Entre risas y abrazos, lo llevaron a cumplir un sueño: conocer el mar. Sus amigos lo acompañaron hasta la orilla, donde la felicidad se reflejaba en su rostro y las olas parecían celebrar con él.
Yo no escribo. Yo cuento historias.
Nunca me vi como escritora.
No sé de géneros, ni de estilos, ni de escuelas.
Decía Irene X que cualquier catedrático que leyese esto jamás diría que es poesía, pero que nunca podrá decir que no es verdad. Y qué cierto es.
No busco la palabra perfecta.
Busco la palabra verdadera.
No escribo para adornar.
Escribo —cuento— porque si no lo saco, me ahogo.
Porque si no lo digo, me duele más.
Porque necesito dejar constancia de que esto que siento
existe.
Yo no escribo. Yo cuento historias.
De las que no salen en los libros.
De las que no dan likes.
Historias que duelen, que rascan, que escuecen.
Historias con fiebre, con cuerpo, con pausa.
Cuento lo que me atraviesa.
Lo que nadie ve cuando sonrío.
Lo que no se dice en voz alta en una consulta,
pero se queda retumbando por dentro.
No escribo como quien se sienta a crear.
Lo hago como quien se salva.
Como quien necesita dejar una marca,
aunque sea chiquita, aunque nadie la lea.
Como quien habla con el mundo para no volverse loca.
Yo no escribo. Yo me cuento.
Me desordeno. Me desbordo.
Me vuelvo historia antes de que me olviden.
Y si con eso alguien se reconoce,
si alguien respira hondo al leerme y piensa “a mí también”,
entonces ya está.
No escribo.
Pero a mi manera, hago que lo vivido no se pierda.
Que lo que dolió no sea en vano.
Que lo que fui —y soy—
quede
contado.
Noah Higón
Si mañana no estoy,
díganle a la vida que fue una hija de puta conmigo.
Que no me lo puso fácil,
que me apretó las costillas hasta romperme por dentro,
que me puso a prueba una y otra vez,
como si no fuera suficiente con una.
Díganle que me empujó contra todos los muros,
que me gritó al oído que no podía,
hasta el punto de dejarme incluso sin poderla oír más,
que me dejó sin aliento muchas noches.
Pero también díganle esto:
que pese a todo, se me llevó por delante de pie,
y no de rodillas.
Porque yo no sé vivir de otra manera.
Porque siempre he vivido al filo de lo imposible,
rozando el abismo con los pies,
desafiando cada “no” que me lanzaron.
No por valentía,
sino porque no supe hacerlo distinto.
Y si un día llega la caja de pino,
que no lloren por lo que no tuve,
que no hablen de lo que me faltó,
porque yo —a mi manera—
lo viví todo.
Y eso es lo único que me llevaré.
Así que si tienen que contar mi historia,
que digan la verdad:
que la vida fue dura, sí,
pero yo lo fui más.
Que la vida me tumbó,
pero jamás me vio arrastrarme.
Porque si mañana no estoy,
es porque lo di todo.
Porque me rendí.
Y me volví a levantar.
Porque lo bueno de tocar fondo es que ya no
puedes caer más.
Díganle a la vida lo que fue.
Y díganle quién fui yo.
Noah Higón