PROGRESISTA. La desnutrición cognitiva y la intoxicación ideológica, elementos implantados por los gobernantes para mantenerse en el poder. , SÍGUEME Y TE SIGO.
Recibí una invitación, en mi calidad de magistrada del Consejo Nacional Electoral, para participar en el “Festival de las Ideas”, una iniciativa del Grupo PRISA, El País y AS, con la que se busca “reconstruir, repensar y reimaginar el país que viene”.
Al revisar la agenda del evento, no puedo más que lamentar que el evento encierre una profunda contradicción que revela la naturaleza antidemocrática de un espacio en el que quienes están llamados a criticar el poder de turno se convierten en sus aduladores, excluyendo las voces y pensamientos que disienten de la ortodoxia que se quiere imponer desde el nuevo gobierno.
La consecuencia es que la llamada “reconstrucción” no sea nada distinto a la puesta en marcha de una agenda con la que se quiere desmantelar el gran avance que se consiguió durante los últimos cuatro años de gobierno progresista en materia de goce efectivo de derechos para la población más vulnerable del país.
Lo que llaman “repensar” no es otra cosa que volver sobre viejas y caducas ideas de una minoría reaccionaria que se niega a avanzar hacia la modernidad, hacia la justicia social y hacia un desarrollo humano integral que nos permita ser una sociedad de libertades reales y universales, y no de privilegios reservados a una pequeña oligarquia. Y el “reimaginar” se restringe a persistir en la misma visión obtusa de nación que nos ha condenado a un subdesarrollo vergonzoso.
Lo más grave es el desconocimiento y la violencia simbólica que se ejerce al invitar como panelistas solamente a un sector político, relegando a la participación como mero espectador de ”las ideas” a quienes representamos la instituciónalidad pero desde otro sector político al que pertenezco, y que, lejos de ser una minoría, representa a la mayoría de la sociedad civil colombiana.
Todo, en medio de una marcada conveniencia a una apuesta política que amenaza con destruir las instituciones republicanas a punta de injerencias extranjeras y manipulaciones de masas, y que han conquistado el poder con apoyo de quienes disfrazan sus intereses de dominación bajo el manto de la libertad de prensa.
En lo personal, no me gustan las farsas ni los mercaderes que construyen fachadas de moralidad para aleccionar. Por eso, me rehúso a participar como florero en una mascarada que no tiene otro fin que legitimar, al calor de los cócteles y de las poses de ilustrados demócratas, la construcción de un proyecto de país en el que no caben el disenso, el pensamiento crítico, el pluralismo real ni la representación de todos los sectores que conforman nuestra nación.
Mi investidura como magistrada del CNE no me permite esas complacencias, ya que la esencia misma de la vigilancia del proceso electoral y el cumplimiento de las reglas democráticas por parte de los partidos, esta llamada a contribuir en la garantía del ejercicio efectivo de los derechos políticos, el pluralismo y la participación democrática, y a que los procesos electorales se desarrollen con plenas garantías para que el poder pertenezca y esté al servicio de la ciudadanía.
Seguirán como María Antonieta y Luis XVI, creyendo, en medio de sus fiestas, banquetes y aburridas conversaciones de cortesanos, que la realidad se reduce a sus pequeños círculos encantados mientras el mundo arde a su alrededor. Ya sabemos cuál fue el desenlace de la historia.
Quizá por eso, en este 11 de septiembre, cuando conmemoramos el asesinato de Salvador Allende y el asalto al Palacio de La Moneda, resulta inevitable recordar que la democracia no se defiende únicamente con discursos, sino también con pluralismo, derechos, deliberación y límites efectivos al poder.
Pd: en cuanto al afamado Festival, ya entrados en gastos deberían titularlo “el Festival de las ideas de la derecha y la derecha extrema”
El país de las élites se cocina en estas fiestas que por error publican en redes. Vanessa de la Torre y Amparo Grisales aparecen en un video de Alicia Arango (exministra de Duque, ex secretaria privada de Uribe y jefa de debate de Vicky Dávila), cuya hija es hoy codirectora del Banco de la República.
En el fondo, vemos la "puerta giratoria" personificada: María Consuelo Araújo. Su carrera es el manual de la rosca: de MinCultura y Cancillería con Uribe a CEO de mineras trasnacionales, y de la Gerencia de Transmilenio con Peñalosa a la presidencia de la Cámara Colombiana de Infraestructura.
Son las "relaciones filiales" de una clase dominante que fortalece sus vínculos en espacios privados para luego tomar decisiones sistemáticamente en contra de las mayorías populares. Estas carreras no son producto del mérito, sino de un engranaje de influencias que buscan garantizar que el poder nunca cambie de manos mientras el pueblo paga las consecuencias.
Por eso les da tanta rabia que votemos por @IvanCepedaCast y @aida_quilcue el proximo 31 de mayo por el segundo tiempo del gobierno del @PactoHistorico
@ETB Llevo 5 días sin internet y no ha habido poder humano para poder solucionarlo, el servicio al cliente es terrible, no sé si lo hacen a propósito para acabar con la empresa.
No llamé a un boicot contra Arturo Calle ni contra Mario Hernández.
Expresé una opinión sobre la necesidad de orientar el consumo hacia otras marcas nacionales que hacen un trabajo serio, pero que aún no están consolidadas y necesitan que más colombianos y colombianas las conozcan y contribuyan a su desarrollo. Eso es consumo consciente.
No otra cosa.
Me llama profundamente la atención cómo quienes dicen defender al empresariado y la libre competencia se incomodan cuando se plantea un debate como este.
Lamento que se haya interpretado de otra manera y que haya quienes estén usando esto políticamente para justificar sus propios sesgos. No fue lo que dije ni lo que propuse.
Y hago una precisión: Arturo Calle ha tenido una actitud dialogante frente a los derechos laborales. Eso debería ser la regla, no la excepción, en el empresariado colombiano.
Distinto es el caso de Mario Hernández, quien no solo no tuvo una actitud dialogante, sino que además asumió una postura virulenta contra la Reforma Laboral. Optó por la descalificación, con comentarios misóginos y machistas, bastante previsibles en ciertos sectores aliados a la derecha. Con total apertura me reuní con él, pero prefirió salir a un medio de comunicación deformando completamente lo ocurrido en ese encuentro. Ese es el nivel de debate que algunos proponen.
Por otro lado, como ponente de la Reforma Laboral y en mi ejercicio legislativo, he demostrado no solo apertura para sentarme con todos los sectores, sino también capacidad de concertación con el empresariado. Incluso, en campaña, presenté propuestas concretas para beneficiarlo y fortalecerlo, con el objetivo de promover empleo de calidad.
Ahora bien, sobre el fondo:
Aunque lo que propuse no es un boicot, los boicots son una táctica democrática legítima. No hay nada que justificar ahí. Hacen parte de los repertorios de acción colectiva en sociedades abiertas. Yo misma los he utilizado, por ejemplo, en la campaña #NoAlGrupoAval para denunciar prácticas de corrupción. En ese momento, recibí ataques desproporcionados de funcionarios que aseguraban que estaba promoviendo un “pánico económico” que, por supuesto, nunca existió.
A nivel internacional, su eficacia está ampliamente documentada. El régimen de apartheid en Sudáfrica no habría caído sin un boicot internacional sostenido.
Y hoy, frente a la ocupación y la violencia contra el pueblo palestino, el movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) es un instrumento central de presión política global.
Esto no es un asunto moral abstracto. Es una discusión sobre poder.
El consumo no es una esfera neutral. Es un espacio de reproducción —o de disputa— de relaciones económicas y sociales. Plantear el consumo ético es, precisamente, politizar ese ámbito que muchas veces se presenta como privado para sustraerlo del debate público.
Y cuando hablamos de actores con poder económico relevante, dejamos de estar en el terreno estrictamente privado: entramos en el interés público. En ese plano, la libertad de expresión no solo aplica, sino que debe ser especialmente amplia, incluso cuando incomoda a quienes están acostumbrados a no ser cuestionados.
En definitiva, todos somos libres de consumir de acuerdo con lo que se alinee con nuestros valores y principios, y también con nuestras posibilidades.
Esa es la libertad que promovemos: una libertad real, respaldada por el crecimiento de los salarios, mejores condiciones laborales y una política pública que también fortalezca al empresariado.