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That’s it puppy Sit. Stay. Good girl. You listen to instructions so well. you deserve pats. To be felt. Held. Wanted and groped and used and needed. Get fuzzy for me, just listen to my voice. Feel my hands. Let me feel every last inch.
Get on your back and spread those soft little thighs for Daddy. I’m going to bury my face between them, drag my tongue slow and deep through that pretty pink pussy, and eat you until you’re shaking, soaking my chin, and begging me not to stop. This cunt is mine to devour.
Hace tiempo q mi pareja no me termina de satisfacer en la cama. El otro dia n ns dimos cuenta q mi suegro estaba en casa. Cuando terminamos y el dormía mi suegro entro y me dijo que sabia q no estaba satisfecha. El si me folló duro. Me corrí varias veces
Le cancelé la salida a mis amigas. Ya lo teníamos todo planeado: noche de chicas, salir a bailar, beber y divertirnos. Mi plan era ir; sí, ya me había arreglado y me había puesto el vestido más lindo que tengo, el que más sexy me hace sentir. Entonces llegó el mensaje que me cambió el plan.
El madurito con el que me he estado viendo para coger desde hace unas semanas me escribió. Tenía ganas de mí. Su esposa se había ido el fin de semana a casa de sus padres y su hija iba a salir con amigas. Me lo pensé. Quería salir con mis amigas, pero ese hombre, cada vez que me toma, me deja las piernas temblando de tal forma que me he vuelto un poco adicta a él y no sé como decirle que no. Tanto, que inclusive traicioné uno de mis principios y me lo cojo aún sabiendo que tiene esposa. Después de meditarlo un par de minutos le dije que estaba bien, que pasara a mi apartamento. Luego les cancelé a las chicas, diciéndoles que se me había presentado una situación de último momento.
Me terminé de revisar en el espejo y el morbo de saber que me iban a comer me empezó a crecer en el estómago. Ese hombre debía venir con hambre, y cuando tiene tantas ganas me da durísimo.
Pasados unos minutos me avisó que estaba afuera. Salí, lo invité a pasar y entramos al apartamento. Me dijo que me veía hermosa mientras me tomaba de la cintura y me acercaba a él, dominante como me gusta. Olía delicioso. Pude sentir sus músculos apretarse contra mí; eso me prende como nada. Empezó a besarme y yo jugué con la lengua en su boca mientras él me apretaba el culo y yo sentía su erección firme y dura contra el vientre.
—Eres mía —me dijo al oído, pasando de masajearme las nalgas a apretarme las tetas, desesperado, hambriento, dominante, sabiendo qué decirme y cómo tocarme.
—Hazme tuya —le dije.
Su mirada se encendió. Me arrodilló, se sacó la verga y me folló la boca con fuerza, metiéndola y sacándola como si mi boca fuera mi coñito. Cuando me soltó, le chupé las bolas mientras lo masturbaba. Eso lo hizo gemir, y escucharlo así me mojaba como nada en la vida.
Me levantó, me tomó de las caderas, me alzó el vestido, corrió mi hilo y me embistió con fuerza, clavándose en mí mientras gruñía y me decía lo mucho que le gustaba, que lo volvía loco y que yo era de su propiedad. Yo solo me apoyaba contra la pared y lo recibía, sintiendo cómo mis tetas rebotaban en cada embestida, cómo su carne dura y palpitante se abría paso en mi interior. Gemí, grité y supliqué por más mientras él seguía dándome y la sala se llenaba del sonido de sus bolas chocando contra mis nalgas. Estoy segura de que los vecinos escuchaban y no me importaba. Me dio varias nalgadas antes de venirse dentro y llenarme de besos la espalda, dejando su última descarga en mi interior.
Nos bañamos juntos y me cogió de nuevo, esta vez en la cama, haciéndome sexo anal, porque le encanta darme por el culito. Terminamos.
Se vistió rápido y me dijo que tenía que irse porque debía recoger a su hija, que había salido de fiesta con sus amigas. Me la mostró, orgulloso de lo linda que es. Me quedé helada: la hija del hombre que acababa de romperme el culo era una de las amigas con las que iba a salir esa noche.
—Así que terminaste hace un mes con mi hijo, ¿no, perrita hermosa? —le dijo sin disimular que se la comía con la mirada.
—Sí, señor —respondió ella, intentando sostenerle la mirada y fracasando. Bajó la vista ante la intensidad de la suya, y él lo notó.
—Y entonces empiezas a seducirme por redes, a acercarte a mí… eh, perrita, ¿qué buscas? —dijo mientras le manoseaba las tetas, primero una, después la otra, y le pellizcó el pezón sin contemplación—. ¿Dinero? ¿Vengarte de mi hijo?
—No, señor. Nada de eso —dijo asustada—. Solo quiero ser suya.
—¿Mía? —levantó una ceja y no soltó el pezón. A ella le dolía, pero a la vez la excitaba que fuera tan posesivo.
—Sí. Quiero ser su sumisa —confesó, y sintió cómo el calor le subía a la cara.
—Vaya, vaya, vaya… una perrita sumisa, entonces. ¿Eso eres? —preguntó. Dejó el pecho en paz y subió a acariciarle el rostro con la suavidad que no había usado con su seno.
Ella no sabía de dónde había sacado la voluntad para decir aquello, ni para agregarlo a redes, hablarle, insinuársele y enviarle fotos subidas de tono. Ese hombre la ponía tanto que la hacía desconocerse. Al contrario de su hijo, su exnovio, que nunca supo como tocarla.
—Sí, eso quiero ser. Por favor, tómeme y hágame suya. Estoy para complacerlo y ser su juguete —dijo mirándolo, mientras la mano de él seguía acariciándola.
Su verga reaccionó ante esas palabras. Imposible no hacerlo, rara vez una muñequita sexual de veintiún años te busca para esto. Ella, que de seguro era la fantasía de cualquiera de sus compañeros e incluso de sus compañeras de la universidad. Joven, de piernas gruesas, nalgas enormes y redondas, rostro angelical, ojos claros, rubia, tetitas redondas del tamaño perfecto para caber en la boca. De esas que destellan dulzura, y cuando descubres que son sumisas de verdad te enferman la mente. Buscándolo a él, un hombre de cuarenta y cinco, bien conservado, sí, pero que le doblaba la edad. No sabía qué buscaba. Le seguiría el juego.
—Mi hijo no sabía cómo cogerte, entonces.
Ella negó con la cabeza.
—No me extraña. Es un mariquita. No merece ser mi heredero —dijo con desprecio—. Está bien. Demuestra que puedes ser una buena sumisa. —Le dio un par de golpecitos en la mejilla.
Acto seguido ella se arrodilló. Lo miró a los ojos con esos grandes ojos verdes, tomó su pantalón, lo desabrochó, lo dejó caer y sacó su verga. Era grande y ya estaba dura. La lamió con ternura, viéndose más dulce de lo que ya era. Le pasó la lengua despacio por el tronco, una y otra y otra vez. Él echó la cabeza hacia atrás y se dejó llevar. Ella se la metió entera a la boca, la sacó, tosió un poco y la volvió a meter, más rápido esta vez, para sacarla otra vez y repetir la secuencia. Empezó a masajearle los testículos mientras él gemía y le iba quitando la ropa: primero el torso, dejando esas tetas y ese abdomen plano y terso desnudos para su deleite.
Vaya, pensó. Entonces este manjar es el que desperdiciaba el marica ese.
La levantó, le metió la mano por debajo de la falda y tanteó su coño: húmedo y caliente.
—Ya estás lista, mi perrita.
—Sí, señor.
—Bien. Móntame.
Se dejó caer en el sofá. Ella se subió, acomodó la verga en la entrada de su estrecha y rosada rajita y se la clavó despacio. Gimió al tenerla toda adentro. Él se apoderó de sus nalgas con las dos manos.
Ella empezó un movimiento lento, de arriba abajo, mientras él le mordía las tetas y le manoseaba el culo.
Empezó a saltar, a darle sentones con esa verga con la que tanto había fantaseado desde que lo conoció. Sentía cómo la llenaba por completo, cómo la atravesaba y la hacía sentirse mujer por primera vez como es debido. Gritó de placer. El cuerpo se le tensó, se aferró a él y se corrió, bañándolo en sus fluidos, mientras él le azotaba las nalgas y se derramaba dentro con incontables chorros de esperma.
—Está bien —dijo él cuando se recompuso—. Creo que serás una buena sumisa. A partir de hoy me perteneces.
—Sí, señor —respondió ella, sintiendo cómo el semen le escurría por dentro.