+ mientras se acercaba a él. No había reparado mucho en la diferencia de estatura, aunque en caso de necesidad, ya se buscaría alguna forma de enfrentarse a ella.
Qué mal comentario. De su interior había nacido unas ganas increíbles de vacilarle y golpearle. Al estar en los pasillos de la universidad, pensó que era lo mejor lo primero.
— Igual estás ganando todas las papeletas para serlo, ¿qué te parece? ¿Tienes ganas?
Fue diciendo +
Era imposible no haberse fijado en que Alexia estaba acompañando su paso a la salida. Hoy parecía que todo el mundo tenía como objetivo molestarla. Paró la música, se quitó uno de los cascos y, antes de poder preguntar qué había dicho; Alexia saltó con una pregunta que la dejó +
sorprendida, con una mueca que expresaba entre enfado y asco.
— ¿Perdón?
Analizó de soslayo su figura: rubia, tirando a adorable, usando términos que nadie entiende y que da la sensación de que podrían ser de algo friki. Se aguantó una carcajada.
— No me jodas que eres una +
Por el rabillo del ojo vio a Evan saludándola. Inconscientemente, frunció el ceño ante ese intento de socialización, se apartó uno de los cascos y paró el seco a preguntarle.
— ¿Pasa algo o te has confundido?
No sería la primera ni la última vez que la confunden con su hermana.
+ qué mejor forma de desahogarse un poco con comentarios sarcásticos.
— Pensé que los profesores tendrían máquinas de café en sus despachos.
No era su profesor, le daba igual las consecuencias.
La situación resultaba un tanto ridícula: una universidad de élite y uno de sus profesores luchando contra la máquina por un mísero café. Lo único que iba a hacer al respecto era mirar incrédula la situación con una sonrisa de oreja a oreja.
Había salido cabreada de clase y +
Al igual que otros compañeros, ella había acabado su jornada de estudios con Cálculo Infinitesimal. Tras cuatro años, tres profesores distintos y múltiples exámenes suspensos, seguía siendo la única asignatura que tenía pendiente de primero.
Estaba harta. Harta de los +
+ profesores, harta de la universidad, harta de las miradas críticas de su entorno familiar. “¿Qué te ha pasado? Antes no eras así, eras tan buena estudiante como Anna.” Quizás la comparativa era el problema.
Lo único que deseaba ahora mismo era salir a echarse un cigarro; por +
Como de costumbre, su día empezaba en la oficina, viendo el amanecer desde la azotea del edificio donde estaba la empresa de abogados para la que trabajaba.
Corría una brisa agradable, a la que acompañaba con un cigarro. Llevaba unas semanas, por no decir meses, con mucha
ahora. Se mantuvo lo más profesional posible e intentó no reparar mucho en ella.
—No hace falta que especifique que está aquí para divorciarse. Antes de contratar mis servicios, me gustaría saber qué camino quiere tomar y qué quiere conseguir con el divorcio.
Ver la cara de