En mi casa me enseñaron que la familia siempre es primero, que en los cumpleaños el regalo es el almuerzo favorito, que creer en una religión no es una obligación, pero creer en Dios te hace la vida más bonita y que ser buena persona no tiene precio.
No quiero a un tipo que saque lo peor de mí. No quiero sobrepensar, no quiero preguntarme qué hay en tu teléfono ni qué haces a mis espaldas. Quiero un hombre que me dé paz mental. El estrés es tan poco saludable.
Mi parte favorita de una relación es cuando empiezan a contarse anécdotas de la infancia. De pronto ya sabes por qué se quebró el tobillo, de dónde salió la cicatriz en la ceja y los chistes familiares. Ese nivel de confianza es simplemente hermoso.
Le doy gracias a la vida porque hoy puedo estar acostado en la cama de mi cuarto y no en la de un hospital, puedo cenar lo que se me antoja y no lo que se puede, tengo trabajo y no tengo que buscarlo. Agradecido hoy y siempre por mi familia y por todo lo demás.
Qué hermoso es ver a un hombre con su energía masculina a flote; con iniciativa, no le da pena mostrar sus sentimientos, seguro de sí mismo, resuelve, detallista, te recoge, te acompaña, te lleva, instinto protector.
Críen a sus hijas con pasión por algo. Enséñenles a tener hobbies, a aprender idiomas, fotografía, repostería o cualquier cosa que las haga crecer como personas. Que no lleguen a cierta edad hablando únicamente de hombres y sintiéndose estancadas.