Durante mucho tiempo creí que hablarlo todo era la solución. Que la comunicación lo podía arreglar todo. Pero entendí que no sirve de nada decir mil palabras si del otro lado, no hay voluntad de comprender. Puedes explicarselo una y otra vez, y aún así quedar en el mismo caos. Porque cuando alguien no quiere entender, ninguna conversación es suficiente para arreglar una relación.