Nuestro prota ahora se acostará con otra gilf, y por lo visto también lo hará con la futura esposa de soldado.
Este prota es un loquillo.
Traducido por su servidor.
Animador: @japs8005
No soy tonta. En las reuniones familiares veo c��mo se les van los ojos viéndome a mis tíos y a mis primos. Me desean. Fantasean con lo que me harían. Sé que algunos hasta me sacan fotos de la cola cuando estoy desprevenida para luego jalársela viéndome.
No soy ninguna santa. Tengo que confesar que sentirme así de deseada me calienta demasiado. De solo imaginar lo que les gustaría hacerme y cómo quisieran poseerme se me mojan las braguitas.
Uno de mis primos se casaba y le hicimos una despedida. Él ya estaba ebrio. Yo andaba un vestido cortito. Sí, me lo puse para ser el centro de atención ese día y porque la verdad él es lindo y me gusta cuando me mira. Quería provocarlo, pero jamás pensé que ese día se atrevería a tanto.
Simplemente charlábamos con toda la familia. Me levanté y fui a la cocina a servirme un vaso con agua. Él me siguió. Dijo que iba a traer algo para comer. No lo vi mal. Pero ya en la cocina se acercó por detrás, me tomó de las caderas con fuerza, se arrimó y me apretó su verga contra el culito. La tela del vestido era fina y solo andaba un hilo, así que la sentí completa, gorda y palpitando en mis nalgas.
—Vamos, prima, déjame probarte antes de casarme —me dijo, con su aliento caliente en mi cuello—. No sabes cuánto te deseo y lo que voy a disfrutar comerme este culote tuyo.
Siguió y empujó la verga como si fuera a penetrarme, clavándola en medio de mis nalgas.
No sé qué fuerza se apoderó de mí, pero que me tomara así me encendió. Me gusta sentirme poseída por un macho y él sin saberlo acababa de hacerlo. La verdad quería coger esa noche y él también se me antojaba. Disfruté el último momento de su verga en mis nalgas; total, en un rato planeaba tenerla adentro. Me giré y lo besé. Nuestras lenguas se encontraron rápido. Él quería seguir, pero lo alejé. No era el lugar.
—Te espero en una hora en mi apartamento —le respondí, mirándolo fijo a los ojos.
—No te vas a arrepentir —dijo, y con las dos manos me tomó las tetas, las apretó con fuerza desmedida y me pasó la lengua por el cuello. Me estremecí.
Salí rápido de la fiesta con una excusa cualquiera y esperé en casa. A los cuarenta y cinco minutos me llamó: estaba afuera. Salí a recibirlo. No hubo charla previa ni pensamos en consecuencias. Su prometida me cae muy bien y es linda, pero no era momento de pensar en ella. Solo queríamos quitarnos las ganas.
En mi habitación me besó desesperado. Su verga venía dura desde que se bajó del auto. Salté sobre él y le abracé el torso con las piernas. Me sostuvo de las nalgas y de tanto en tanto me azotaba. Me bajó el vestido y me lamió las tetas. Luego me tocó a mí darle placer, así que decidí liberar la verga que hacía menos de una hora había tenido entre las nalgas. La saqué, la lamí, la chupé, la mordisqueé suave, le chupé los huevos. Cuando ya estaba desesperado me levantó, me besó, me giró y me puso de perrito. Me saqué el vestido por encima de la cabeza y paré la cola para que se quitara las ganas que me traía, abriéndome y entregándome a lo que quisiera hacerme. Me dio tanto y tan duro como no pensé que aguantaría estando tan ebrio. Yo solo alcancé a gemir y a pedirle más mientras disfrutaba y deseaba haber hecho esto antes.
Se corrió dentro. Nos dormimos, pero en la madrugada echamos un par de polvos más, igual o más pervertidos y deliciosos que el primero.
Él se casó. Cuando los felicitaba a él y a su esposa en la boda, solo nos mirábamos con complicidad, sabiendo que una semana antes sus bolas chocaban en mis nalgas mientras yo le gemía, totalmente entregada.
No era el plan, pero que ahora estuviera recién casado no nos impidió seguir cogiendo.