Acosar o agredir a un pobre chaval porque en la espuma de su micrófono ponga X o Y es tristísimo. Es de un nivel de indigencia mental aberrante.
Y lo digo sin entrar a valorar la praxis periodística de TVE en el caso Ceuta, que me parece paupérrima.
Pero una cosa no justifica la otra. Agredir a un periodista por el medio para el que trabaja es muchísimo más grave de lo que algunos parecen entender.
Cuando se empieza a normalizar que un periodista pueda ser intimidado o agredido por hacer su trabajo, se empiezan a poner las primeras piedras para acabar con la libertad de prensa.