Probó a zafase sin éxito, piel de gallina al roce de su aliento. Bloqueada de cintura para arriba, lo atrapó con una pierna e hizo fuerza para que se volcara del todo en la hamaca, tumbado. —Igualdad de condiciones, valiente. —Entonces le dio la cara y un par de ojos retadores.
Otra vez le apartaba la cara. Otro intento que se torcía por la desagradable actitud de Sav. Esta vez, sin embargo, no la perdonó. Esas caderas lo estaban tentando, por lo que echó mano a una y siguió bajando la cabeza. —Lo que tú digas. —Metió la cabeza en su cuello. Forzando.
Ese comentario fue peor que desacertado, de gilipollas. Sintió hervir la sangre, pero no todos sus motivos eran los más dignos. Ladeó la cara, apartándole el botín. —Si quieres sacar algo de mi tendrás que joderte con todo el pack. —Al encoger el cuerpo puso acento en sus curvas.
—Estoy comprobándolo. —A ver si ella se le resistía. Llevaba un tiempo sin hacer la prueba. —Cuando no hablas, estás bastante buena. —Se fue inclinando hacia ella, aprovechando aquella falta de escapatoria. Su intención, encajar sus labios en la boca de la morena.
Sus manos se aferraron a la tela con el bamboleo y se corrió hacia un lado para dejarle hueco que, de todos modos, era mínimo. El brazo izquierdo casi rozaba a Reece. Arrastró la mirada desde ahí hasta sus ojos. ―¿También compras a las personas? ¿O nunca se te ha resistido nadie?
Frunció los labios, un poquito, antes de abarcar con su cuerpo la hamaca. Se sentó al lado de ella y provocó que amenazara con volcar. Para evitarlo, pasó una mano al otro lado y reguló el peso, dejando a la chica atrapada. Debajo. —Vives en una cueva. Mírame. Mira todo lo que +
La respuesta no llegó en forma de palabras si no de actos. Se repantigó delante de sus narices en la hamaca colgada de poste a poste del porche. Bien estirada, se le exponía. —Es posible. Intuyo que te gusta lo mismo que a todos: lo que no te está permitido tener. —Se la jugó.
—Repito, no eres mi chica. ¿Te quieres tapar? —La chulería se le afianzó en la mirada. No lo parecía, por su aspecto apático, pero la estaba retando. Con la boca cerrada, se mordió la lengua. —Sabes muy bien lo que me gusta, ¿no? ¿Has estado practicando para impresionarme?
—¿Ya me puedo tapar entonces? —Plantó con desparpajo como si todo su fin hubiera sido ese, que mirase precisamente él. —No, tu novia jamás llevaría esta pinta. Cuellito alto, falda por debajo de la rodilla. —Ser una meticona con él y los suyos le divertía. ¿La tendría? Novia.
—Ya he mirado. Si no, no estaríamos teniendo esta conversación. —Le nació una sonrisa ladeada, de suficiencia. —Menos mal que no eres mi novia. —Negó con la cabeza. Ahora sí, se rio. —La de problemas que darías.
No debería tener que mantenerla en alto, pero algunos juegan al despiste. —Ignoró el tema del código. —Te das poco margen de decisión. Así te van a mirar todos, te gusten o no te gusten.
Deberías bajar la guardia, no se fragua nada bajo tu techo sin que lo sepas. ¿Por qué iba a decirme algo? ¿Me estoy perdiendo algún código de vestimenta para no-empleados? Si me gusta quién me mira, sí.
¿El pantalón deportivo o el bikini? Siempre lo llevo por debajo por si se tercia estirarme al sol. No somos muchos en la finca. Si alguien quisiera mirar...no tengo rollos que lo impidan.
Sav no sabía lo que había pasado con la madre de Reece y por orden de su padre evitaba hacer preguntas. Era un tema tabú, eso le quedaba claro. Se acercó a él para que le enseñase. —¿Tienes algo de ella? Sus ojos. —Se la jugó. Sallow había salido a padre pero aquello no era suyo.
Era un mausoleo. Reece lo sentía así. Cuando entraba en ese cuarto, y veía las pertenencias de su madre, sus ojos amenazaban con brillar acuosos. Siempre se resistía. —Sí, claro. —Fue a un cajón concreto y rebuscó. Sac�� un álbum de fotos. —Mi padre ordenó quitar todas las fotos +