La gente suele confundir la obediencia con el deseo.
No entienden que hay voluntades que se inclinan porque descubrieron algo más peligroso que el miedo: el placer de ceder el control sin que nadie tenga que pedirlo.
No me interesa que me admiren.
La admiración crea distancia.
Prefiero provocar esa extraña necesidad de volver a una conversación horas después para preguntarse por qué sigo ocupando espacio en la cabeza de alguien.