Toda ideología que parte de la desconfianza hacia el individuo termina concentrando poder en una élite.
La libertad distribuye decisiones.
El colectivismo distribuye obediencia.
En ajedrez la situación de Jaque (al Rey) hace que obligatoriamente se tenga que eliminar o interceptar la posición de la pieza que lo genera. O moverse si es que hay posibilidad. En otros escenarios hay jaques de diferentes jerarquías, pero la situación es la misma.
Cristo nos enseñó que cuando la misión es más grande que los hombres, no se actúa por impulso sino por propósito.
Él avanzó conociendo cada corazón en esa mesa y el papel de cada uno en la Historia.
Y el resto fue inevitable.
Agregaría que la economía es dinámica y puede haber etapas de crecimiento, auge, depresión, recesión.
Pero los valores morales son constantes. No hay ciclos, ni varía el criterio respecto a ellos. Lo que está bien es lo correcto siempre y viceversa.
Esto mismo advierte la prevalencia de la cuestión moral sobra la económica.
Hay algo más que entender de Foucault y Derrida (y de paso de Feyerabend, otro filósofo igual de destructivo aunque austríaco).
Los tres son, en esencia, un producto de la Segunda Guerra Mundial.
La obsesión por demostrar que los hechos no existen, sino sólo los relatos (determinados, además, desde las dinámicas de poder) es una consecuencia directa de haber sido testigos del colapso de la civilización occidental frente a sus propias narices (y mucha atención con esto, porque no se trata de descalificar sus ideas a partir de una condición personal en cada uno de ellos; eso sería un vulgar Ad Hominem; pero sería muy ingenuo suponer que esta experiencia traumática no influyó en su modo de pensar).
Feyerabend nació en 1924; Foucault en 1926; y Derrida en 1930. Tenían, respectivamente, 21, 19 y 15 años cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, y en ese momento los tres estaban en una situación vulnerable. Feyerabend, como soldado nazi herido y derrotado; Foucault, como francés que había visto a su país -la soberbia Francia- aplastada y destruida por la maquinaria militar alemana; y Derrida, como judío.
Cada uno tenía razones legítimas para cuestionar todo aquello que había generado el mundo en el que habían nacido (una Europa a punto de engullirse a sí misma).
Los tres de algún modo se plantearon la incógnita sobre el origen de todo aquello que estaba mal en sus países y en su continente, y llegaron a la misma conclusión. En lo más íntimo, los tres fueron fervientes creyentes en que el liberalismo ilustrado era el causante de todas las desgracias del mundo occidental.
¿Por qué terminaron remitiéndose a ese tema? Porque no hay otro. Todas las controversias ideológicas o filosóficas tienen como trasfondo el hecho de que desde hace unos 250 años se asentaron las condiciones para que el autoritarismo monárquico perdiera el poder ante el empuje de la burguesía liberal.
Parece mentira, pero esta es una situación que a la intelectualidad europea le ha costado mucho trabajo asimilar (de hecho, no lo ha logrado).
¿Por qué? Porque significa el triunfo del comerciante sobre el filósofo. Y es que el autoritarismo (monárquico en principio, sustituido luego por el fascismo y este a su vez por el marxismo) sólo se puede justificar y defender desde la teoría. O sea, desde las herramientas del filósofo. Bien usadas o mal usadas, no importa; son las herramientas del filósofo, el tipo que se sienta en su escritorio a tratar de descifrar al mundo, y a efectos prácticos no hay mucha diferencia si es Tomás de Aquino justificando el derecho divino de los reyes, Sartre defendiendo a Pol Pot, o el mismísimo Marx justificando la dictadura del proletariado en pro de alcanzar una sociedad sin lucha de clases.
Detrás de esto está acaso lo más aterrador de todo: el éxito del wokismo (cuya génesis está muy bien explicada por @brivael Le Pogam) no se debió nada más a la coyuntura del momento, o a una agenda antioccidental premeditada. Se debió a que el pensamiento liberal es todavía una anomalía en la historia. Aunque hay ejemplos de idea pre-liberales desde muy antiguo, el actual empoderamiento de la clase media apenas comenzó en la Edad Media, y las condiciones para que realmente pudieran despojar del poder a las monarquías apenas se logró después de la Revolución Industrial.
Y se logró en Europa. Por eso ese continente (y la "cultura blanca", por extensión) es el epicentro de las controversias.
La predisposición natural del ser humano (condicionamientos evolutivos, en pocas palabras) es hacia el colectivismo y el autoritarismo. La idea de ser libre es atractiva, pero las responsabilidades que se derivan de ello todavía le espantan a la mayoría de las personas, especialmente porque te confrontan con la incómoda realidad de que no somos iguales. Hay gente más hábil, más lista, más competente o más arriesgada que otras.
Eso, por supuesto, no es algo que no supiésemos. El detalle es que, para muchas sociedades, lo normal es que los más hábiles, listos, competentes o arriesgados y, por lo tanto, exitosos, sean los políticos. Puedes odiarlos, pero entiendes que ese es el orden natural del mundo, siempre lo ha sido 6 (crees que) siempre lo será.
La cosa duele más cuando el exitoso por hábil, listo, competente y arriesgado es tu vecino. Es cuando mucha gente se pregunta "por qué él y no yo", y es donde resulta muy cómodo pensar que el estado le puede poner el alto.
Foucault, Derrida y Feyerabend sólo regresaron a esa zona de confort en la que todo funciona mal, pero por lo menos sabes quién eres y qué es lo que debes hacer. Claro, lo hicieron desde su sofisticación filosófica, y por eso siguen engañando incautos. Pero el discurso al final es el mismo. Es Foucault y Derrida diciéndote que la ciencia no nos acerca a ninguna verdad porque sólo es un discurso que se valida desde el poder (y, por lo tanto, tu vecino no tiene ningún derecho a apelar a hechos concretos y válidos para todos que le ayuden a ser más exitoso que tú; si es más exitoso que tú, debe ser por alguna causa perversa), o Feyerabend diciéndote que, en la última de las instancias, la moderna astronomía y la antigua astrología son discursos igualmente válidos.
O acaso la idea más dañina de todas: Derrida diciéndole a su audiencia que nunca habíamos estado tan mal. Y su audiencia creyéndole.
Los datos nos indican otra cosa: nunca habíamos estado tan bien. Y esa es la diferencia entre el filósofo europeo y el comerciante estadounidense. Ante datos como ese, el filósofo europeo busca descalificar la validez de los hechos demostrables. El comerciante estadounidense depura su estrategia para vender más.
Por eso es que el liberalismo democrático, capitalista y occidental siempre termina por imponerse.
Los reyes europeos perdieron el poder. Los fascistas también. Los marxistas -el régimen más filosófico posible, o el turno de los filósofos para demostrar lo que podían hacer con el poder- igual. Los islamistas son los siguientes en la fila.
Si la mala noticia es que el wokismo es la versión moderna de la condición natural de las sociedades humanas, la buena noticia es que siguen siendo tan ineficientes como sus ancestros ideológicos.
No pueden corregirse a sí mismos. Si lo hacen, se vuelven demócratas liberales y capitalistas defensores del libre mercado, la propiedad privada y la igualdad ante la ley.
El wokismo no está perdiendo la batalla cultural porque existan buenos argumentos para apabullarlos (que existen, y por miles). La están perdiendo porque son unos inútiles.
Eso fue lo que Foucault, Derrida y Feyerabend (y muchos otros) no alcanzaron a ver. Lo suyo era mucho de trauma, mucho de rencor, pero envuelto en una gran capacidad intelectual para sofisticar el discurso y hacerlo potable e incluso deseable en el mundo académico.
Podían haber hecho más, y mucho mejor, si no se hubiesen replegado hacia esa zona de confort que es decir "la culpa es del individualismo". Su necesidad de explicar por qué la formidable Europa se había destruido a sí misma los llevó a creer que todo era culpa de esa anomalía histórica que es el verdadero pensamiento liberal llevado a la práctica. No se dieron cuenta que la conflagración que vivieron sólo era el colapso del mundo colectivista y autoritario surgido de manera natural de las relaciones económicas propias de los paradigmas de la era agrícola.
En eso se parecen a Marx. Vieron el problema, explicaron brillantemente muchas de sus aristas, pero no tuvieron las agallas para admitir que el problema era el colectivismo, y prefirieron culpar al comerciante, al artesano o al empresario. Por eso sus diagnósticos están equivocados, y sus estrategias no han funcionado ni funcionarán jamás.
Eso, aquí entre nos, ha dictado la sentencia al fracaso de la social-democracia, el modelo político económico woke por excelencia.
Estados Unidos y China no son la perfección, por cierto. Pero se han atrevido a experimentar con un tipo de capitalismo que, punto por punto, ha demostrado funcionar mucho mejor que la social-democracia.
Entonces no queda más alternativa que distorsionar los hecho (ah, la filosofía...): seguramente los Estados Unidos son un imperio que se desmorona, y sin duda el éxito económico chino fue gracias al socialismo o al comunismo.
Esa es la ventaja de ser filósofo. Puedes equivocarte (como Foucault, Derrida y Feyerabend, y hasta Marx), y alguien seguirá defendiendo tus ideas durante cientos de años (como los seguidores de Marx, Foucault, Derrida y Feyerabend).
La desventaja es que vas a fracasar en los hechos. Para poder sobrevivir como filósofo vas a tener que someterte a los principios liberales del libre mercado, y encontrar el nicho donde puedas vender bien tus ideas bobas. Si encuentras audiencias, cobrarás bien. Así, bien capitalista el asunto.
Von Mises y toda esa tropa de economistas austríacos estarían orgullosos de ver cómo funciona el mercado de los ideólogos de la izquierda, acaso uno de los mercados más libres y más honestos que hay, porque allí sólo tienen éxito los que saben vender su verborrea.
Con cada conferencia llena o cada cátedra bien pagada en alguna universidad de la Ivy League, los que más odian el capitalismo europeo democrático y liberal no hacen sino confirmar que el capitalismo europeo democrático y liberal tiene razón, y sepultará al wokismo, a Marx, a Foucault y a Feyerabend como ya lo hizo con las monarquías, el fascismo de Hitler y Mussolini, y a la Unión Soviética.
Al tiempo.
Je veux présenter mes excuses, au nom des Français, pour avoir enfanté la French Theory (qui a enfanté la pire des merdes idéologiques : le wokisme).
Nous avons donné au monde Descartes, Pascal, Tocqueville. Et puis, dans les ruines intellectuelles de l'après-68, nous avons donné Foucault, Derrida, Deleuze. Trois hommes brillants qui ont fabriqué, dans l'élégance de notre langue, l'arme idéologique qui paralyse aujourd'hui l'Occident.
Il faut comprendre ce qu'ils ont fait. Foucault a enseigné que la vérité n'existe pas, qu'il n'y a que des rapports de pouvoir déguisés en savoir. Que la science, la raison, la justice, l'institution médicale, l'école, la prison, la sexualité, tout n'est qu'une mise en scène de la domination. Derrida a enseigné que les textes n'ont pas de sens stable, que tout signifiant glisse, que toute lecture est une trahison, que l'auteur est mort et que le lecteur règne. Deleuze a enseigné qu'il fallait préférer le rhizome à l'arbre, le nomade au sédentaire, le désir à la loi, le devenir à l'être, la différence à l'identité.
Pris isolément, ce sont des thèses discutables. Combinées, exportées, vulgarisées, elles forment un système. Et ce système est un poison.
Car voici ce qui s'est passé. Ces textes, illisibles en France, ont traversé l'Atlantique. Les départements de Yale, de Berkeley, de Columbia les ont absorbés dans les années 80. Ils y ont trouvé un terreau qui n'existait pas chez nous : le puritanisme américain, sa culpabilité raciale, son obsession identitaire. La French Theory s'est mariée à ce substrat, et l'enfant de ce mariage s'appelle le wokisme.
Judith Butler lit Foucault et invente le genre performatif. Edward Said lit Foucault et invente le post-colonialisme académique. Kimberlé Crenshaw hérite du cadre et invente l'intersectionnalité. À chaque étape, la matrice est française : il n'y a pas de vérité, il n'y a que du pouvoir, donc toute hiérarchie est suspecte, toute institution est oppressive, toute norme est violence, toute identité est construite donc négociable, toute majorité est coupable.
Voilà comment trois philosophes parisiens, qui n'ont probablement jamais imaginé leurs conséquences pratiques, ont fourni le logiciel d'exploitation à une génération entière d'activistes, de bureaucrates universitaires, de DRH, de journalistes, de législateurs. Voilà comment on a obtenu une civilisation qui ne sait plus dire si une femme est une femme, si sa propre histoire mérite d'être défendue, si le mérite existe, si la vérité se distingue de l'opinion.
C'est de la merde pour une raison simple, et il faut la dire calmement. Une civilisation se tient debout sur trois piliers : la croyance qu'il existe une vérité accessible à la raison, la croyance qu'il existe un bien distinct du mal, la croyance qu'il existe un héritage à transmettre. La French Theory a entrepris de dynamiter les trois. Pas par méchanceté. Par jeu intellectuel, par fascination du soupçon, par haine de la bourgeoisie qui les avait nourris. Mais le résultat est là. Une génération entière a appris à déconstruire et n'a jamais appris à construire. Une génération entière sait soupçonner et ne sait plus admirer. Une génération entière voit le pouvoir partout et la beauté nulle part.
Je m'excuse parce que nous, Français, avons une responsabilité particulière. C'est notre langue, nos universités, nos éditeurs, notre prestige qui ont donné à ce nihilisme son emballage chic. Sans la légitimité de la Sorbonne et de Vincennes, ces idées n'auraient jamais traversé l'océan. Nous avons exporté le doute comme d'autres exportent des armes.
Ce qui se construit maintenant, en silicon valley, dans les labos d'IA, dans les startups, dans les ateliers, dans tous les lieux où des gens fabriquent encore des choses au lieu de les déconstruire, c'est la réponse. Une civilisation se reconstruit par les bâtisseurs, pas par les commentateurs. Par ceux qui croient que la vérité existe et qu'elle vaut qu'on s'y consacre. Par ceux qui assument une hiérarchie du beau, du vrai, du bon, et qui n'ont pas honte de la transmettre.
Alors pardon. Et au travail.
La ministra Sandra Pettovello y Pan American Energy firmaron hoy un convenio de colaboración. La empresa dictará un curso de Formación en Herramientas de Atención al Cliente, resolución de conflictos, trabajo en equipo y optimización de procesos en contextos de alta demanda.
En el Centro de Formación Capital Humano seguimos fortaleciendo las habilidades para el trabajo.
@JMilei
@MiguelPichetto Los q destruyeron al país por 40 años ahora hablan de reconstrucción.
Lo mejor que podrían hacer es retirarse de una vez. Son parte del fracaso de la política "profesional".
Es poco serio y un atentado a la inteligencia más básica.
Síntomas de que estás enfermo de SOCIALISMO:
1. Te molesta más el éxito ajeno que tu propio fracaso.
2. No quieres lo que los demás tienen, sino que los demás no lo tengan.
3. Prefieres igualdad en la miseria antes que desigualdad en la prosperidad.
4. Crees que eres pobre porque otro es rico.
5. Justificas tu propio fracaso culpando a la "explotación estructural del Capitalismo".
6. Prefieres prohibir antes que competir.
7. Crees que subir impuestos no tiene consecuencias.
8. Consideras sospechoso cualquier éxito ajeno.
9. Piensas que regular arregla las cosas.
10. Te convencen más los discursos simbólicos que la propia realidad.
Pero tranquilo, no es una enfermedad incurable, el primer paso es coger un libro. Saludos 🫡