El hecho de que este gorila muestre su bebé a las personas, demuestra que los animales pueden percibir los sentimientos humanos y compararlos con su propio estado mental. Las interacciones amables sacan lo mejor de ellos.
Cuba, década del 80. Tres bolsas distintivas del comercio en moneda convertibe, al que solo tenían acceso los técnicos extranjeros, diplomáticos, turistas y la comunidad de exiliados. Tres bolsas que marcaron el apartheid y la discriminación del régimen cubano hacia sus ciudadanos. Aunque te parezca increíble, los cubanos no podían acceder a estas tiendas, incluso si tenías el dinero. Tenías que dárselo a un extranjero para que te hiciera la compra.
En las afueras de los establecimientos, como seres discriminados y apestados, se paraba el cubano a esperar por la transacción y los productos solicitados. Muchas veces, incrustando la cara contra el cristal de la vidriera, uno señalaba con el dedo qué artículo quería, haciendo mil malabares para que tu amigo el extranjero diera en el clavo y no se equivocara en la compra.
Así siguió ocurriendo durante buena parte de los 90. En esa época, cuando el hambre se hizo presente en toda Cuba a toda hora, yo cursaba la parte final de mis estudios universitarios. Mi padre, por suerte, trabajaba en ese entonces cuidando los baños del cabaret Tropicana, donde los turistas borrachos, contentos o agradecidos siempre dejaban propina, que iba desde monedas en pesos convertibles hasta el buscadísimo y siempre bienvenido dólar americano. Noche por noche, mi padre lograba recaudar entre cinco y ocho dólares. Una fortuna para nosotros.
Como escaseaba la comida, recurría a mi novia de ese entonces, oriunda de un pueblo llamado Sandino, camino a Bahía Honda, en Pinar del Río. Ella iba para su beca una semana en La Habana con apenas tres pesos cubanos, ese que tenía la imagen desagradable del Che, de color rojizo. Su familia cosechaba viandas, arroz y otros productos. Mi padre conseguía, con los extranjeros del baño, cuchillas de afeitar, jabón de tocador, jabón de lavar, alguna crema hidratante. El trueque estaba listo. Una lata de boniatos o yuca, un poco de arroz por productos de aseo.
Cuando llegó el momento de mi graduación, en junio de 1993, ya mi padre había ahorrado unos kilitos para mí y mi novia, pues su familia apenas podía aportar. En esa época, no sé cómo ni por qué, había un grupo de profesores norteamericanos haciendo prácticas en la Universidad. Hice amistad con dos de ellos, específicamente. Una mujer, llamada Danielle. Y el otro, un hombre, cuyo nombre ahora se me escapa. Fue precisamente él quien me ayudó con la compra de la ropa de la graduación porque a mí no me permitían hacerlo. Tenía el dinero, era legal, pero como cubano al fin, pisoteado y humillado, no podía entrar a la tienda.
Este profesor estaba viviendo en el edificio FOCSA, un lugar emblemático en la capital cubana. Quedamos un sábado para hacer la operación. Llegamos, subimos y allá arriba, en uno de los últimos pisos, nos enteramos de que al profesor se le había quedado la llave dentro del apartamento. La única forma era esperar varias horas por un cerrajero o, y todavía me da escalofrío recordarlo, que yo saliera por un pequeño alero, gateara con cuidado, llegara a uno de los ventanales, retirara una o varias de las piezas rectangulares de cristal que conformaban el diseño, entrara por ese pequeño espacio que daba a la cocina, me repusiera y abriera la puerta.
No sé qué me dio por hacer esa locura, quizás las ganas de ver mi ropa nueva, de sentirme decente y limpio. Salí al alero y mi botón suicida decidió que era buena idea mirar hacia abajo. La calle me quedaba a miles de kilómetros en mi cerebro y un viento leve me trajo de nuevo a la realidad. Sintiéndome endeble en aquella posición, se me erizó la piel, comencé a gatear lo más rápido posible, llegué a las piezas de cristal, quité tres con apuro y casi me lancé. El resultado: un poco de sangre en las manos cuando forcé el vidrio para sacarlo de su posición. Y un susto del carajo que todavía retumba cuando hago el cuento.
Recuperado de todo, salimos hacia la tienda Caracol, del hotel Habana Hilton, ya renombrado desde hacía años con el nombre más irónico que pudiera pensarse: Habana Libre. Le di instrucciones específicas al profesor. Teníamos 90 dólares. Me sentía millonario. Una moda de ropa para mí, una para mi novia, dos pares de zapatos. ¿Alguien puede imaginarse cuán bochornoso es tener que pedir semejante favor y, encima, ni siquiera poder ver lo que alguien va a escoger por ti cuando ese dinero es tuyo? Cagarse en la madre de Fidel Castro no sería suficiente nunca. Resumiendo: misión cumplida. Teníamos nuestra ropa de graduación. Y durante algunos años más, como en la foto, las preciadas y codiciadas jabitas de nylon de las tiendas Intur, que se usaban, se lavaban, se colgaban, se secaban y luego volvían a repetir el ciclo. ¿Qué te parece? Y todavía hay muchos cubanos que dicen sentir nostalgia por la década del 80 y del 90. ¿En serio? Lo que me lleva a pensar en un nuevo uso para estas jabitas que les calle la boca. ¿Me copian?