💬 Juan Falú: “Cristina tiene que hacer un gesto histórico que revalide sus diplomas y apoyar al mejor candidato del peronismo”.
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UNA AGENDA FEDERAL PARA LA ARGENTINA QUE VIENE
Mantuvimos un muy buen encuentro con el gobernador de Misiones, @passalacquaok. Compartimos la convicción de que la Argentina necesita una nueva etapa profundamente federal, construida con más diálogo, con fraternidad entre quienes hacemos política y con la decisión de trabajar sobre una agenda común para defender a nuestras provincias.
Conversamos sobre el pésimo estado de las rutas nacionales, el abandono del interior productivo, el impacto de una economía que golpea a la industria, el comercio y el trabajo, y la necesidad de volver a poner en el centro a quienes producen y generan desarrollo. Hay una alternativa para la Argentina, y empieza escuchando al interior y construyendo desde el federalismo.
La palabra 'nostalgia' es trasparentemente griega: νοσταλγία, unión de 'nóstos' (regreso) con 'álgos' (dolor). Pero si la buscamos en el poema por excelencia de la nostalgia, la Odisea, no la encontraremos, pues ni Homero ni su público la conocían. De hecho, 'nostalgia' es una construcción moderna, un neologismo médico creado por Johannes Hofer en 1688 para su tesis 'Dissertatio medica de Nostalgia', como muy bien puede explicar Diego S. Garrocho (@GarrochoS) (y aprovecho para recomendar su excelente ensayo en Alianza 'Sobre la nostalgia'). El neologismo describía una patología: el desarraigo de la tierra natal. Pero posteriormente pasó al habla común como sinónimo de añoranza, y finalmente también acabó arribando al griego moderno a través del francés. Está claro que la palabra nostalgia siempre tuvo nostalgia de la lengua griega.
En todo caso, las construcciones en -algía no fueron apenas productivas en griego arcaico y clásico, o al menos no se prodigaban mucho en la literatura. Sí tenemos en Eurípides un γλωσσαλγία (Medea 525), 'glossalgía', como 'dolor de lengua'. Pero la verdadera eclosión de estos compuestos vendría en época imperial y en el léxico médico, con Galeno especialmente. Y de allí pasaron sin mucha dificultad al habla culta. Por ejemplo, en Plutarco (De tranquillitate animi) encontramos un flamante κεφαλαλγία para dolor de cabeza.
Pero volviendo a la Odisea, la palabra que solemos traducir por 'nostalgia', y cuya ocurrencia resulta, como no podría ser menos, muy abundante, es 'póthos', sustantivo de acción derivado del verbo 'pothéo'. Póthos es el deseo o anhelo concentrado sobre una ausencia, la melancolía misma del deseo hacia lo no presente. Pero el griego tiene más formas de describir el deseo, todas en cierto sentido complementarias. Así, éros es el deseo vehemente hacia una presencia real. Como bien sabemos desde Safo, también puede producir dolor. Hímeros es el deseo de la inmediatez. Se usa mucho en la Odisea para las repentinas ganas de llorar. Y también, por ejemplo, en estos versos de 23.143 y ss. (en mi traducción):
«Se vistieron las mujeres. Y luego, el divino aedo
tomara la hueca cítara, y les apremió un deseo
de dulce canto y nítida danza».
Y en el fragmento 96 de Safo, la muchacha en Sardes siente nostalgia "de la dulce Atis". Pero Safo usa hímeros: ella no quiere estar allá sino aquí y ahora.
Como ven, póthos, éros e hímeros no son más que distintas manifestaciones de nuestra siempre anhelante (e incurablemente nostálgica) naturaleza.
@drcdebonrostro Si la vi hace mucho, pero no ví lo que viste y explicas con claridad. La humanidad y sabiduría de los griegos es maravillosa. Gracias por traer esta historia al presente.
@E_Irarrazabal El delicioso chocolate, el picante chimichurri, los ricos churros rellenos con dulce de leche, el pan con chicharrones y tantas otras como cuidado que viene el chucho!
Ayer leíamos en griego con pronunciación erasmiana el parlamento de las sirenas. Hoy leo en este vídeo los mismos versos pero con la pronunciación del griego moderno.
Jorgelina Paula Molina Planas.
Mi nombre de nacimiento es Jorgelina Paula Planas. Nací el 5 de agosto de 1973, en Rosario, Santa Fe. Mi papá, José María Molina (nacido el 7 de Febrero de 1940 en Santa Fe), no llegó a ponerme su apellido por estar clandestino cuando yo nací. Con mi mamá, Cristina Isabel Planas (nacida el 31 de Julio de 1944 en Paraná), se conocieron en la Facultad de Arquitectura de Rosario y comenzaron a militar en el Partido Revolucionario de los Trabajadores -Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT - ERP).
El 12 de agosto de 1974, Josema murió fusilado en la Masacre de Capilla del Rosario, en Catamarca; y el 15 de mayo de 1977 se llevaron a mi mamá, junto a otros compañeros de militancia, de una casa que alquilaban en Lanús. Yo estaba con ella en ese momento, tenía tres años y medio. Aún permanece desaparecida.
Estuve en un hogar seis meses y el 11 de octubre de 1977 me adoptó la familia Sala. Me cambiaron el nombre y apellido por Carolina María Sala y también mi DNI. Se borró mi identidad de Jorgelina, y hasta la de mi hermano biológico, Damián, cinco años mayor que yo, a quien tampoco vi hasta después de muchos años.
Traté de amoldarme a la nueva familia, para que me aceptaran y me quisieran, ya que no quería sufrir un nuevo abandono. Negué mi historia y mi identidad durante todos esos años, para protegerme. Yo siempre supe que era hija de desaparecidos, tengo memoria de que tenía a mi mamá y de repente todo cambió.
En 1984 fui localizada por Abuelas de Plaza de Mayo, quienes se contactaron con mi familia adoptiva y con mis abuelas. Ese año me convertí en una de las primeras nietas restituidas. Soy la nieta número 25.
Mi abuela paterna, Ana Taleb de Molina, entonces exiliada en Suecia, se comunicó con mi familia adoptiva y allí tomé conciencia de que había una familia buscándome.
Durante mucho tiempo sostuve el Carolina. Desde el ‘84 tuve que hacer todo un recorrido interno, para reconocer que ésta era mi historia y la de muchos otros, que no era algo aislado ni privado, sino que incluía la historia de muchas otras familias. Hacer los duelos de las personas que no pude disfrutar, del tiempo que no pudimos pasar juntos, de la infancia lejos de mis familiares biológicos, de mi hermano, como también de mi abuela paterna, quien me buscó por todo el mundo.
Espero que muchos otros se animen a cuestionarse sobre su identidad y que los que tienen dudas se acerquen a Abuelas. Faltan muchos nietos por encontrar. Ojalá tengan la fortaleza para encontrarse con su verdadera identidad.
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Derechos Humanos Entre Ríos
"El hombre que nos enseñó a tener frío."
Horacio Quiroga adoraba a Martínez Estrada como a un hermano menor y le regaló una hectárea de su propia tierra en Misiones, para tentarlo de que fuera su vecino. La desmontó él mismo a machete limpio, le mandó por correo el título de propiedad y los planos de la casita de madera que podía construirle con sus manos. Hasta los muebles le ofrecía hacer (y eran famosamente cómodos los muebles que hacía Quiroga, con ayuda del mensú devenido carpintero Jacinto Escalera).
Martínez Estrada tenía un trabajo de cuarta en el Correo Central y detestaba el ambiente literario de Buenos Aires, pero no se decidía a partir a Misiones, así que Quiroga apeló a un último recurso para convencer a su melómano amigo: le mandó un violín hecho en madera de timbó. “Era tan chato de pecho y espalda como el propio Quiroga, tenía un clavijero prehistórico, las efes labradas torpemente a gubia y emitía un sonido de gato en celo, mitad hipnótico y mitad horripilante.” Martínez Estrada entendió con el corazón estremecido que así sería la vida como vecino de Quiroga en Misiones, pero se libró de escribir esa carta cruel porque su amigo apareció por Buenos Aires.
Venía a hacerse ver por los médicos una molestia que no lo abandonaba. Era un cáncer terminal, pero no se animaban a decírselo. Lo tenían de residente en el Hospital de Clínicas con permiso ambulatorio, mientras le hacían creer que lo sometían a estudios y lo preparaban para una operación. Un día vagando por el sótano del hospital encontró un paciente llamado Batistessa.
Lo tenían ahí escondido por su aspecto físico, causado por una neurofibromatosis conocida como elefantiasis. Quiroga exigió que Batistessa fuera sacado del sótano y trasladado a su habitación, y en las horas muertas le contaba historias de la selva. Un día Batistessa oyó hablar a los médicos y fue a decirle a Quiroga que la operación proyectada era una simple y dolorosa postergación de la muerte.
Quiroga avisó que salía a caminar, fue a una ferretería a comprar cianuro, regresó al hospital, mezcló el polvo en un vaso con whisky y se lo tomó. “Se mató como una sirvienta”, dijo Lugones, que un año después se suicidaría de igual forma en el Tigre. “No se vive en la selva impunemente”, escribió Alfonsina Storni en un poema que le dedicó antes de suicidarse ella también, en los acantilados de Mar del Plata.
Ni Lugones, que había sido su maestro y protector, ni Alfonsina, que había sido su amante, acompañaron las cenizas del difunto al Uruguay. Borges, en cambio, que había dicho que Quiroga era “una superstición uruguaya, que escribía mal lo que Kipling escribió bien”, sí fue de la comitiva.
Eran fechas de Carnaval y contó que el corso se interrumpía al paso del cortejo y que los niños pedían tocar la urna de madera de algarrobo en donde el escultor ruso Stepan Erzia había tallado la cara del difunto. A veces los opuestos coinciden: a Arlt le pasó algo parecido con Quiroga; él también lo había escarnecido; en una aguafuerte sobre la fundación de la SADE, creada para defender los derechos de los escritores, escribió: “La idea debe ser de Quiroga, hombre que gasta barba sefaradí y una catadura de falsificador de moneda que espanta”.
Pero cuenta Onetti que, el día en que murió Quiroga, Arlt estaba sentado al fondo de una larga mesa, ignorando con fiereza los comentarios sobre el muerto, hasta que llegó su amigo Kostia y contó que tres días antes se había cruzado con Quiroga por la calle. Iba vestido como un clochard, la barba le devoraba más de la mitad de la cara, venía siguiendo desde el Parque Japonés a la última mujer que siguió por la calle, una beldad que cortaba la respiración.
Era la famosa viuda de Gómez Carrillo, que por entonces noviaba con Saint-Exupéry. Kostia se lo estaba diciendo cuando el francés salió del Hotel Plaza al encuentro de su dama y la abrazó. Quiroga, contemplando la escena, murmuró: “Me hubiera gustado ser aviador”, y se fue, envuelto en su sobretodo con el pijama abajo en pleno enero, rumbo a su cama en el Hospital de Clínicas. Desde el fondo de la mesa, detrás del humo de su cigarrillo, se oyó la voz de Arlt: “He cambiado mi opinión de Quiroga”. No podía ser de otra manera. Quiroga había dicho: “Soy el primer infectado por Dostoievski en América del Sur”. Arlt fue el siguiente.
Como Arlt, Quiroga carecía de lo que algunos llaman tacto, otros hipocresía y otros relaciones públicas. A los veinte años partió de Montevideo a París vestido como un dandy, en camarote propio. Volvió tres meses después, en tercera clase, con los pantalones raídos y las solapas levantadas para que no se viera que no tenía cuello en la camisa. “¿Por qué escriben como españoles si son argentinos?”, le dijo en la cara a Larreta cuando llegó a Buenos Aires. “No soporto los gauchos de Carnaval”, le dijo a Lugones. Escandalizó a Manuel Gálvez con su Historia de un amor turbio, basada en su relación con Ana María Cires, la muchacha que se llevó a vivir a Misiones y le dio dos hijos y después se suicidó de manera atroz. A esos hijos los crió en el amor a la selva, dejándolos dormir solos arriba de un árbol o sentarse durante horas al borde de un precipicio, para horror de su madre.
Cuando ella murió, volvió con esos hijos a Buenos Aires, vivió primero en un sótano de la calle Canning y después en un caserón en Vicente López, donde tenía un coatí llamado Tutankamón, un búho llamado Pitágoras y el yacaré Cleopatra, además de una enorme canoa aerodinámica que calafateaba infinitamente y que no parecía una embarcación, sino una criatura de las aguas.
Lo acusaban de escribir para asustar a la gente, de traer la selva a la ciudad, de arrimar la barbarie a la civilización. Cuando publicó su famoso decálogo del perfecto cuentista, Nalé Roxlo dijo que parecía el manual del maestro ciruela escrito por el Viejo Vizcacha. “Es un anarcoindividualista que se conforma con su propia libertad. No le importa que todos los hombres sean libres”, dijo Alvaro Yunque cuando lo invitó a la URSS y Quiroga le contestó que prefería volverse a la selva.
Y eso hizo, con una segunda esposa treinta años más joven que él, que prefirió abandonarlo antes de enloquecer. Tampoco en la selva lo entendían: se burlaban del hermoso laberinto de bambúes que había hecho para su segunda esposa, con un jardín de orquídeas en el medio. Las cuadrillas que pasaban y lo veían deslomándose al sol le gritaban: “¿No tiene personal, patrón? ¡No le robe trabajo a los peones!”.
Supo adorar por igual a Tolstoi y a Dostoievski, a Jack London y a Thoreau, a Maupassant y a Baudelaire (“ebanistas capaces de sacar de un solo golpe de garlopa trece rizos de viruta”). Hablaba como si siempre tuviera fiebre y padeció frío hasta en la selva misionera.
En la última carta a sus hijos les dijo: “Busco lo que casi nunca se encuentra. Soy capaz de romper un corazón por ver lo que tiene adentro, a trueque de matarme yo mismo sobre los restos de ese corazón”. Martínez Estrada escribió después de su muerte: “Con él aprendimos a contar en serio”, y si miramos la literatura desde acá, no hay manera de no estar de acuerdo.
Por: Juan Forn
Pagina 12 - 19 diciembre 2014
@irenevalmore Tiene que estar totalmente absorta en la lectura sabiendo que, a su derecha, Herodes emite a sus soldados la orden para matar a los niños menores de dos años y nacidos en Belén.
🌎 ¿Y LA POLÍTICA EXTERIOR ARGENTINA?
En la comisión de Relaciones Exteriores y Mercosur de @DiputadosAR, presidida por Juliana Santillán, seguimos esperando.
Desde marzo pedimos debatir varios temas importantes.
La respuesta oficial: “próximamente”.
“Próximamente”. Una fecha tan precisa como la política exterior del Gobierno.
El 30 de agosto desde las 22.00 llega a Canal 9 1976: Ecos de la Memoria, una serie documental que invita a mirar nuestra historia reciente con una perspectiva profunda, sensible y necesaria.
Porque recordar también es construir futuro.
@irenevalmore En el interior del Arquivo Catedralicio de Ourense, zona del inconcluso claustro gótico, dos monjas a la diestra con pergamino (antiguo testamento) y derecha libro (nuevo Testamento). Conocido por estudiosos y usuarios, manuel Gago acaba de divulgarlo @navoltadafolla
En la iglesia de Santiago (Agüero) he encontrado a esta mujer lectora, junto a las figuras de dos serios funcionarios que trabajan en un rollo.
¿Quién sería esa muchacha del siglo XII que inclina la cabeza, absorta e intrigada, sobre las páginas de qué libro?
#Agüero
Como hábil naturalista que es, Homero evoca y describe muchas veces las estaciones en la Odisea, si bien se abstiene de decir explícitamente en qué época del año sucede la acción principal. En todo caso, esas estaciones no son los cuatro contenedores casi estáticos de nuestro calendario, sino que eran sentidas como algo en constante tránsito, procesos donde confluían fenómenos naturales, la observación de los astros y la actividad humana, especialmente la agrícola.
Por ejemplo, si viviésemos en la Odisea, hoy, 15 de agosto, ¿en qué estación estaríamos? Para la lógica antigua seguiría siendo verano, pero una parte especial del verano que tiene también un pie en el otoño. Estaríamos, pues, en el tiempo llamado ὀπώρα (opóra). Lo traducimos por "otoño", pero en realidad se trata de una gradación: entre el final del verano y el comienzo de lo que sería nuestro otoño. Para ser más precisos, el período que media entre el orto helíaco de la estrella Sirio y el orto helíaco de Arcturo. Por eso a Sirio se la llamaba también oporinós aster, que de forma poco precisa se traduce a veces como "estrella del otoño", algo impropio. En realidad es la estrella que da comienzo al tiempo en que maduran los frutos. Opóra es, por tanto, un tiempo de maduración que culmina con su recogida. De ahí tenemos el verbo ὀπωρίζω ('oporizo' = 'recolectar).
Posteriormente, y también en griego actual, el término común para el otoño sería φθινόπωρον, phthinóporon: el final del tiempo de los frutos. El primer término proviene del verbo φθίνω, que significa 'menguar', 'declinar', 'consumirse' (y tiene que ver, por ej., con 'tisis'). Por tanto aquí ya encontramos esa idea de declive y abatimiento que puebla nuestro otoño. Pero el 'otoño' en la Odisea es más bien el viaje hacia el otoño, un proceso de maduración, con esos tonos a página antigua que se van insinuando en los días, como si el verano fuera volviéndose, sin remedio, un niño viejo.