Los pueblos poseen la lucidez para señalar a los culpables de sus males; pero cuando el hambre retumba en la barriga, la razón se vuelve un lujo que no pueden permitirse.
Torrentes de clavos atravesaron mis ojos
y me impidieron ver los tuyos,
tan llenos de luz como de mal de ojo.
Mi corazón falló cuando aquella lanza se desvió.
Pero mientras siga vivo,
aún tendré la oportunidad
de admirar tu sabiduría
y tu amor benevolente.
Una mañana pesada salí de mi casa. Me detuve y miré al cielo, contemplando el diluvio que se dirigía hacia mí. Cada una de esas gotas era, para mí, una esperanza más de estar a su lado.
La desgracia me atrae y yo fluyo con ella, como el agua que busca siempre la grieta más profunda.
La maldición me veda el ser; incluso cuando la luz intenta romperla, solo me revela la arquitectura de un abismo infinito donde el tiempo se desangra.
A kilómetros de distancia.