Amo amar, amo con intensidad, amo la reciprocidad y entendimiento, donde haya esfuerzo por verte y atrevimiento antes que dejarte ir, donde te eligen¡¡
Una relación recíproca, sin egoísmos y con empatía es inquebrantable, es amor de ida y vuelta¡¡
Lo bueno que das, vuelve¡¡
Nadie te enseña a elegir pareja. Eso es algo que se aprende con el tiempo y, casi siempre, a base de errores.
El problema aparece cuando elegimos desde el impulso: las hormonas, el encanto, la magia del enamoramiento. Nos vinculamos con alguien sin haber tenido nunca una conversación madura sobre lo que realmente importa cuando una relación avanza.
Hay preguntas que no son incómodas, son necesarias.
¿Queremos hijos o no?
¿Hay temas de salud que conviene conocer?
¿Cómo es esta persona cuando atraviesa su peor momento?
¿Qué visión tiene del dinero, del trabajo y del futuro?
¿Quiere desarrollarse aquí o en otro lugar, en esta ciudad o en otro país?
Son conversaciones que deberían darse justo antes de dar un paso decisivo, porque evitan muchos conflictos más adelante.
Sin embargo, cuando todo se apoya únicamente en lo bien que lo pasamos —la risa, la comodidad, los paseos, las series, los planes agradables— dejamos de lado lo que un día pesará.
Y entonces, con el tiempo, llega el descubrimiento:
no es que el amor fallara, es que nunca compartimos lo esencial.