Cuenta para divulgar la historia del Aucas, el ídolo quiteño. El que algún dia fue el más grande de Quito.⭐️1945⭐️1946⭐️1947⭐️1948⭐️1949⭐️1951⭐️1959⭐️1962⭐️2022
Dicen que todo empezó en febrero de 1945, casi en silencio. Aucas era apenas un nombre nuevo en una ciudad que ya tenía favoritos, jerarquías y pronósticos escritos de antemano. Pasaron solo seis meses.
Agosto llegó con su fútbol de barrio vuelto batalla seria. Nueve partidos marcarían el destino. Y en esos nueve partidos, Aucas no perdió ninguno. Ganó siete, empató dos. Invicto, como si la derrota no estuviera invitada a su historia.
Los números comenzaron a hablar solos: 26 goles a favor, apenas 10 en contra, una diferencia de +16 que no era casualidad, sino dominio. Sumó 25 puntos, dejando atrás al Gimnástico, el equipo llamado a ser campeón, que se quedó corto por dos.
Pero lo que ocurrió realmente fue una irrupción. Un equipo recién nacido que no entendía de tiempos largos ni de procesos prudentes. Jugó su primer campeonato… y lo ganó.
Desde entonces, Aucas dejó de ser un club nuevo. Se volvió un fenómeno.
Porque hay equipos que crecen con los años. Y hay otros que, como aquel de 1945, nacen ganando.
RECONOCER LOS TÍTULOS AMATEUR ES HACER JUSTICIA HISTÓRICA
La historia del fútbol ecuatoriano no puede seguir siendo reinterpretada desde parámetros modernos que desconocen la estructura real bajo la cual se disputaron sus primeras grandes competiciones. Negar el valor oficial de los títulos obtenidos durante la era amateur no solo constituye una omisión histórica, sino una distorsión profunda de la verdadera genealogía competitiva del fútbol nacional.
Antes de la aparición del profesionalismo provincial y mucho antes de la fundación del Campeonato Nacional en 1957, el fútbol de primera categoría se desarrollaba en un contexto donde el amateurismo representaba la máxima competencia existente. No había una categoría superior. No existía una liga profesional paralela que relegara aquellos torneos a una condición secundaria. Eran, en términos institucionales y deportivos, los campeonatos oficiales de mayor jerarquía disponibles en su tiempo.
Por ello, sostener que esos títulos carecen hoy de validez plena bajo el argumento de que pertenecen a una etapa “amateur” refleja una lectura anacrónica e intelectualmente insostenible. La oficialidad de un campeonato no depende de estándares posteriores, sino del marco competitivo y organizativo vigente al momento de su disputa.
Los clubes que conquistaron campeonatos en aquella época fueron campeones oficiales de primera categoría bajo las únicas estructuras reconocidas entonces. Reducir esos logros por la posterior profesionalización del deporte implicaría falsear el pasado y desconocer décadas enteras de esfuerzo, organización y supremacía deportiva.
La profesionalización del fútbol ecuatoriano no anuló el amateurismo; lo reemplazó como evolución institucional. Y toda evolución histórica seria reconoce sus etapas previas como parte integral de su desarrollo.
Desconocer esos campeonatos equivale, en esencia, a borrar capítulos fundacionales de clubes, aficiones y regiones enteras. También supone una peligrosa manipulación estadística que favorece lecturas contemporáneas interesadas sobre la grandeza histórica de determinadas instituciones.
Reconocer los títulos amateur no es un gesto romántico ni una concesión simbólica. Es una obligación histórica, documental y deportiva.
Porque cuando el amateurismo era la máxima categoría posible, ganar significaba exactamente lo mismo que significa hoy: ser campeón.
Y la historia, por rigurosa que deba ser, no puede permitirse amputar a sus propios campeones.
3 de octubre de 2010. Ibarra.
Hay fechas que no pertenecen a los calendarios. Pertenecen a la memoria de los pueblos.
Aquella tarde, más de quince mil almas vestidas de amarillo y rojo subieron hasta Ibarra como antiguas caravanas que peregrinaban hacia un santuario. No iban simplemente a ver un partido de Segunda Categoría. Iban a buscar el regreso de una nación futbolera que llevaba años exiliada.
Aucas no era un club cualquiera. Era un viejo reino caído.
Había conocido la gloria, las multitudes, las tardes infinitas del Atahualpa, el arbolito, y ahora sobrevivía en las canchas polvorientas del ascenso, cargando sobre sus hombros el peso de una historia demasiado grande para esa categoría.
Dicen que los grandes imperios no mueren cuando pierden una batalla, sino cuando su gente deja de creer. Pero ese día ocurrió exactamente lo contrario. Más de quince mil personas demostraron que un equipo podía estar en el fondo de la pirámide y seguir convocando a una multitud digna de una final nacional.
Durante ochenta y cinco minutos el tiempo pareció detenerse.
El empate clasificaba a Aucas. El sueño estaba al alcance de la mano. Los hinchas miraban el reloj una y otra vez, como quien observa el horizonte esperando el regreso de un barco perdido.
Entonces llegó el minuto 86.
Un balón. Un descuido. Un disparo.
Y Marlon Rodríguez escribió una de esas líneas que el fútbol reserva para las tragedias. Silencio.
No el silencio de un estadio vacío, sino el de quince mil corazones rompiéndose al mismo tiempo.
La historia oficial dirá que Valle del Chota ganó 1-0 y que Aucas terminó el hexagonal con 23 puntos, dos menos que su rival. Las estadísticas siempre son cruelmente insuficientes.
Lo que realmente ocurrió fue otra cosa.
Aquella tarde nació una leyenda.
Porque los equipos pequeños se desintegran después de un golpe así. Las instituciones comunes desaparecen. Las hinchadas ocasionales buscan otro refugio.
Aucas, en cambio, sobrevivió.
Sobrevivió a las lágrimas de los niños que preguntaban por qué el equipo de sus padres nunca podía volver. Sobrevivió a los hombres adultos que salieron del estadio sin decir una palabra. Sobrevivió a la burla de quienes creían que un gigante podía quedarse para siempre de rodillas.
Quizá por eso el campeonato obtenido doce años después, en 2022, tuvo un significado distinto. No fue solamente un título.
Fue la respuesta que tardó doce años en escribirse.
Fue la revancha de aquellos más de quince mil peregrinos que, un octubre de 2010, llenaron un estadio en Ibarra en Segunda Categoría para demostrar que el amor no entiende de divisiones.
Porque los clubes nacen de una escritura pública.
Las leyendas, en cambio, nacen de tardes como aquella.
Y si algún día alguien pregunta por qué Aucas tiene una de las hinchadas más fieles y numerosas del Ecuador, habrá que contarle esta historia: la de un equipo que perdió a cuatro minutos de la gloria… y aun así jamás dejó de ser "ídolo", el ídolo de Quito.
3 de octubre de 2010. Ibarra.
Hay fechas que no pertenecen a los calendarios. Pertenecen a la memoria de los pueblos.
Aquella tarde, más de quince mil almas vestidas de amarillo y rojo subieron hasta Ibarra como antiguas caravanas que peregrinaban hacia un santuario. No iban simplemente a ver un partido de Segunda Categoría. Iban a buscar el regreso de una nación futbolera que llevaba años exiliada.
Aucas no era un club cualquiera. Era un viejo reino caído.
Había conocido la gloria, las multitudes, las tardes infinitas del Atahualpa, el arbolito, y ahora sobrevivía en las canchas polvorientas del ascenso, cargando sobre sus hombros el peso de una historia demasiado grande para esa categoría.
Dicen que los grandes imperios no mueren cuando pierden una batalla, sino cuando su gente deja de creer. Pero ese día ocurrió exactamente lo contrario. Más de quince mil personas demostraron que un equipo podía estar en el fondo de la pirámide y seguir convocando a una multitud digna de una final nacional.
Durante ochenta y cinco minutos el tiempo pareció detenerse.
El empate clasificaba a Aucas. El sueño estaba al alcance de la mano. Los hinchas miraban el reloj una y otra vez, como quien observa el horizonte esperando el regreso de un barco perdido.
Entonces llegó el minuto 86.
Un balón. Un descuido. Un disparo.
Y Marlon Rodríguez escribió una de esas líneas que el fútbol reserva para las tragedias. Silencio.
No el silencio de un estadio vacío, sino el de quince mil corazones rompiéndose al mismo tiempo.
La historia oficial dirá que Valle del Chota ganó 1-0 y que Aucas terminó el hexagonal con 23 puntos, dos menos que su rival. Las estadísticas siempre son cruelmente insuficientes.
Lo que realmente ocurrió fue otra cosa.
Aquella tarde nació una leyenda.
Porque los equipos pequeños se desintegran después de un golpe así. Las instituciones comunes desaparecen. Las hinchadas ocasionales buscan otro refugio.
Aucas, en cambio, sobrevivió.
Sobrevivió a las lágrimas de los niños que preguntaban por qué el equipo de sus padres nunca podía volver. Sobrevivió a los hombres adultos que salieron del estadio sin decir una palabra. Sobrevivió a la burla de quienes creían que un gigante podía quedarse para siempre de rodillas.
Quizá por eso el campeonato obtenido doce años después, en 2022, tuvo un significado distinto. No fue solamente un título.
Fue la respuesta que tardó doce años en escribirse.
Fue la revancha de aquellos más de quince mil peregrinos que, un octubre de 2010, llenaron un estadio en Ibarra en Segunda Categoría para demostrar que el amor no entiende de divisiones.
Porque los clubes nacen de una escritura pública.
Las leyendas, en cambio, nacen de tardes como aquella.
Y si algún día alguien pregunta por qué Aucas tiene una de las hinchadas más fieles y numerosas del Ecuador, habrá que contarle esta historia: la de un equipo que perdió a cuatro minutos de la gloria… y aun así jamás dejó de ser "ídolo", el ídolo de Quito.
20 de marzo de 1960, el rey Pelé se enfrentaba al equipo más popular e importante de la época en Quito, el Aucas.
La cuenta oficial del @SantosFC lo recuerda.
Há 58 anos, o 👑 @Pele era substituído na partida amistosa, em Quito, no Equador, na goleada do Peixe por 6x2, na equipe do Aucas. O detalhe é: após a substituição, a torcida pediu que o Rei voltasse ao gramado e minutos depois ele substituiu outro jogador 🤣 #MemóriaSFC
1992. Santos González defendiendo la camiseta del “Ídolo de la Capital”, el Aucas.
Aquella tarde en el Gonzalo Pozo fue el primer superclásico entre Aucas y Liga disputado en la Caldera del Sur, con 16.000 almas empujando desde las gradas y con un viejo anhelo atravesando el aire quiteño.
El club oro y grana volvió a hacerle tres goles a su eterno rival después de 16 largos años. La última vez había sido el 24 de mayo de 1976. Desde entonces, una generación entera de auquistas había esperado volver a gritar una goleada así.
Y allí estaba Santos. Corriendo, luchando, dejando el alma en cada pelota, como esos futbolistas que no solo juegan, sino que terminan formando parte de la memoria afectiva de un club.
El marcador diría simplemente 3-0. Pero quienes estuvieron ahí saben que aquella victoria fue el regreso de una alegría que parecía perdida en el tiempo.
Hoy que Santos ha partido, esa imagen vuelve a cobrar vida. Porque los ídolos no se marchan del todo; se quedan habitando las tribunas, las fotografías amarillentas y las historias que los hinchas cuentan una y otra vez.
Buen viaje, crack. Que vueles tan alto como aquella tarde en que hiciste historia vestido de oro y grana. 🕊️💛❤️
9 de mayo de 1994. Como nunca los hinchas del Aucas salieron de su estadio convertidos en una sola garganta. Ante las goleadas más significativas propinadas por Barcelona, el cuadro oriental firmó una presentación que mezcló contundencia, juventud y espectáculo. No exageró quien estuvo en las gradas al afirmar que fue una de esas tardes en que el fútbol se vuelve celebración inolvidable.
Aucas ganó ampliamente porque jugó con inteligencia, agresividad y una sorprendente madurez ofensiva. Desde el inicio impuso condiciones, anuló cualquier intento de reacción del conjunto guayaquileño y transformó cada avance en amenaza seria. El dominio fue claro, sostenido y ejecutado con una precisión que convirtió al rival en espectador incómodo.
En Barcelona @BarcelonaSC simplemente no hubo respuestas. Sus líneas se fracturaron ante la velocidad oriental, mientras el mediocampo perdía control y la defensa cedía ante el empuje constante de un Aucas inspirado. Los errores se multiplicaron y el desconcierto se hizo evidente frente a un adversario que parecía encontrar espacios con una facilidad devastadora.
El primer golpe llegó para instalar confianza, pero también para anunciar que aquella jornada no sería común. Luego apareció el segundo, consolidando la superioridad y encendiendo aún más a una hinchada que entendía que estaba presenciando una tarde memorable. Finalmente, el tercero cayó como sentencia definitiva, rubricando una goleada que no dejó espacio para discusión.
La gran figura emergente fue Omar de Jesús Borja. Apenas un juvenil, pero con despliegue, valentía y calidad suficientes para irrumpir como símbolo del futuro oriental. Su actuación no solo fortaleció el ataque, sino que confirmó la aparición de una promesa capaz de entusiasmar a la parcialidad auquista.
La multitud respondió con entusiasmo desbordado. Cada jugada ofensiva era celebrada como un acto de reafirmación colectiva, y cada gol elevaba aún más el tono festivo en las tribunas. Fue una de esas tardes donde el equipo no solo gana, sino que seduce, emociona y fortalece el vínculo con su pueblo.
Así, Aucas derrotó al otrora poderoso Barcelona con autoridad absoluta. No fue únicamente una victoria amplia en el marcador, sino una exhibición de carácter y jerarquía que dejó claro que, cuando el cuadro "ídolo de Quito" encuentra inspiración, puede convertir cualquier partido en una página gloriosa para su historia.
1991. Ese año, Aucas consiguió el ascenso a la Serie A. La imagen retrata su estadio en aquel momento, cuando todavía no contaba con el graderío de las generales.
En 1994, el club intentó avanzar en la construcción para completar el anillo del estadio mediante nuevos graderíos. Sin embargo, el proyecto solo llegó hasta la mitad, dejando una estructura inconclusa que reflejaba tanto la ambición de crecimiento como las limitaciones económicas de la época.
La diferencia es que el Quito estando en segunda no puede ganarla para ascender y esa es LA TERCERA CATEGORÍA del fútbol ecuatoriano. El Aucas en cambio, ganó los títulos amateur porque eso era lo que había en esa época y en la categoría máxima. Ganó todo lo que le pusieron y varias veces. No podía ganarla algo más porque no existía nada mejor. Se entiende?
9 de mayo de 1994. Como nunca los hinchas del Aucas salieron de su estadio convertidos en una sola garganta. Ante las goleadas más significativas propinadas por Barcelona, el cuadro oriental firmó una presentación que mezcló contundencia, juventud y espectáculo. No exageró quien estuvo en las gradas al afirmar que fue una de esas tardes en que el fútbol se vuelve celebración inolvidable.
Aucas ganó ampliamente porque jugó con inteligencia, agresividad y una sorprendente madurez ofensiva. Desde el inicio impuso condiciones, anuló cualquier intento de reacción del conjunto guayaquileño y transformó cada avance en amenaza seria. El dominio fue claro, sostenido y ejecutado con una precisión que convirtió al rival en espectador incómodo.
En Barcelona @BarcelonaSC simplemente no hubo respuestas. Sus líneas se fracturaron ante la velocidad oriental, mientras el mediocampo perdía control y la defensa cedía ante el empuje constante de un Aucas inspirado. Los errores se multiplicaron y el desconcierto se hizo evidente frente a un adversario que parecía encontrar espacios con una facilidad devastadora.
El primer golpe llegó para instalar confianza, pero también para anunciar que aquella jornada no sería común. Luego apareció el segundo, consolidando la superioridad y encendiendo aún más a una hinchada que entendía que estaba presenciando una tarde memorable. Finalmente, el tercero cayó como sentencia definitiva, rubricando una goleada que no dejó espacio para discusión.
La gran figura emergente fue Omar de Jesús Borja. Apenas un juvenil, pero con despliegue, valentía y calidad suficientes para irrumpir como símbolo del futuro oriental. Su actuación no solo fortaleció el ataque, sino que confirmó la aparición de una promesa capaz de entusiasmar a la parcialidad auquista.
La multitud respondió con entusiasmo desbordado. Cada jugada ofensiva era celebrada como un acto de reafirmación colectiva, y cada gol elevaba aún más el tono festivo en las tribunas. Fue una de esas tardes donde el equipo no solo gana, sino que seduce, emociona y fortalece el vínculo con su pueblo.
Así, Aucas derrotó al otrora poderoso Barcelona con autoridad absoluta. No fue únicamente una victoria amplia en el marcador, sino una exhibición de carácter y jerarquía que dejó claro que, cuando el cuadro "ídolo de Quito" encuentra inspiración, puede convertir cualquier partido en una página gloriosa para su historia.
El Aucas fue el equipo más rico y poderoso del Ecuador en su época, por eso muchos lo llamaban el equipo “millonario”.
Fue creado gracias a la empresa Shell, una de las compañías petroleras más grandes del mundo. De hecho, inicialmente el club iba a llamarse Deportivo Shell. Su fundador fue Marius J. Federicus Hullswitt, quien era el gerente general de Shell en Ecuador.(en la foto)
La Shell no solo fundó al club, sino que financió todo su proyecto. Los jugadores fueron contratados como empleados de la empresa, recibían sueldo y podían dedicarse casi exclusivamente a jugar fútbol, algo extremadamente raro en los años 40, cuando la mayoría de futbolistas no cobraban porque el fútbol era amateur.
Además:
La Shell le dio al club sus colores amarillo y rojo.
Era el único equipo que viajaba en avión.
Tenía a los mejores jugadores del país.
Muchos de sus futbolistas eran la base de la selección ecuatoriana y de Pichincha.
Tenía tanto dinero que incluso ayudaba a jugadores de otros equipos cuando se lesionaban.
Compró y donó las primeras ambulancias de Quito.
Gracias a ese enorme poder económico, organización y talento, el Aucas dominó completamente su era, logrando seis campeonatos casi consecutivos en el torneo provincial, que en ese tiempo era la máxima competencia oficial del fútbol ecuatoriano.
En palabras simples: Aucas fue una especie de “superclub” adelantado a su tiempo, con recursos, infraestructura y profesionalismo que ningún otro equipo ecuatoriano tenía. Por eso logró convertirse en un fenómeno popular y deportivo sin precedentes.
Lo de "popular" se refiere no a ser un equipo "pobre", sino que, desde los años 40, llegó a ser el equipo MÁS popular de Quito, es decir el de mayor hinchada de la ciudad.
Luego que se fue la Shell, fue campeón provincial 3 veces más: 1951, 1959 y 1962 pero se acabó el aporte económico y tuvo, como la mayoría de clubes del Ecuador, problemas económicos.
RECONOCER LOS TÍTULOS AMATEUR ES HACER JUSTICIA HISTÓRICA
La historia del fútbol ecuatoriano no puede seguir siendo reinterpretada desde parámetros modernos que desconocen la estructura real bajo la cual se disputaron sus primeras grandes competiciones. Negar el valor oficial de los títulos obtenidos durante la era amateur no solo constituye una omisión histórica, sino una distorsión profunda de la verdadera genealogía competitiva del fútbol nacional.
Antes de la aparición del profesionalismo provincial y mucho antes de la fundación del Campeonato Nacional en 1957, el fútbol de primera categoría se desarrollaba en un contexto donde el amateurismo representaba la máxima competencia existente. No había una categoría superior. No existía una liga profesional paralela que relegara aquellos torneos a una condición secundaria. Eran, en términos institucionales y deportivos, los campeonatos oficiales de mayor jerarquía disponibles en su tiempo.
Por ello, sostener que esos títulos carecen hoy de validez plena bajo el argumento de que pertenecen a una etapa “amateur” refleja una lectura anacrónica e intelectualmente insostenible. La oficialidad de un campeonato no depende de estándares posteriores, sino del marco competitivo y organizativo vigente al momento de su disputa.
Los clubes que conquistaron campeonatos en aquella época fueron campeones oficiales de primera categoría bajo las únicas estructuras reconocidas entonces. Reducir esos logros por la posterior profesionalización del deporte implicaría falsear el pasado y desconocer décadas enteras de esfuerzo, organización y supremacía deportiva.
La profesionalización del fútbol ecuatoriano no anuló el amateurismo; lo reemplazó como evolución institucional. Y toda evolución histórica seria reconoce sus etapas previas como parte integral de su desarrollo.
Desconocer esos campeonatos equivale, en esencia, a borrar capítulos fundacionales de clubes, aficiones y regiones enteras. También supone una peligrosa manipulación estadística que favorece lecturas contemporáneas interesadas sobre la grandeza histórica de determinadas instituciones.
Reconocer los títulos amateur no es un gesto romántico ni una concesión simbólica. Es una obligación histórica, documental y deportiva.
Porque cuando el amateurismo era la máxima categoría posible, ganar significaba exactamente lo mismo que significa hoy: ser campeón.
Y la historia, por rigurosa que deba ser, no puede permitirse amputar a sus propios campeones.
He visto cuando LDU estaba por debajo de Él Nacional, Barcelona y Emelec, cuando yo era niño era impensado que LDU los iba a pasar en títulos y ni que hablar de ganar torneos internacionales. Son casi 30 años de fantásticos momentos que han hecho de LDU el mejor del 🇪🇨
1987. Fue una tarde escrita no con tinta, sino con el temblor de una multitud. El Olímpico Atahualpa dejó de ser estadio para convertirse en territorio ceremonial de un pueblo desbordado, donde el oro y grana se confundían con el pulso mismo de Quito. Más de veintiún mil almas pagaron boleto, pero fueron muchas más las que llevaron en el pecho la convicción de estar asistiendo a una de esas jornadas que no se observan, sino que se heredan.
El Nacional golpeó primero, como suelen hacerlo los gigantes que creen tener domesticada la historia. Pero Aucas, ese viejo ídolo forjado en la obstinación popular, respondió con la dignidad de quien jamás acepta el papel de derrotado. Contreras encendió la esperanza, y entonces el partido dejó de ser simplemente fútbol para transformarse en una rebelión emocional. Cada avance oriental era una embestida contra la lógica, cada grito una descarga contra el gris orden establecido.
Y llegó el minuto final. Cuando el reloj parecía resignado al empate, apareció Berrueta, convertido no en jugador, sino en profeta del delirio. Su gol no solo venció al arquero rival; quebró la estructura emocional de toda una ciudad. El cemento tembló. Las tribunas se desbordaron. El sur de Quito, el norte, las laderas y los barrios enteros parecieron fundirse en una sola garganta.
Pero la verdadera dimensión de aquella hazaña comenzó después del silbatazo. Porque Berrueta no salió simplemente del estadio. Fue arrancado del césped por un océano humano vestido de aurigrana. Miles de hinchas lo elevaron en hombros como se alza a los héroes de las epopeyas antiguas, y lo condujeron por la Avenida Naciones Unidas en una procesión interminable de fervor, cánticos y gloria. La ciudad moderna, con su concreto indiferente, fue sometida por una marea popular que convirtió sus avenidas en ríos de pasión. No hubo vehículo, protocolo ni distancia que separara al ídolo de su pueblo. Desde el Atahualpa hasta su hogar, Berrueta avanzó sostenido por brazos anónimos, llevado por una hinchada que esa noche no celebró solamente una victoria, sino una conquista simbólica sobre la memoria misma de Quito.
Fue la marcha triunfal de un pueblo que, por unas horas, hizo de su ídolo una extensión de su propia esperanza. Porque aquella noche Aucas no ganó solo un partido. Ganó una ciudad, una avenida, y un capítulo imborrable en la liturgia del fútbol ecuatoriano. Berrueta volvió a casa sobre los hombros de su gente, pero en realidad entró para siempre en la mitología de una hinchada que convirtió su nombre en leyenda.
@Xavier87906470 No, no es taquilla, es el dinero que recibieron. En la época recibía más quien tenía más puntos, por eso Liga, que fue el campeón de 1958, recibió más.
No, tú eres quien está haciendo esa afirmación, así que te toca demostrar que es verdad.
Pero dejemos claro algo de una vez. ¿Qué era el Aucas en 1950 y por qué ya en ese momento tenía tantos hinchas?
Para ese tiempo, el Aucas ya era un gigante del fútbol ecuatoriano. Había sido campeón cinco veces seguidas y entre 1945 y 1947 nadie pudo vencerlo. Incluso en 1946 salió campeón invicto, sin perder ni empatar un solo partido.
En 1948, Aucas era tan dominante que prácticamente todo el equipo titular de la selección de Pichincha estaba formado por jugadores suyos. Esa selección fue campeona nacional invicta.
Además, Aucas tenía mucho dinero, era el club más fuerte económicamente del país y varios de sus jugadores también eran parte importante de la selección ecuatoriana.
No era un equipo cualquiera. Era el club más poderoso y exitoso del Ecuador, llamado incluso a representar al país en torneos internacionales amistosos. Por eso tenía tantos seguidores.
En 1959, el Aucas produjo un fenómeno social al quedar campeón profesional de Pichincha de tal magnitud que fue celebrado en todos los barrios de Quito. En Quito eso no hubo sino hasta la clasificación de la selección al mundial en 2001 y cuando Liga ganó la Copa Libertadores.
Desde 1959 a 1987 habían pasado 28 años. Los niños de 5 años que fueron testigos de ese festejo, tenían 33 años.