La Guardia Civil es, junto a la Legión, uno de los cuerpos más queridos por los españoles. Por eso dolió tanto cuando, durante la pandemia, el general José Manuel Santiago dijo que en la Benemérita trabajaban "para minimizar el clima contrario al Gobierno". Por eso duele tanto cuando el DAO da órdenes a la UCO para que se pongan "de perfil" en los casos que afectan al PSOE y a la familia del Presidente Pedro Sánchez.
La fortaleza de una institución, y más de una institución con la historia de la Guardia Civil, no reside solo en su capacidad operativa. La confianza que los ciudadanos depositan en ella es su principal valor, porque esa confianza es la que se extiende al resto de instituciones del Estado. La que se extiende al Estado mismo. Cuando los ciudadanos percibimos signos de contaminación política, cuando comprobamos que la principal divisa de muchos guardias civiles no es el honor (como reza el lema del Duque de Ahumada), sino la conveniencia del gobierno de turno, el daño traspasa el cuerpo social y alcanza al núcleo mismo de la nación.
Porque, ¿qué nos queda si hasta nos falla la Guardia Civil? Por suerte, un cuerpo no son sus mandos, aunque estos tengan una enorme responsabilidad en la preservación de su prestigio. Un cuerpo son también los miles de agentes que cumplen cada día con su deber guiados por el sacrificio y el respeto a la ley. Por ellos, y por la confianza que los españoles hemos depositado durante generaciones en la Guardia Civil, es imprescindible que se lleve a cabo la depuración de cuanto de podrido hay en ella, de todo el daño que le ha provocado la administración socialista.