every year a taylor swift album comes out and she goes roses are red grass is green i love travis and my haters are mean and her fans go Omgggggg the lyricism
Antes del lenguaje, está la caricia. Antes del yo, está el cuerpo que sostiene. Antes del pensamiento, la voz que nombra. En todo comienzo, hay una madre.
No como función biológica solamente, sino como presencia estructurante: la que funda el mundo en la psique del recién llegado. La madre no es solo la mujer que gesta: es la primera figura de totalidad, el primer límite y el primer refugio. El útero es la primera arquitectura del universo. El pecho, el primer altar del tiempo. La mirada, el primer espejo que muestra identidad.
La madre aparece como el principio organizador del caos. Cuando no hay palabras, ella traduce. Cuando no hay reglas, ella regula. Cuando no hay sentido, ella lo inventa, aunque sea con canciones y arrullos. No porque tenga respuestas, sino porque es la primera en intentar que el mundo no duela.
Todas las estructuras simbólicas —Dios, Estado, Ley, Patria— llegan después. Y todas intentan, de alguna manera, replicar lo que una madre hizo primero: decirle al ser humano que hay orden, que hay abrigo, que hay cuidado.
Pero la madre no es un mito. Es carne. Es tiempo. Es cuerpo desgastado y memoria comprometida. No es diosa, sino promesa. Y como toda promesa, a veces falla. Pero incluso cuando falla, deja una huella. Aun la ausencia materna funda sentido: en torno a la falta también se organiza el alma.
Por eso no hay civilización sin madre. Porque no hay ser humano sin esa figura primera que sostuvo, envolvió, o simplemente estuvo. Ella es la raíz de toda narración, incluso de aquellas cada vez más comunes que la niegan.
Hoy, Día de la Madre, no celebramos un rol ni una postal. Celebramos a quien sigue siendo la primera forma del amor y la última esperanza de que el mundo, tal vez, tenga sentido.