Éramos torpes, sí,
pero teníamos una manera rara de encajar.
Tu risa hacía hueco en mis costillas
y yo, por primera vez,
sentí que pertenecía a algún sitio.
Hoy ese sitio es ruina,
pero aún puedo señalar dónde estaba la puerta.
Normalicemos no sentir pena por quienes sabían exactamente dónde herirnos y lo hicieron igual. La empatía no es obligación cuando del otro lado hubo cero consideración.