Una de las promesas más atractivas de Jesús para los sedientos de vida es esta: quien guarda su palabra no verá la muerte para siempre. Difícil ofrecer más. Pues nada, promesa desoída en esta cultura que acepta la muerte como final. Parecido a la fábula de la zorra y las uvas.
Quien vive construyendo fraternidad, desde la misericordia y el perdón, ayudando a los demás, luchando por la paz y la justicia, quien es fiel en la persecución y sabe sufrir con mansedumbre, oirá al Juez universal las palabras que dieron sentido a toda una vida: Venid benditos.
Comenzamos hoy un itinerario de interioridad, camino de conversión y esperanza. En ese dejar a un lado la exterioridad para adentrarnos en lo recóndito del propio ser, allí donde Dios ve en lo escondido y lo sabe recompensar. En un mundo superficial la Cuaresma es contracultural.
Lo propio de un discípulo es seguir a su Maestro. Jesús no se queda en la pregunta sobre su identidad. Le interesa, más bien, invitarnos a seguirle, invitarnos al discipulado. Ser cristiano no es otra cosa que situarnos existencialmente detrás de él y seguir fielmente sus pasos.
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Aquella mujer manifiesta una fe inquebrantable en Jesús. Pide ayuda a quien tiene poder para ayudarla, pero no lo exige. Sabe que no tiene derecho, que ni siquiera pertenece al pueblo elegido, pero con humildad le dice al Señor que también los perros comen lo que tiran los niños.
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En su pueblo, entre su gente, se sentía menospreciado y, por conocido, sin credibilidad. Habría querido curar allí a muchos como lo había hecho en otras aldeas cercanas. Pero fue imposible: era admirable su falta de fe. Está claro, nadie es profeta en su tierra, entre los suyos.
Jairo, el jefe de la sinagoga, súplica a Jesús que cure a su hija. Él se dirige a su casa. Pese al aviso de que acaba de morir, Jesús advierte a Jairo de que basta con que tenga fe. Los que lloran la muerte de la niña se ríen de Él. Pero Jesús la cogió de la mano y la levantó.
Desde el comienzo de su misión profética, el Señor genera incertidumbre y desaprobación. Quieren acabar con él.
Los discípulos tuvieron que verse sobrepasados: si el Maestro, enviado de Dios, el tres veces santo, resulta molesto para los escribas y fariseos. Hay que eliminarlo.
Son las últimas palabras dichas por María, madre de Jesús, y recogidas por el cuarto evangelio: "Haced lo que Él os diga". En ellas nos deja su testamento más precioso: hacer lo que dice el Señor conlleva los mejores beneficios que una madre pueda desear para todos sus hijos.
Jesús de Nazaret, en Mesías enviado por Dios, aparece en Galilea como un maestro singular pues enseñaba vom autoridad, uniendo hechos y palabras en perfecta coherencia. Era un soplo de aire fresco aquel mido de hablar de Dios: era abba.
No es de extrañar que todos acudieran a él.
Realmente, el actuar de Jesús era sorprendente y dejaba bien a las claras su singularidad. Todos se daban cuenta que su predicación no era como los escribas y fariseos: él hablaba con autoridad pues lo que decía se cumplía. Sus palabras y hechos guardaban una perfecta coherencia.
El evangelio según San Marcos, en el capítulo 1, nos regala la crónica de una jornada completa en la vida de Jesús. En ella se nos ofrecen muchos datos de interés: dónde estaba, qué lugares frecuentaba, con quién, dónde se alojaba, qué hacía, quienes le acompañaban, qué decia...
Nuestro Dios no es un Dios escondido. Ciertamente, a Dios nadie lo ha visto jamás. Dios Unigénito es quien lo ha dado a conocer.
Por esto, no es acertado pensar que, puesto que Dios es un ser a quien nadie ha visto, es un ser entraño. Al contrario, se ha manifestado en su Hijo.
Siempre se recuerda la hora de aquella experiencia que toca el corazón e hace que a partir de aquel momento nada en la vida sea igual. Eso experimentaron los dos discípulos de Juan Bautista, después de pasar veinticuatro horas con el Señor. Jamás olvidarían aquella hora décima.
Una forma privilegiada para detectar las huellas que Dios va dejando en nuestra vida consiste en recordar o volver a pasar por el corazón; es como revivir aquellas cosas, tal vez pequeñas, pero cargadas de significado: conservar en el corazón para meditar. Eso revitaliza la fe.
Esta es la mayor paradoja en que vivimos: que el enviado de Dios, el Dios-con-nosotros, el Salvador del mundo, está en medio de nosotros y no lo conocemos. A quien más necesitamos y vive entre nosotros, y sin embargo, no lo reconocemos. Tenemos buscarle, encontrarnos con él.