Tengo la alegría de anunciar la segunda edición de mi libro “¿Qué es el autismo? Reflexiones desde el paradigma de la neurodiversidad”
Con prólogo de Mamen Horno.
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Desde 2022, cada año más personas que trabajan con y por autistas transforman su práctica desde adentro. 🌻♾️
Esta es la VII edición de nuestra Certificación en Detección, Acompañamiento y Trabajo en Autismo desde un Enfoque Neuroafirmativo.
7 sesiones. 1 sábado al mes. Inicio: 1 de agosto. 📅
✅ Del modelo médico al modelo social de la discapacidad ✅ Re-definiendo el autismo ✅ Re-pensando el diagnóstico ✅ El autismo y otras formas de neurodivergencia ✅ Modelos de intervención y cuidado informado del trauma ✅ Autismo, género y sexualidad ✅ Comunicación Aumentativa y Alternativa (CAA)
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Entre el 50% y el 70% de las personas autistas tienen también TDAH. Durante años los manuales diagnósticos los consideraban excluyentes. Hoy sabemos que cuando coexisten no producen simplemente la suma de dos condiciones. Producen una arquitectura distinta, con su propia lógica, sus propias fortalezas y sus propios desafíos.
El autismo aporta el monotropismo: la capacidad de entrar en un tema con una profundidad que otros raramente alcanzan. El TDAH aporta menor inercia en la transición, más flexibilidad, más apertura a lo nuevo. Juntos generan una mente que puede entrar en profundidad en más cosas y moverse entre ellas con más velocidad. Esto parece capacidad amplificada y ahí se da el desgaste cuando se cree que se puede sostener todo.
El AuTDA necesita ser entendido en sus propios términos. No como autismo complicado ni como TDAH con profundidad. Como una configuración nueva que exige una mirada distinta.
📚 El amor autista y ¿Qué es el autismo? (2ª ed.) — Ernesto Reaño
📚 Pues no se te nota (2ª ed.) — Bea Sánchez, Ediciones Península
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📚Ya están abiertas las inscripciones para la VII Certificación en Detección, Acompañamiento y Trabajo en Autismo desde un Enfoque Neuroafirmativo.
7 sesiones. 7 meses. Un solo sábado al mes, vía Zoom.
Esta certificación no parte del déficit ni del diagnóstico como destino. Parte de la diferencia neurológica como expresión legítima de la diversidad humana, de las voces autistas como fuente de conocimiento, y del acompañamiento como práctica ética y situada.
Está pensada para quienes trabajan con y por personas autistas: psicólogos, terapeutas, educadores, médicos, trabajadores sociales, y todo profesional que quiera transformar su práctica desde dentro.
📌 Inicio: 1 de agosto de 2026 📌 Solo 30 vacantes 📌 Dictada por Ernesto Reaño — autista, psicólogo clínico y lingüista
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¿QUIENES SON "NOSOTROS LOS AUTISTAS"?
En un artículo reciente, Olga Bogdashina enciende una luz que revela al elefante en la habitación: la representación en el autismo. Cuando algunos activistas autistas usan el lema «nada sobre nosotros sin nosotros», tomado del movimiento de la discapacidad, ¿quién es ese «nosotros»? Me refiero, por supuesto, a su uso por autistas como yo, con menores necesidades de apoyo respecto de otros en el espectro, de quienes requerirán cuidados y supervisión acaso toda su vida.
Hace unos meses escribí no poco sobre este fenómeno, lamentablemente normalizado, a propósito de la exclusión de los autistas con discapacidad intelectual y mayores necesidades de apoyo de los estudios sobre sexualidad y género en el autismo. Mostré cómo dichas cifras, obtenidas de autistas con mayor capacidad de agencia y de autonomía, no podían ser extendidas a todo el autismo, además de señalar cómo estos estudios tienen otros errores metodológicos importantes, por ejemplo en la selección de la muestra. Cuando algunos autistas hablan sobre el autismo, ¿de qué grupo de autistas están hablando?
¿Habría, al menos para fines prácticos, dos autismos? Bogdashina pone nuevamente sobre el mapa, la necesidad de hablar de un «autismo profundo». Revive, así, la polémica de la comisión Lancet, liderada por Catherine Lord en 2021.
En diciembre de 2021, la Comisión Lancet —32 expertos de diez países— propuso el término «autismo profundo» como categoría administrativa para personas autistas con discapacidad intelectual severa, lenguaje ausente o mínimo y necesidad de apoyo permanente. El objetivo era pragmático: visibilizar a una población desatendida por la investigación y los servicios, que el diagnóstico único de «trastorno del espectro autista» tendía a disolver dentro de una categoría demasiado heterogénea. Alison Singer, presidenta de la Autism Science Foundation y madre de una hija autista con necesidades de apoyo muy notables, respaldó la propuesta argumentando que el paraguas TEA se había vuelto tan amplio que las personas situadas en sus extremos ya tenían muy poco en común en términos prácticos. Para las familias que enfrentan autolesiones severas, epilepsia, ausencia de lenguaje y dependencia de por vida, la distinción no era ideológica sino urgente. Sin una categoría específica, la investigación, los recursos y las políticas públicas continuarían orientándose hacia los perfiles más visibles y articulados del espectro.
En febrero de 2022, más de veinte organizaciones lideradas por autistas respondieron con una carta abierta firmada por la Global Autistic Task Force on Autism Research, describiendo el término como «altamente problemático». Sus objeciones apuntaban a tres frentes: el proceso (las voces autistas habían sido ignoradas en la elaboración del informe), el fondo (el énfasis en intervenciones conductuales y ensayos farmacológicos) y la etiqueta misma (el riesgo de que una categoría de funcionamiento refuerce el estigma y la segregación). Los autores del informe respondieron que el término no era obligatorio y que su único fin era facilitar el acceso a recursos. El cruce dejó al descubierto una fractura entre dos modos de vivencia del autismo: quién tiene autoridad para hablar en nombre de este cuando una parte de esa comunidad no puede hablar por sí misma, y si el movimiento que reivindica esa voz representa a todos o solamente a quienes pueden ejercerla.
Hace unos días critiqué el término «funcional» para referirse a algunos autistas como «funcionales». Es uno donde la realidad humana, autista, se asemeja a la máquina y, en términos de productividad, determina quiénes sirven y quiénes no para las labores esperables en una sociedad «normal». Las respuestas me recordaron mucho a esta fractura: dos caras de una realidad del autismo o, más bien, una cara del autismo donde se ubican quienes tienen capacidad de autonomía y agencia para sostener una reivindicación y, por otro lado, quienes no pueden hacerlo y requieren de una representación asumida por sus cuidadores.
Según un estudio reciente basado en los datos de la red de vigilancia ADDM del CDC de Estados Unidos —la fuente más sistemática disponible—, entre los niños con al menos un nivel de apoyodocumentado, el nivel 2 fue el más frecuente (entre el 41 % y el 51 %), seguido del nivel 3 (entre el 23 % y el 33 %), y con menos casos de nivel 1 (entre el 21 % y el 27 %).
Cuando se habla del autismo se habla desde una experiencia individual y desde un grupo y, salvo se indique, se habla por ese grupo.
Confieso no tener una respuesta final sobre la superación de esta ruptura y el establecimiento de una forma de convivencia entre los grupos de autodefensa y activismo autista y los cuidadores.
Mi objeción a utilizar etiquetas como «funcional», «profundo», «leve» o «severo» no se da por una oposición a precisar necesidades, faltaría más, ni por la creencia de que el autismo es una identidad monolítica. Lo hago porque no explican realmente algo más allá de una generalidad y, más bien, estigmatizan y estereotipan. Para alguien denominado como autista «profundo», ¿no dejaremos, en determinado momento, de presumir competencia y explicar todas sus limitaciones no por la falta de apoyos y el estilo de nuestra enseñanza, sino por su «severidad»? Y de un autista «funcional», ¿no entenderemos, finalmente, que debe poner más voluntad y dejaremos de proponer los apoyos que requiere porque sus dificultades son «leves»?
La realidad es la realidad, aunque sea vista desde diversas perspectivas y necesidades, necesitamos llegar a consensos, a una forma de verdad donde podamos vernos razonablemente representados, si es que eso fuera aún posible. Debemos buscar objetivos comunes y apoyos diferenciados, individualizados, sobre una base práctica, no una idealizada, minoritaria ni ideológica.
Es preciso enfrentar estas divisiones con cierto desengaño de quien se topa con un problema real y no uno ideal. Volver a plantearnos los usos, intersecciones, contornos y distancias . Despertemos de los sueños de un autismo y de un discurso único para comprender las manifestaciones de los autismos, de cada autista. Los sueños, sueños son: se trata de obrar bien, con realidad, razonablemente.
Referencias.
Bogdashina, Olga. 2025. «Profound Autism: Why the Spectrum Needed a New Term.» Olga Bogdashina (blog). https://t.co/VxT3yYaAr5
Bogdashina, Olga. 2025. «Nothing About Us Without Us, But Who Is ‘Us’?» Olga Bogdashina (blog). https://t.co/8GujKgKx9j
Global Autistic Task Force on Autism Research. 2022. «Open Letter to the Lancet Commission on the Future of Care and Clinical Research in Autism.» 14 de febrero. https://t.co/OPTePxR1FS
Lopez, Maya, et al. 2026. «Prevalence of Autism Spectrum Disorder Severity Levels From the Fifth Edition of the Diagnostic and Statistical Manual (DSM-5) in the Autism and Developmental Disabilities Monitoring Network.» Journal of Autism and Developmental Disorders. https://t.co/LNExEyES6h
Lord, Catherine, Tony Charman, Alexandra Havdahl, et al. 2022. «The Lancet Commission on the Future of Care and Clinical Research in Autism.» The Lancet 399: 271–334. https://t.co/FTBXti3eFJ
https://t.co/TXVUPL2w8z
Ayer fue la segunda clase de nuestro curso “Hacia una vida autista. Vivir bien siendo autistas”. Somos 30 personas en este curso entre padres, cuidadores, profesionales y autistas.
Comparto algunas de las diapositivas de nuestra sesión.
¡Nos vemos en un mes! 🌻⭐️♾️
@gemimarc Lo que es, es. Lo que no es, no es. Sí podemos negar muchas cosas y no estamos obligados a reafirmar las delusiones, eso es hacer más daño, por más que la persona crea que le beneficia. Saludos.
EL AUTISMO Y LOS ESPEJISMOS DE LA AUTOPERCEPCIÓN.
Cuatro monjes debaten ante el maestro Hogen si una piedra existe dentro o fuera de la mente. Uno responde que, desde el budismo, todo es proyección mental. Hogen le replica que su cabeza debe pesar mucho si carga con una piedra semejante. La pregunta que deja el koan no es trivial: ¿qué ocurre cuando instalamos la autopercepción como árbitro de la realidad?
El neoliberalismo ha ofrecido una respuesta práctica. Como advierte Byung-Chul Han, convirtió la libertad en su instrumento de dominación más eficaz: el mito del emprendedor que se autogestiona y se autoexplota sustituyó al antiguo patrón que vigilaba el trabajo. Cada fracaso es ahora una mala administración de uno mismo — el sistema queda eximido y el individuo, condenado. Barbara Ehrenreich lo documentó con precisión, el optimismo obligatorio silencia el malestar, privatiza el sufrimiento y desactiva toda crítica social. Jesús G. Maestro señala que una libertad enajenada de la realidad, irracional, “es la divisa de la barbarie”.
Durante las últimas décadas, parte importante del conflicto político occidental se desplazó desde las condiciones materiales hacia las disputas identitarias y simbólicas. Christopher Lasch observó cómo ciertas élites progresistas abandonaron la cuestión de clase mientras convertían el reconocimiento cultural en nuevo eje moral. Trasladaron el conflicto del terreno material — donde el sistema tiene responsabilidades concretas — al terreno simbólico, donde todo puede resignificarse, deconstruirse o legislarse. El posmodernismo identitario de género, en sus versiones más radicales, lleva ese desplazamiento a su límite: la autopercepción adquiere prioridad ontológica sobre dimensiones materiales o corporales de la realidad. Las consecuencias de esa confusión, sin embargo, las pagan los cuerpos, no las ideas. El informe Cass en 2024, por ejemplo, fue un acto de rigor clínico en medio de esa presión: ante la ausencia de evidencia sólida sobre los bloqueadores de pubertad en menores, el NHS optó por una posición de cautela. El estudio registral finlandés de Ruuska y colaboradores (2026), con más de 2.000 jóvenes derivados a servicios de identidad de género entre 1996 y 2019, lo confirma desde los datos: la morbilidad psiquiátrica grave no remite tras la reasignación médica — en muchos casos aumenta.
El autismo permite hacer estas distinciones con mayor precisión. Es una de las condiciones del neurodesarrollo con mayor carga genética documentada: la heredabilidad poblacional se estima en torno al 83% — un dato sobre origen, no sobre destino, que muestra que no estamos ante una identidad producida desde la autopercepción. Desde mi trabajo como psicólogo clínico y mi experiencia como autista tengo un lugar de enunciación desde donde analizar sus contornos y sus límites. El autodiagnóstico no es una moda: es, en la mayoría de los casos, la única respuesta posible ante sistemas de salud que excluyen por costo, listas de espera, sesgos de género o geografía. Sturm y colaboradores (2024) evaluaron a 839 adultos con el RAADS-R y el RAADS-14 y encontraron que personas diagnosticadas y autoidentificadas son altamente similares: más del 93% de ambos grupos alcanzaron el umbral clínico. La diferencia entre ellos no está en las características, sino en el acceso.
En otros dominios, sin embargo, la alerta es necesaria. Muchos autistas no se reconocen en los modelos normativos de masculinidad o feminidad porque esos modelos están construidos desde expectativas relacionales neurotípicas — no necesariamente porque exista una incongruencia de género. Un varón autista que no encaja en la masculinidad hegemónica o una mujer autista que no se ajusta a los códigos relacionales típicos de su género pueden confundir esa disonancia con disforia cuando lo que están viviendo es una experiencia autista del género sin referentes claros. La solución en muchos casos no es la transición: es construir referentes de masculinidad y feminidad autistas. He desmontado las limitaciones de la investigación sobre identidad de género y autismo largamente en El amor autista.
Conviene distinguir, como hace John Searle, entre hechos brutos y hechos institucionales: lo que existe independientemente del lenguaje y las instituciones humanas, y lo que acontece en el marco de reglas y convenciones sociales. El autismo pertenece a los primeros. Lo que sí se construye — legítimamente, como señala Paul Ricoeur — es la narración de una vida autista. Pero la historia que se cuenta no crea el cerebro que la vive. Cuando el constructivismo borra esa distinción, no libera a nadie sino que desampara a quienes más necesitan que su realidad sea reconocida como real.
No basta identificarse con la cultura negra para ser negro; ser mujer no es un sentimiento; no basta sentirse autista o identificarse con lo autista: hay que serlo. La piedra sigue siendo piedra pese a a cualquier mirada o cualquier idea.
Bibliografía
Cass, Hilary. Independent Review of Gender Identity Services for Children and Young People. Londres: NHS England, 2024.
Ehrenreich, Barbara. Sonríe o muere: la trampa del pensamiento positivo. Madrid: Turner, 2011.
Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder, 2012.
———. Psicopolítica: neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Barcelona: Herder, 2014.
Lasch, Christopher. La rebelión de las élites y la traición a la democracia. Barcelona: Paidós Ibérica, 1996.
Maestro, Jesús G. El fracaso de la felicidad. Barcelona: HarperCollins, 2026.
Reaño, Ernesto. El amor autista: pasión, afecto, amistad y espiritualidad autistas. Lima: EITA, 2025.
Ricoeur, Paul. Sí mismo como otro. Madrid: Siglo XXI, 1996.
Ruuska, Sami-Matti, Katinka Tuisku, Timo Holttinen y Riittakerttu Kaltiala. “Psychiatric Morbidity Among Adolescents and Young Adults Who Contacted Specialised Gender Identity Services in Finland in 1996–2019: A Register Study.” Acta Paediatrica (2026): 1–9. https://t.co/vY3jb2ZY1U.
Searle, John R. La construcción de la realidad social. Barcelona: Paidós, 1997.
Sturm, Arianna, Yi Huang, Vrinda H. Bal y Judah M. Schwartzman. “Psychometric Exploration of the RAADS-R with Autistic Adults: Implications for Research and Clinical Practice.” Autism (2024). https://t.co/asF2l2oyHN.
https://t.co/mIjxaQuRsT
Hay mujeres autistas que pasan años en terapia bajo diagnósticos que nunca terminan de explicar lo que viven. El autismo ni siquiera aparece como hipótesis.
El trastorno límite de la personalidad sigue sobrediagnosticándose en mujeres autistas porque la clínica muchas veces confunde formas parecidas de sufrimiento sin mirar aquello que las produce. La desregulación emocional autista puede emerger de la sobrecarga sensorial, del masking sostenido, de la tensión permanente de intentar encajar en un entorno vivido como ajeno.
Un estudio reciente encontró una diferencia importante entre ambos grupos: la perturbación de identidad aparece con mucha mayor intensidad en el TLP. Muchas mujeres autistas sufren profundamente, pero conservan una percepción relativamente estable de sí mismas. El desgaste aparece en otra parte, en años enteros aprendiendo a interpretar, corregir y actuar normalidad para sobrevivir socialmente.
📚 El amor autista y ¿Qué es el autismo? (2ª ed.) — Ernesto Reaño
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Muchos autistas hemos recibido esa acusación: «Solo piensas en ti.» «Eres un narcisista.» Casi siempre está equivocada. Pero entender por qué requiere ir más lejos..
En este video analizo tres fuentes de confusión. El infodumping — hablar con intensidad de lo que nos apasiona — no es autocentramiento: es una forma de mostrarnos y buscar reciprocidad emocional. La empatía autista no es déficit: la investigación muestra hiperempatía afectiva en muchos de nosotros, lo opuesto a lo que ocurre en el narcisismo de personalidad. Y el trauma complejo — porque el adulto autista es, en la mayoría de los casos, un sobreviviente — puede generar un tipo defensivo de lucha que, desde afuera, parece narcisismo pero no lo es.
Pete Walker describe ese mecanismo con precisión: cuando el peligro es sostenido durante años, el sistema nervioso aprende a defenderse desde el poder y el control. En el narcisismo de personalidad, la grandiosidad es el núcleo. En el trauma en modo lucha, es la armadura.
La diferencia lo cambia todo: en el diagnóstico, en la clínica, y en cómo nos miramos a nosotros mismos.
📚 El amor autista y ¿Qué es el autismo? (2ª ed.) — Ernesto Reaño
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DISFORIA DE NEUROTIPO.
La palabra disforia viene del griego dysphoria, donde δυσ- es el prefijo que indica dificultad, malestar, algo torcido en su raíz, y φορά, que viene de φέρω, significa ‘llevar’, ‘cargar’, ‘soportar’. “Disforia” es, literalmente, la dificultad de cargar con algo. No es el dolor en sí mismo, sino el esfuerzo sostenido de sostener un peso que no es propio, que no debería ser tuyo. Así, “disforia de género” alude, por ejemplo, a alguien con un pronunciado y sostenido malestar por tener que cargar con una identidad de género que no considera como propia.
En los estímulos del ambiente sobre nuestros cuerpos, en la información del mundo y en cómo la procesamos, en nuestra manera de vincularnos y brindar afecto, las formas de interacción autistas tropiezan tempranamente contra las expectativas de un mundo deseado y reservado para otras formas de vida, llamadas y queridas como “normales”. Solo quienes puedan encajar aquí, por serlo o parecerlo, obtendrán ciertos privilegios o alcanzarán una segura medianía o, al menos, no serán marginados. Ser normal es una (vana) aspiración.
Se define como “camuflaje” la acción y el efecto de ocultar o disimular la apariencia de algo o alguien para que se confunda con su entorno o pase desapercibido. ¿No es eso lo que tantos autistas intentamos, con mayor o menor éxito, a lo largo de la historia de nuestras interacciones? Aprendemos, en ese impacto contra los deseos y expectativas típicos, que nuestra forma de manifestarnos cotidianamente es reprobable: conduce al señalamiento, las muecas, las burlas, la exclusión. Recordemos que “monstruo” proviene del latín monstrum, cuya raíz se emparienta con monstrare, que significa mostrar, “señalar con el dedo”. El camuflaje es un intento, principalmente no consciente, de asemejarse lo más posible, al menos, a lo normalmente simétrico, a lo aceptable. No todos podrán, por cierto, lograrlo. Un camuflaje exitoso requiere, principalmente, de un perfil con menores necesidades de apoyo, con funciones ejecutivas estables, con una inteligencia entre el promedio y la alta capacidad intelectual, como muestra Bea Sánchez en “Pues no se te nota”.
Muchos camuflan sabiéndose autistas; otros, sin saberlo. Para quienes llegaron antes o llegarán después al diagnóstico, la experiencia que lleva a suprimir sus características autistas, modificar sus comportamientos o desarrollar habilidades que les permitan integrarse sin sospechas a los diversos grupos típicos habrá seguido un camino similar: sentir que la expresión natural de su comportamiento, que comportarse según su neurotipo —aunque no se tenga conciencia de tener un tipo cerebral, mental, atípico— provoca una respuesta del entorno que genera malestar. El camuflaje es un intento de adaptación, un modo de conjurar el malestar social.
El estudio de Louise Bradley y colaboradores lo documenta: camuflar es profundamente agotador. El daño no lo produce el autismo, sino el esfuerzo diario de negarlo: la ansiedad, el burnout, la pérdida de identidad y la ideación suicida son el precio del enmascaramiento sostenido, no rasgos del neurotipo. Muchos reconocen que ese mismo camuflaje les permitió acceder a trabajo, relaciones, protección frente al rechazo. ¿Eso es prosperar o simplemente sobrevivir? Muchos comenzaron a camuflar menos cuando llegó el diagnóstico o cuando encontraron un entorno que no exigía desaparecer para ser aceptado.
Se huye del malestar para hallarse en otro provocado por el intento de habitar un neurotipo ajeno. Un malestar por cargar con algo que no es propio: una disforia. Propongo el término “disforia de neurotipo” con la intención de nombrar la experiencia desde su causa real. La disforia no la produce el autismo. La produce el esfuerzo de actuar como si uno no fuera autista.
Esta distinción es clínica y política al mismo tiempo. Clínica, porque orienta la intervención: si el malestar proviene del camuflaje, la respuesta no puede ser más enmascaramiento. La investigación sobre burnout autista es clara: la recuperación pasa por desenmascararse, por hacer las cosas de forma autista, por reducir las expectativas del entorno —no del sujeto—. Política, porque cuestiona quién tiene que cambiar, qué debe cambiar. Si la disforia es provocada por lo neurotípico, si es el mundo neurotípico el que la genera, entonces no se trata de soportar mejor la carga, sino de lograr un equilibrio entre lo que debemos hacer y quienes debemos ser, entre la vida activa y la vida contemplativa.
El problema de la doble empatía, formulado por Damian Milton, lleva más de una década señalando que la dificultad de comunicación entre autistas y no autistas es bidireccional. No es que los autistas no entiendan a los neurotípicos: es que tampoco los neurotípicos entienden a los autistas, y la diferencia es que solo a unos se les pide resolver el problema dejando de ser ellos mismos.
Poner nombre a la disforia de neurotipo es establecer una dimensión y un lugar del malestar social, señalar su dirección: viene de un lugar, y ese lugar no soy yo.
Referencias.
Bradley, Louise, Rebecca Shaw, Simon Baron-Cohen, y Sarah Cassidy. 2021. «Autistic Adults’ Experiences of Camouflaging and Its Perceived Impact on Mental Health.» Autism in Adulthood 3 (4): 320–329. https://t.co/USwEq1pt7o
Hennekam, Sophie, Mukta Kulkarni, y Joy E. Beatty. 2025. «Neurodivergence and the Persistence of Neurotypical Norms and Inequalities in Educational and Occupational Settings.» Work, Employment and Society 39 (2): 449–469. https://t.co/S5vWyIexTU
Milton, Damian E. M. 2012. «On the Ontological Status of Autism: The ‘Double Empathy Problem’.» Disability & Society27 (6): 883–887. https://t.co/a8g9ro7Eun
Milton, Damian, Emine Gurbuz, y Betriz Lopez. 2022. «The ‘Double Empathy Problem’: Ten Years On.» Autism 26 (8): 1901–1903. https://t.co/FSYVkAUmaQ
Rachanska, Paulina E. 2025. «The Double Empathy Problem: An Exploration of Trans-Neurotype Attitudes on Autistic–Non-Autistic Social Interactions and Communication.» Advances in Neurodevelopmental Disorders 9 (4): 623–636. https://t.co/cMXQECEIgx
Radulski, Elizabeth M. 2022. «Conceptualising Autistic Masking, Camouflaging, and Neurotypical Privilege: Towards a Minority Group Model of Neurodiversity.» Human Development 66 (2): 113–127. https://t.co/TqLwLIMJuv
Raymaker, Dora M., Alan R. Teo, Nicole A. Steckler, Brandy Lentz, Mirah Scharer, Austin Delos Santos, Steven K. Kapp, Morrigan Hunter, Andee Joyce, y Christina Nicolaidis. 2020. «‘Having All of Your Internal Resources Exhausted Beyond Measure and Being Left with No Clean-Up Crew’: Defining Autistic Burnout.» Autism in Adulthood 2 (2): 132–143. https://t.co/Qbvyyb8C8D
Sánchez, Bea. 2026. Pues no se te nota: Camuflaje en autismo, altas capacidades y TDAH. Barcelona: Ediciones Península.
Zhuang, Sici, Diana Weiting Tan, Susan Reddrop, Lydia Dean, Murray Maybery, e Iliana Magiati. 2023. «Psychosocial Factors Associated with Camouflaging in Autistic People and Its Relationship with Mental Health and Well-Being: A Mixed Methods Systematic Review.» Clinical Psychology Review 105: 102335. https://t.co/OYAykuraGG
En este video hablo del mecanismo sistematizador que Baron-Cohen vincula al pensamiento autista, de los Sistemas 1 y 2 de Kahneman aplicados a cómo procesamos las situaciones sociales, y de la investigación que estoy desarrollando con Mamen Horno sobre cómo categorizamos el mundo los autistas.
Todo esto y mucho más en “¿Qué es el autismo? Reflexiones desde el paradigma de la neurodiversidad”. De venta en EITA y Amazon: https://t.co/PtGOA4Oq57
¡Buena lectura! 🌻⭐️♾️
El problema más frecuente en las parejas donde uno de los miembros es autista es la falta de traducción.
En este video hablo de las dos gramáticas del afecto —la neurotípica y la autista—, de lo que ocurre cuando el amor se expresa en una lengua que el otro no reconoce, y de por qué la retirada emocional autista no es indiferencia sino el resultado acumulado de años de intentar y no ser visto.
También hablo desde adentro: desde mi propia experiencia de pareja y desde lo que propongo en mi libro El amor autista.
https://t.co/dEc65amKMR
¿JESÚS AUTISTA?
¿JESÚS AUTISTA?
Existe una larga y legítima tradición de inculturación que ha modelado el rostro de Jesús a imagen de cada época y cada pueblo: el Cristo revolucionario, el pacifista, el feminista, el Cristo Negro de Portobello, el Señor de los Milagros, el Han coreano de Minjung, los pintados por Sadao Watanabe. La fe del Evangelio no se comunica en el vacío: siempre lo hace desde una cultura, desde un cuerpo, desde una experiencia. Siendo así, la pregunta que articula el último capítulo de mi libro El amor autista no es, en rigor, escandalosa: ¿podríamos imaginar, y apropiarnos, de un Jesús autista?
Lo preciso desde el inicio, porque las lecturas malintencionadas y superficiales —propias de quienes citan sin leer, o leen sin comprender— han querido ver en esta pregunta un ejercicio de supremacismo autista. No lo es. Para un católico, Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Es del Jesús como hombre de quien hablo. Y si Dios se encarnó en un ser humano concreto, ese hombre tuvo, forzosamente, un neurotipo. La pregunta legítima es: ¿por qué no uno autista? Quienes no puedan verlo —los ultracrepidarios de siempre— confirmarán, una vez más, que el problema no está en el argumento sino en su incapacidad de abandonar el prejuicio.
Considerar la posibilidad de un Jesús autista no implica diagnosticar retrospectivamente a una figura histórica a partir de relatos religiosos. Implica explorar si ciertos modos de presencia, de relación y de sensibilidad que los evangelios atestiguan pueden comprenderse también desde experiencias hoy reconocibles dentro del autismo. No para reducir a Jesús a una categoría clínica, sino para preguntarse qué ocurre cuando el autismo deja de ser tratado como una forma deficitaria de humanidad y se reconoce como plenamente humano.
Algunos episodios adquieren entonces una resonancia distinta. Jesús no suele responder según las expectativas sociales de su entorno: calla cuando se le exige hablar, se retira cuando otros buscan exaltarlo, permanece absorto en lo que considera esencial aunque quienes lo rodean no logren comprenderlo. En la escena de la mujer acusada de adulterio —Juan 8—, se agacha y escribe con el dedo en la tierra mientras todos reclaman una respuesta inmediata. El gesto interrumpe la violencia del grupo y crea una suspensión inesperada antes de pronunciar una sola frase decisiva («Quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra»). Más que una estrategia retórica, puede leerse como una forma profundamente autista de regulación: procesar el caos antes de enfrentarlo. Lo que podría leerse como stimming. Un modo de encontrar centro y foco en medio de la presión sensorial, emocional y moral que lo rodea.
El episodio del templo, cuando el niño Jesús responde a María y José sin registrar del todo la angustia que ha causado, resulta igualmente revelador. Su absorción completa en un propósito significativo, la dificultad para atender simultáneamente todas las claves emocionales del entorno, la respuesta directa y desconcertante: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debía estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2, 49) — expresada sin filtros sociales y sin conciencia de haber causado daño, porque dentro de una lógica monotrópica no se ha hecho nada malo: estas son experiencias que muchos autistas y quienes los conocen bien reconocerán de inmediato. La perplejidad de José y María es también familiar: «Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio» (Lc 2, 50). El problema de la doble empatía tiene, aquí, más de dos mil años.
La posibilidad de un Jesús autista emerge también, y quizás sobre todo, en la forma particular de amor que atraviesa los evangelios. Jesús se dirige una y otra vez hacia quienes no encajan: pobres, impuros, enfermos, excluidos, cuerpos y vidas consideradas fallidas por el orden social y religioso. Su amor no está organizado por valores sociales típicos, ni por mérito ni por prestigio. En términos de categorización autista, podríamos decir que categoriza por contigüidad, no por jerarquía. Un publicano y un fariseo son ambos humanos. Una mujer pecadora y un maestro de la ley son ambos dignos. Los niños ruidosos y los leprosos no son excepciones molestas: son el centro.
Pensar este amor desde una clave autista supone reconocer formas de empatía que no dependen de la convención social ni de la performance emocional, sino de una orientación intensa hacia el sufrimiento ajeno, la justicia y la verdad. Lo que se ha llamado hiperempatía y sentido de justicia autistas: un impulso intenso, a veces desbordante, por intentar resolver aquello que causa dolor en el otro. No la compasión performativa que se expresa en fórmulas sin acción, sino el agápē que se hace gesto, presencia y, cuando es necesario, riesgo.
Jesús era también, y esto es central, un parresiasta. La parresía —παρρησία—, estudiada en profundidad por Foucault en sus últimos seminarios, es el hablar franco: decir la verdad porque se sabe que es verdad, a sabiendas del riesgo que ello implica. El parresiasta elige la franqueza frente a la persuasión, la verdad frente al silencio estratégico, el deber moral frente al interés personal. Una serie de decisiones que, desde la lógica política del mundo, condujeron a Jesús a la muerte. Esa imposibilidad de calcular la conveniencia en perjuicio de la verdad que se posee no es, en algún momento, ajena a ningún autista que haya aprendido ya el valor de las mentiras sociales y las omisiones estratégicas, y aun así se niegue a reproducirlas.
Hay un vacío teológico que esta reflexión nos permite avanzar: la de la Encarnación misma como acto de discapacitación voluntaria. Como señala Mainor Mora, Dios se discapacitó a sí mismo en la Persona de Jesucristo. Dios se hace humano, se discapacita: lo absoluto en lo relativo, lo infinito en lo finito, la omnipotencia asumiendo los límites del cuerpo, del hambre, del cansancio, de la muerte. Y Nancy Eiesland, en su teología de la discapacidad, extrae de allí una consecuencia que conviene resaltar: el Hijo resucitado y glorioso conserva las marcas de la pasión, las muestra, invita a tocarlas. El cuerpo glorioso no borra las huellas; las porta. Eso significa que el autismo no es una condición que la gloria deba corregir, la neurodivergencia, la discapacidad, son parte de la identidad que Dios mismo eligió asumir y conservar. El capacitismo —ese sistema que clasifica vidas según su rendimiento— es, en este sentido, no solo una injusticia social, sino una herejía.
Imaginar un Jesús autista no reduce su figura. La amplía. Porque sugiere que ciertas vidas —históricamente consideradas defectuosas o incompletas— pueden verse también reflejadas en lo sagrado. Que el Agápē, el Amor que da la vida por sus amigos, que lava los pies sin cálculo social, que perdona desde la cruz, que escribe en la tierra antes de hablar, que porta sus marcas en el cuerpo glorioso, puede ser también —y quizás especialmente— un Agápē autista. Y si el cuerpo resucitado de Cristo conserva lo que fue, la pregunta que sigue es inevitable: ¿cómo sería distinta la eternidad de lo que ya es amado en la finitud? Resucitaré autista, porque es lo que soy y lo que seré.
Yo creo en un Jesús autista.
Y creo que su Agápē es autista.
Por ello es humano, y en Él, divino.
Bibliografía.
Eiesland, Nancy L. The Disabled God: Toward a Liberatory Theology of Disability. Nashville: Abingdon Press, 1994.
Foucault, Michel. Le gouvernement de soi et des autres. Cours au Collège de France (1982–1983). Éd. François Ewald, Alessandro Fontana et Frédéric Gros. Paris: Gallimard / Seuil, 2008.
———. Le courage de la vérité. Le gouvernement de soi et des autres II. Cours au Collège de France (1983–1984). Éd. François Ewald et Frédéric Gros. Paris: Gallimard / Seuil, 2009.
Küng, Hans. Ser cristiano. Trad. Jesús Martínez Gordo. Madrid: Trotta, 1997.
Mora Rodríguez, Mainor. Jesús, la samaritana y el autismo: Una forma de construir puentes entre alistas y autistas. Victor Morabit, 2022.
Reaño, Ernesto. El amor autista. Pasión, afecto, amistad y espiritualidad autistas. Lima: EITA, 2025.
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