet o porque tenían miedo a los medicamentos.
Hasta que una crisis asmática los termina hospitalizando, consumiendo en días lo que pudieron haber invertido en años de tratamiento estable.
He visto derrames pleurales que pudieron drenarse en procedimientos relativamente sencillos… convertirse en hospitalizaciones complejas, infecciones, cirugías y semanas de deterioro físico.
He visto pacientes con falta de aire a quienes se les solicitaron estudios ambulatorios importantes, pero el miedo al diagnóstico, el costo, la negación o la desconfianza hicieron que nunca regresaran… hasta llegar de urgencia al hospital.
Y no lo digo desde el juicio.
La enfermedad también tiene un componente emocional.
Muchos pacientes atraviesan duelo, miedo, cansancio, negación o desinformación. Es humano.
Pero hay algo que se repite muchísimo en medicina:
Cuando el paciente no toma decisiones sobre su enfermedad, eventualmente la enfermedad termina tomándolas por él.
Y casi siempre lo hace en el peor momento, con más sufrimiento, más riesgo y muchísimo más gasto físico, emocional y económico.
En cualquier otro país ya hubiesen derrocado al gobierno por el caso del huachicol fiscal.
El problema es que tenemos un pueblo cobarde y pendejo.
Punto.