Las palabras duelen más que cualquier golpe. Porque ellas penetran en la mente, se instalan en ella y te transforman. Cambian la seguridad por miedo, la alegría por una profunda tristeza y la paz por rencor.
Cuando vas a orar, a adorar a Dios, tienes que estar claro que estás orando con el único Dios, el que salva, el que ha tenido misericordia a través de las generaciones.