Hoy, mientras veníamos en el coche, Lucas —dos años y medio, silla homologada, mirada perdida en la ventana como si estuviera calculando el balance energético del universo— ha dicho:
—A veces etoy triste.
Y claro, ahí me he quedado yo, congelado, con las manos en el volante y la cabeza intentando procesar qué se supone que debe responder un adulto cuando un niño tan pequeño anuncia, en presente atemporal, la existencia de la tristeza.
Por un segundo (y en realidad más de uno, no nos engañemos), se me ha venido el mundo encima: la idea de la fragilidad, de la psicología infantil, de todos esos artículos que nunca terminas de leer sobre cómo hablar con tus hijos de las emociones.
Por suerte, al lado estaba mi mujer, que me ha sacado de esa especie de cortocircuito filosófico.
Con una calma quirúrgica, como quien pone un vaso de agua sobre la mesa sin derramar ni una gota, le dijo:
—No pasa nada, Lu. Estar triste es bueno. Todos estamos tristes alguna vez. Además, para poder estar contentos, también tenemos que estar tristes de vez en cuando.
Lucas, todo solemne, ha contestado:
—Tí.
Y yo, que sigo en fase beta de la paternidad, me he dado cuenta de que hay psicólogos de Hacendado, de esos que escriben libros de 300 páginas con títulos tipo "Cómo abrazar tu sombra interior", que se forran vendiendo obviedades envueltas en frases largas, cuando mi mujer (y, en menor medida, mi hijo) acababan de resolverlo todo en exactamente dos frases.
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