Mis abuelos estuvieron casados durante 60 años. Un día le pregunté a mi abuelo: "¿Cuál es el secreto para amar a la misma mujer toda la vida?". No se rió, no dijo "comunicación", no dijo "citas románticas". Miró a mi abuela, que estaba en la cocina y dijo: "No se ama a la misma…
Elektra, tu tuit es la exclusión definitiva disfrazada de conciencia. Al afirmar que Alberto solo gana por su diversidad funcional, le estás robando su agencia, su esfuerzo y su victoria personal para convertirlo en una simple cifra estadística de tu resentimiento estético.
La audiencia vio un salto; tú solo viste un muñón. Eres tú quien le niega la posibilidad de ser, sencillamente, el mejor, porque tu mente no concibe que alguien 'diferente' pueda ganar sin que le regalen nada.
Intentas dar lecciones de inclusión mientras prácticas el 'otroismo' más rancio. Si de verdad creyeras en la igualdad, evaluarías el salto por su técnica y no por la anatomía del que cae al agua.
Maquillas tu falta de sensibilidad con retórica de exclusión. Te molesta que él sea el ganador porque su éxito te obliga a admitir que la voluntad individual puede romper los esquemas de victimismo en los que tú te sientes cómoda.
Menos 'diversidad funcional' en tus textos y más honestidad: te corroe que alguien con menos recursos físicos que tú esté en la cima mientras tú solo estás en el sofá fiscalizando la alegría ajena.
Pensamos que nos quedan 20, 40 o 50 años de vida. Pero es mentira. La vida se mide en veces.
Te pongo un ejemplo:
A mí me vuelve loco esquiar.
Pero siendo realistas, voy 2 veces al año.
El año que voy 3, ya soy un privilegiado.
Si asumo que me quedan 15 años esquiando a tope, la cuenta sería así:
• No me quedan 15 años de esquí.
• Me quedan 30 veces.
• Solo voy a subir a la nieve 30 días más en toda mi vida.
Lo mismo pasa con la gente.
Piensa en ese primo al que ves solo en las comidas familiares.
Si lo ves una vez al año durante 3 horas y crees que te quedan 20 años de vida…
Realmente te quedan 60 horas con él. Un fin de semana largo.
Eso es todo lo que te queda antes de morirte.
Es una mierda. Una mierda pinchada en un palo.
Cuando hago este cálculo, me entra la paranoia.
Miro fotos mías con 18 o 20 años y pienso que tenía que estar saltando de felicidad. Pero no me enteraba de qué iba la película.
En esa época regalaba los minutos. Pasaba la vida como si nada.
La vida es súper injusta en eso. Pero hacer este cálculo te obliga a dejar de regalar el tiempo y aprovechar hasta el último segundo.
No te quedan años. Te quedan momentos.
Aprovéchalos.
El cómo te vas de la vida de alguien importa y mucho. Las relaciones pueden romperse en cualquier momento pero se puede no hacer más daño de la cuenta teniendo una despedida que le haga justicia a lo que hemos compartido. Explicar, expresar y ser coherente con la decisión para evitar la ansiedad de no saber si vuelves. Cuidar la historia en común poniendo por delante el bienestar de quien se queda con el amor en las manos. El cómo te vas determina cómo serán los nuevos comienzos de una persona. Y la responsabilidad afectiva también implica cuidar esto
Lo que aprendí en terapia sobre comunicación de pareja (y nadie explica bien)
Validar no es decir “tienes razón”. Validar es algo mucho más incómodo: reconocer que lo que el otro siente tiene sentido para él, aunque no te convenga, aunque no te guste, aunque no estés de acuerdo. Y aquí empieza el problema.
Porque mucha gente confunde validar con permitir. Y no: las emociones se validan, las conductas se regulan. Entender por qué alguien actúa de cierta manera no te obliga a tolerar que te lastime.
Eso no es madurez emocional. Eso es falta de límites.
En una relación sana no se justifican conductas que dañan a otros. Cada quien es responsable de cómo gestiona lo que siente. Tu enojo puede ser legítimo. Tu forma de expresarlo, no necesariamente. La asertividad empieza cuando dejamos de juzgar y empezamos a describir. Hechos, no etiquetas. Lo que pasó, no lo que “eres”.
“Ayer levantaste la voz” describe la realidad. “Siempre eres agresiva” la distorsiona. Las palabras siempre, nunca, todo, nada, deberías no son inocentes. Son absolutos que no buscan entender, buscan ganar. Y cuando alguien quiere ganar, la relación pierde,
Hay algo todavía más incómodo: en cada discusión no hay una sola escena, hay dos historias activadas al mismo tiempo. La mía… y la de ella. Reaccionamos menos al presente de lo que creemos y mucho más a viejos aprendizajes, heridas y patrones. Cuanta menos conciencia hay de eso, más reactividad. Cuanta más conciencia, más capacidad de modelar la relación sin imponerla. La comunicación madura no acusa. No etiqueta. No diagnostica. Describe lo de afuera. Nombra lo de adentro. Y pone límites sin violencia.
Asertividad no es hablar más fuerte. Es hablar más claro. Y eso, aunque suene simple, casi nadie está dispuesto a hacerlo de verdad.
¿POR QUÉ TENEMOS QUE PONERLE AGUA A LOS CAMELLOS?
Los rituales son importantes, muy importantes. Y si eres niño, más. Quizá el concepto más complicado de aprender es el de tiempo. Mi hijo lleva 7 años luchando por comprenderlo. Lo manosea, hace como que lo entiende, se frustra. Pero hay algo que le da seguridad: el 6 de enero.
Sabe que el día de Reyes es el fin de un tiempo. Se acaba la Navidad, empieza el nuevo año, sabe que va a crecer y sabe que todo comienza de nuevo. Los rituales son importantes porque nos sirven para ordenar la vida. Son los letreros en esta carretera tan rara que llamamos vida.
Sin ellos estaríamos perdidos. Orientarse en el tiempo, es como viajar sin brújula. Por eso en mi casa, celebramos todos los rituales que sean necesarios: me da igual si son americanos, europeos o vietnamitas. Los ritos nos ayudan a comprender. Pero el 6 de enero va más allá.
El 6 de enero se produce un acontecimiento mágico... y no, no es la llegada de tres magos de oriente.
El 6 de enero, por única vez en el año, creamos una ficción colectiva. Todas las casas, todos los adultos, inventamos una historia conjunta.
Ponemos leche para los camellos, mordemos polvorones a la mitad y dejamos mechones de barba junto a los regalos. Todo en pos de crear la más verosímil de las historias. Por un día somos autores colectivos. Por una noche, hacemos la obra de teatro más grande de la historia.
Tengo mucha gente a mi alrededor que dice que no quiere mentir a sus hijos. Que prefiere darle los regalos en su nombre. Cada uno puede hacer lo que quiera, pero si me dan a elegir... prefiero la ficción.
La prefiero por una razón: para sentirme humano.
Por un día, nos olvidamos de ser adultos y jugamos, jugamos a que existe la magia, jugamos a contestar preguntas racionales con respuestas imposibles, jugamos a que todos tenemos un secreto y no pensamos decirlo.
Por todas estas razones, esta noche gritaré como un poseso a Gaspar por mi regalo. Me quedaré hasta las tantas envolviendo regalos y me despertaré a las 7 de la mañana en festivo sin protestar.
Porque por un día se diluye el nosotros y gana el ellos.
Feliz Día de Reyes.
Con motivo del 84 cumpleaños de su padre, David Bisbal publicó un emotivo mensaje expresando cuánto extraña poder mantener una conversación con él. Aunque no identifica a las personas en el presente, aún retiene memorias de su pasado como boxeador profesional. El cantante ha compartido momentos donde su padre se reconoce a sí mismo al ser mencionado como "el campeón de España", pero no logra asociar que el hombre frente a él es su propio hijo. El artista ha utilizado sus redes para dar visibilidad a la dureza del Alzheimer y la importancia de recordar a los seres queridos aunque ellos ya no puedan hacerlo. A pesar del deterioro cognitivo, Bisbal ha destacado en diversas ocasiones que su padre mantiene una actitud sonriente y tranquila cuando recibe muestras de cariño.
Gracias @davidbisbal por tu aporte para entender mejor esta cruel enfermedad que puede entrar en la casa de cualquiera.
Los vínculos confusos agotan. Y uno de los primeros pasos para dejarlos atrás es renunciar a respuestas que quieres pero que no necesitas. Da igual por qué alguien va y viene o no es congruente con lo que dice, ya que la historia es la misma: te hace daño y tu dolor no le frena. Cambiar la pregunta a qué tipo de relaciones quieres sostener en tu vida aporta el doble que seguir cuestionando a una persona que, probablemente, valores tiene pocos
Una de las principales cosas que han cambiado desde mi infancia a la infancia de mis hijos es que nosotros, los de la generación que estamos en trance de cumplir los cincuenta, sabíamos perfectamente lo que queríamos el día de Reyes. Había mucho donde elegir y los días previos a la noche mágica nos las pasábamos devanándonos los sesos seleccionando entre nuestro interminable elenco de deseos. Mis hijos, en cambio, no saben qué pedir, y en el fondo esperan que los Reyes lo sepan mejor que ellos. Por una parte, porque ya lo tienen todo o, al menos, porque desde pequeños han tenido la mayoría de cosas que deseaban. Por otra parte, porque lo único que aún podrían desear, que es ese móvil que promete y concentra todos los placeres imaginables, saben que aún les está vedado.
En consecuencia, la carta a los Reyes Magos se ha ido adelgazando hasta convertirse en un ejercicio de vaguedad calculada, una enumeración tímida de cosas que no les comprometen. Mi hijo este año, por ejemplo, ha pedido "un tiburón, un coche y una pista". Así. En crudo. Y es que donde antes había debates sobre la conveniencia de pedir un Scalextric o el castillo de Greyskull, hoy se tira más del encogimientos de hombros y de una suerte de Dios proveerá. No es que mis hijos no deseen más de lo que tienen, pero el deseo de tenerlo, tal y como nosotros lo conocimos, se ha vuelto más débil y difuso.
Nosotros deseábamos objetos concretos porque los objetos eran más escasos y, por tanto, más valiosos. Cada juguete era una promesa de mundos enteros, una aventura que empezaba la noche del 5 de enero y se podía prolongar durante meses. Había una pedagogía de la espera que nos enseñaba a elegir, a renunciar, y a apostar todo a una sola carta. Nunca mejor dicho. Sabíamos que los Reyes no podían traerlo todo, y precisamente por eso cada elección importaba y se debatía durante semanas enteras con padres, hermanos y amigos.
Nuestros hijos, en cambio, viven en un presente continuo donde casi todo está disponible de inmediato. El juguete pierde su aura porque saben que es sustituible, que no es único, y que mañana habrá otro parecido o aún mejor. La magia, la verdadera magia, ya apenas radica más que en una pequeña pantalla, en un objeto tan maravilloso y extraordinario que ni siquiera les puede ser concedido por los más poderosos magos de Oriente.
Tu sobrina puede haber engordado un poco este año, ella ya lo sabe, no arreglas nada diciéndoselo y puedes hacer mucho daño.
Cállate la boca, Maricarmen.
No se puede con todo. Punto.
No puedes currar ocho horas (o más), seguir formándote, hacer ejercicio, mantener la casa medio decente, comer sano, cuidar a los tuyos y, encima, tener vida social. No entra. No cabe. Es como intentar meter una lavadora en una mochila.
No se puede con todo. Punto.
No se puede currar ocho horas (o más), seguir formándote, hacer ejercicio, mantener la casa medio decente, comer sano, cuidar a los tuyos y además tener vida social. No entra. No cabe.