Dicen que los
abuelos y las abuelas
son como veranos eternos en mitad del invierno.
Que te enseñan a caminar,
pero también a detenerte.
A tomar sopa despacio,
a escuchar sin prisa,
a querer sin condiciones.
Dicen que los abrazos de ellos
cosen los rotos que no se ven.
Que sus manos arrugadas
guardan historias,
y caramelos en los bolsillos.
Y uno crece pensando que estarán siempre,
porque la ternura parece eterna
cuando te acarician la cabeza
y te dicen “come un poco más”.
Pero un día faltan.
Y se queda el mundo raro,
la casa más grande,
la silla vacía y el corazón un poco roto.
Te partes por dentro.
Porque nadie estaba listo.
Porque nadie está listo nunca.
Y ahí entiendes que aprovechar el tiempo
con ellos no era un consejo:
era un salvavidas.
Porque cuando se van,
sigues hablando con ellos en silencio,
sigues escuchando su risa en los pasillos,
sigues buscándolos en cada domingo que huele a hogar.
Dicen que los abuelos y las abuelas
nunca se olvidan.
Y es verdad.
No se van,
solo se quedan de otra manera.
En la forma en la que ahora tú abrazas,
en cómo dices “cógete una chaqueta”,
en el modo en que aprendes a querer,
sin pedir nada a cambio.
Ojalá aprovechar siempre.
Ojalá que no duela tanto aprenderlo.
me preguntaron: "¿por qué es importante ser amable?", les respondí: "porque nunca se sabe quién está de luto, exhausto o apenas resistiendo. Tu amabilidad podría ser la única ternura que sientan hoy".
Qué rico coincidir con un hombre que su concepto de diversión es ir al cine, conocer restaurantes bonitos, ir al gym, hacer noche de pelis, cocinar juntos, planear viajes y no estar de fiesta cada fin de semana.