El depósito del edificio
Parce, este relato fue una vez que estaba en la casa y me escribió un man por la página amarilla. Empezamos a hablar normal y el man me dice que estaba dando una vuelta por ahí cerca. Yo no sé, pero ese día andaba como con ganas —ya saben cómo soy yo—, y le dije que si nos veíamos en el depósito del apto, porque en la casa había gente y no se podía hacer mucho ruido.
Por las fotos que mandó se le veía un vergonón, grueso y algo curvo, uff, de esos que a mí me matan. Cuando llegó, parce, era flaco, blanco, tenía una pinta medio rola con toque nea, y además un piercing en el labio que me encendió de una.
Nos saludamos medio tímidos, bajamos por las escaleras y ahí mismo empezamos a besarnos. Ufff, parce, fue como si el cuerpo se me activara todo de una, y más con la adrenalina de saber que mi pareja estaba arriba con unos amigos. Él me agarraba del culo, yo le sobaba por encima del pantalón y sentía es verga gruesa. Lo arrinconé contra la pared, le lamí el cuello y le mordí el labio, me gusta ese tipo de intensidad, sin hablar mucho, solo respirando cerca.
En esas, él me da la vuelta y me pega contra la pared, me sujeta del cuello y me soba el culo. Pero justo escuchamos pasos bajando por las escaleras, así que salimos y nos metimos al depósito.
El lugar estaba oscuro, pero esas puertas tienen esas rendijas en diagonal que dejan ver hacia afuera, aunque desde afuera no se ve casi nada. Yo estaba pendiente, mirando que nadie bajara, cuando de la nada siento me bajan la pantaloneta y siento un dedo húmedo. Ufff, parce, se me erizó todo el cuerpo mientras veía a mi vecino allá afuera arreglando el carro sin tener ni idea de lo que estaba pasando.
Me giré, le bajé la sudadera al man, y ahí fue cuando salta esa verga que se veía más grande en persona. En persona se veía todavía más grande, y cuando lo tuve frente empecé a chuparlo no me cabía bien en la boca de lo gorda que era parce se le empecé a mamar full full recuerdo que me la empujaba y me ahogaba por que como estaba un poco curva más aun y el man revisaba al vecino, parce si me estuvo dando verga en la boca se me lloroseaban los ojos y el seguía parce uff subía nos besábamos.
Después man me empujaba despacio contra la pared, con una mano me agarraba del cuello y con la otra me sobaba el oyo. Yo lo tocaba, lo sentía temblar, respiraba en mi oído, y yo solo pensaba en el riesgo, en la adrenalina, en que cualquier ruido nos podía delatar.
Me dijo al oído: “déjeme puntearlo”, y yo le respondí que solo un poco, porque porque no sé como este. Me puso contra la puerta, me dijo que mirara al vecino que esta re bueno, y mientras mientras me punteaba poco a poco ya tenía yo el culo ensalivado, parce yo sentía una presión full por esa verga estaba dios, menos mal tenía la cabeza como puntuda ufff, mas placentero yo sentía el corazón a mil.
La sensación fue brutal, entre el miedo, el morbo y el placer. Yo apenas podía respirar y él me susurraba cosas mientras me rosaba y me pajeaba. Hicimos un poco de ruido, el vecino volteó, y el man me tapó la boca al mismo tiempo que fan me la lanza parce media verga, marica yo me quiera morir. Sentí una mezcla de dolor, calor y electricidad en todo el cuerpo.
Sin poder gritar por que el vecino estaba super pendiente, como que se asustó y se fue parce este man me la termina de lanzar marica pude gemir y gritar, parce me empieza a dar rápido me coge del cuello empezamos un forcejeo y besos, le dije parce acabemos porque no demorar en llamar mi pareja o bajar, parce cuando siento que me dice voy acabar, parce la saco me arrodillo y me la meto uffff parce un semen delicioso, pero muchooo mucho me toco escupirlo porque me atore feo.
Nos quedamos ahí respirando, riéndonos bajito, sin poder creer lo que acababa de pasar. Nos besamos otra vez, lentico, de esos besos que uno no quiere soltar, y luego él se fue por las escaleras y yo me subí por el ascensor, todavía con las piernas flojas.
Esto me pasó ayer. No había subido nada, hace rato porque, la verdad, cuando intento escribir sobre lo que recuerdo, a veces se me borra de la memoria jajaja.
Salí del trabajo y tenía una cita médica. Corrí para llegar, pero al final perdí el tiempo porque no atendían a esa hora. Me dio piedra porque había llamado antes y las horas no coincidían. Terminé saliendo todo rabón, y no sé, esa rabia me encendió y me dejó caliente.
Abrí la app de morbo y empecé a hablar con los pocos que estaban conectados. Decidí cruzarme al centro comercial de enfrente, Plaza Claro, para ver si se daba algo. Era mi primera vez buscando cruising en ese centro comercial, así que me puse a caminar y a explorar los baños.
De repente un man me escribe: “caiga a las escaleras de emergencia”. Como pude llegué. Habían dos tipos, los dos me prendieron: uno morenito, medio flaco, y otro más bajito, blanquito, con una verga que chorreaba líquido preseminal... ufff eso ya me tenía mal.
Pero lo mejor fue cuando me asomé más arriba, hacia el segundo piso, y vi a un mancito como de 20 años, lindo, con cara deliciosa y unos ojitos rasgaditos (esa mirada me mata). Yo soy altico, no gordo ni flaco, voy al gym, gordibueno pero bien. Pues me acerqué a ese man y subimos un poco más para que no nos vieran tanto.
Empezamos a tocarnos… tenía pinta deportiva, con una pantaloneta blanca que marcaba la verga de una. Me agarra el culo sin pensarlo, nos rozamos duro, y al besarlo casi me derrito: labios gruesos, carnudos, besaba increíble.
Me baja el jean hasta las rodillas, me muerde las nalgas y se escupe el dedo para sobarme el culo por encima. Yo me giro, él se pega atrás y yo le agarro la verga mientras lo beso. La sensación de esa cabeza caliente refregándose contra mi culo me puso a gemir bajito, uff qué delicia.
En eso me doy cuenta que los otros dos habían subido y se pajeaban mirándonos. Uno me guiñaba el ojo mientras decía: “uff qué rico, sigan”. Eso me prendió más.
El mancito seguía punteándome el culo con la cabeza de la verga, hasta que me la logró meter un poco... parce, me sacó un gemido delicioso. Me dijo que no podía seguir porque ninguno tenía condones, pero solo con ese punteo ya me tenía loco.
Me agarró la cabeza y me dijo: “bájese”. Empecé a chuparle esa verga joven, oliendo su vello, sobándole las bolas y mirándolo hacia arriba mientras me la tragaba despacio y duro. Me dijo: “suba otro poco, lo punteo”, y lo hacía, hasta que de repente me dijo que ya iba a venirse.
Me la metí toda en la boca y a los segundos ¡pufff! me llenó con su leche caliente. Ufff, parce, estaba deliciosa, sabía a leche cuidada, rica, espesa. Se la dejé limpia, brillando, y después salimos porque ya nos estaba entrando la paranoia con los otros manes que nos miraban... aunque la verdad, me hubiera encantado también bajarme con esas vergas.
Este recuerdo es de hace varios años, cuando recién empezaba a explorar mi vida sexual. Acababa de cumplir menos de 18 años y tenía un cuento con un parcero del colegio. Siempre que hacíamos trabajos en la casa, terminábamos morboseando y chupándonos la verga.
Un día la calentura fue tanta que nos animamos a probar más. Estábamos besándonos, tocándonos, y de repente el man me dijo:
—¿Y si lo intentamos por el culo?
Hicimos un sorteo para ver quién sería el primero… y perdí yo.
Prendimos un video porno para ver cómo se lubricaban los manes, y ahí arrancó todo. Él bajó a mi culo y me lo chupó con una delicia que me dejó sin aire. Luego agarró una crema corporal que había en mi cuarto, me untó bien y empezó a empujar.
Ese parcero tenía una verga gruesa y larga para la edad, y aunque pensé que dolería, la calentura pudo más. Poco a poco fue entrando, abriéndome sin dolor, y yo solo gemía contra el colchón. Estaba boca abajo, con una pierna doblada, y sentía cómo me llenaba delicioso, tanto que mi culo lubricaba solo.
Cuando ya estaba todo adentro, empezó a bombear con fuerza. La sacaba completa y me la metía de una sola estocada. El placer era tan intenso que los dos gemíamos como locos. Me cogía duro de la cintura, después me giró boca arriba y mientras me besaba me pajeaba. Probamos varias poses, pero en cuatro no pude aguantar: me la sentía toda y el dolor era demasiado rico y fuerte a la vez.
De repente escuchamos que alguien tocaba las rejas de la casa. Nos vestimos de afán, con rabia por la interrupción. Era otro amigo. El man entró y nos vio sudados, con cara de sospecha, pero no dijo nada. Seguimos “haciendo el trabajo”, aunque debajo de la mesa yo y mi parcero seguíamos tocándonos como si nada.
La calentura otra vez nos ganó. Le dijimos al amigo que fuera a la tienda, y apenas salió, corrimos a la cocina, que tenía una ventana grande por donde podíamos verlo regresar. Mi parcero me bajó la pantaloneta y, sin pensarlo, me metió la verga de un solo golpe.
Sentí un corrientazo de placer brutal. No había tiempo, así que empezó a darme rápido y fuerte. Yo trataba de contener los gemidos, pero era imposible. De repente lo escuché gemir más duro, estaba a punto de correrse, y le solté jadeando:
—¡Préñame, quiero sentirte adentro!
Y así fue. Se corrió con tanta fuerza que sentí su leche bajándome por la pierna. Justo en ese momento regresó el amigo de la tienda. Nos alcanzó a ver por la ventana, pero desde lejos. Entró, dejó las cosas en la mesa, y nosotros nos vestimos rápido, actuando como si nada hubiera pasado.
El novato dominante
Una de esas noches estaba solo porque mi pareja estaba de viaje por trabajo. Me escribió un pelado de 19 años, curioso, que decía que recién estaba empezando a experimentar como bisexual.
Era alto, flaco, pero fornido por el ejercicio, piel morenito, peludo… y con una verga enorme, torcida hacia arriba, rosada, de esas que con solo verla te erizan la piel.
Yo, de 25 años, alto, blanquito, con el cuerpo trabajado en el gym, le conté que tenía varios juguetes: esposas, antifaz, látigo, consolador, bomba de vacío. Él me dijo que quería probar todo, pero con una condición:
—Quiero que me recibas desnudo.
Cuando llegó, cerramos la puerta, puse música y empezamos con los besos, las caricias, oliéndonos, calentando la tensión. De pronto me empujó contra la pared, me desnudó por completo y me colocó el antifaz. Me esposó las manos atrás y ahí empezó el juego.
Me besaba el cuello con hambre, me mordía fuerte los pezones y de pronto ¡zas! Sentí el primer golpe del látigo en mi pecho y después en mi culo. El ardor mezclado con el placer me arrancó un gemido. Me dio de pie contra la pared, me escupió en el culo y empezó a abrirme con los dedos, hasta que agarró el consolador y me lo metió, lento al principio, y luego con fuerza, haciéndome retorcer.
Después me tiró sobre la cama, me abrió de piernas y me lo metió sin compasión. Me agarraba de la cintura, me daba duro, y entre cada embestida me escupía en la espalda o en la cara, disfrutando de tenerme rendido.
Pero yo también quería jugar con él. En un momento logré voltearlo, le puse a él el antifaz y lo amarré a la cama. Agarré la bomba de vacío y se la puse en la verga. Ver cómo se le hinchaba, palpitando dentro de la bomba, mientras se retorcía y gemía, fue brutal.
Me sentía excitado de verlo así, pero cuando me liberó, volvió a tomar el control: me puso de rodillas, me escupió en la boca y me la metió toda, dura y caliente, hasta ahogarme. Luego me levantó, me puso en cuatro y me dio tan fuerte que terminé corriéndome sin tocarme, gritando de placer.
Él acabó dentro de mí, caliente y profundo, mientras me jalaba del pelo y me dejaba marcado el culo del látigo.
Al final, me quitó el antifaz, me besó con fuerza y me dijo:
—Quiero más
Sauna, sudor y deseo
Todo comenzó una tarde cualquiera, haciendo oficio en la casa con mi pareja. Mientras descansábamos un rato, abrimos esa aplicación amarilla que todos conocemos... queríamos ver qué plan se nos cruzaba. Últimamente nos llamaba mucho la atención probar los saunas. Nunca lo habíamos hecho, nos daba un poco de miedo, pero la calentura nos tenía con la idea dándonos vueltas.
Entonces recordamos que un amigo nos había hablado de un sauna muy hot, donde todo el mundo iba con la misma intención: morbo, complicidad, carne y deseo. A mí me prendió de una. Me encantan esos ambientes donde podés mirar bultos marcados, cuerpos desnudos, miradas que dicen todo sin decir nada. Me encanta chupar... y me fascina que me miren haciéndolo.
Sin pensarlo más, pedimos un Uber. Llegamos ese sábado al lugar. Al principio estaba medio vacío, pero igual nos animamos a explorar. Poco a poco se fue llenando... y eso fue lo mejor. Empezaron a llegar manes buenísimos, quitándose la ropa sin pudor, luciendo esos calzones apretados que marcaban todo. Yo ya estaba a mil.
Con mi pareja decidimos recorrer todo el lugar. En un momento le dije que quería dar una vuelta solo, ver qué más encontraba. Así que empecé a caminar entre la gente, echando ojo, cruzando miradas, haciendo pequeñas señales. Algunos respondían, otros no. Subí a una zona más apartada, que conectaba con el área de las cabinas —donde entran los que no pagan el sauna completo—. Allí estaba él.
Un tipo solo, apoyado contra una reja. Empezamos a hablar bajito, y sin mucho preámbulo empezó a tocarme por entre los barrotes. Me agarraba el bulto, me sobaba las nalgas mientras con la otra mano se acariciaba el suyo. Sentí cómo su verga iba creciendo, y mi cuerpo lo pedía.
Para que te hagas una idea: mido 1.70, soy llanero, cuerpo promedio ni gordo ni flaco, voy al gym, mis piernas son mi orgullo que es lo mas facil de generar para mi… y ahora estoy trabajando duro por unas nalgas bien potentes. El tipo me hacía señas... hasta que entendí. Me pidió que me arrodillara. Y lo hice.
Cuando saqué su verga casi me desmayo. Era gruesa, caliente, babeaba como loca. Me agarró del cabello con fuerza y me la metió hasta el fondo. Me lloraban los ojos, me ahogaba, pero eso me encendía aún más. Empezó a bombearme la boca sin piedad, dándome duro, haciéndome gemir ahogado.
Y de un momento a otro... gemidos profundos, un gruñido bajo... y sentí cómo me llenaba la cara de leche caliente, espesa, deliciosa. Me lamí los labios, me limpió con su mano, me besó... y se fue sin decir nada más.
Yo me quedé con el sabor en la boca… y las ganas de seguir explorando.
Después de aquel primer encuentro que me dejó con la cara llena y la mente dando vueltas, seguí caminando por los pasillos del sauna con la respiración aún agitada. El lugar ya estaba a reventar, los cuerpos sudaban, las toallas caían y el ambiente estaba cargado de sexo, sudor y deseo.
Decidí entrar a una de las cabinas oscuras. Me gustaba ese juego de sombras, esa incertidumbre de no saber bien con quién te encontrabas, solo sentir… tocar… dejarte llevar.
Entré a una cabina en penumbra, la puerta se cerró detrás de mí y ahí estaba él: un man alto, no muy flaco, con buen cuerpo, piel morena, barba cerrada. Me miró de arriba abajo sin decir palabra. Solo se me acercó y empezó a rozar su bulto contra el mío, los dos en ropa interior, sintiendo cómo las vergas se endurecían, separadas solo por una delgada tela húmeda.
Nos besamos con fuerza, de esos besos que no son románticos, sino salvajes. Me agarraba con las dos manos, fuerte, con hambre. Empezó a sobarme el culo como si fuera suyo, como si ya supiera que terminaría adentro de mí. Me apretaba las nalgas, me las abría, las masajeaba con los dedos calientes, mientras yo le lamía el cuello, le mordía el pecho y sentía su verga palpitando detrás de la tela.
Me susurró al oído:
—Soy versátil… pero hoy quiero metértela.
Eso fue suficiente para rendirme. Me volteó, bajó mi ropa interior lentamente, como disfrutando cada segundo, y sin más, me empezó a frotar con su verga entre las nalgas. Yo me arqueaba, la buscaba, la quería dentro. Me escupió el culo sin aviso, me lo sobó con la punta... y de repente, sentí cómo me la metía despacio, abriéndome, llenándome, caliente, gruesa.
Gemí bajito, mordiendo mi brazo para no gritar.
Empezó a darme suave al principio, pero poco a poco fue metiéndola con más fuerza. Cada embestida sonaba húmeda, su pelvis chocando contra mis nalgas sudadas, el ambiente oscuro, el olor a sexo puro, gemidos sordos de otras cabinas alrededor. Me sujetó del cuello y me folló con ganas, marcando su territorio dentro de mí.
Hasta que lo escuché: su respiración se cortó, sus caderas se tensaron…
Y ahí fue. Se vino adentro, caliente, profundo, temblando mientras gemía mi nombre al oído.
Me abrazó por la espalda, jadeando.
—Estás delicioso —me dijo—. Te quiero volver a ver aquí.
Se subió el bóxer, me dio una nalgada suave, abrió la puerta... y desapareció entre el vapor y los cuerpos.
Yo me quedé ahí, contra la pared, aún sintiendo cómo su leche me chorreaba entre las piernas… sabiendo que la noche apenas comenzaba.
Salí de la cabina con las piernas un poco temblorosas, el culo húmedo aún con el calor de la última descarga… y una sonrisa que no podía borrar. Caminé directo a las duchas. Necesitaba agua, pero también... algo más.
El vapor salía denso desde las paredes, y entre la neblina, lo vi: mi pareja ya estaba ahí, bajo una de las regaderas, con el cuerpo mojado y brillante, la toalla tirada a un lado y su verga semi dura, descansando entre sus piernas. Cuando me vio, me sonrió con esa mirada que ya conozco: sabía que algo había pasado… y le excitaba.
Me acerqué sin decir nada, lo abracé por detrás, le pasé las manos por el pecho, y empecé a besarle el cuello. Me apretaba contra él, mientras el agua caliente nos recorría. Su verga empezó a endurecerse, y la mía también. Le susurré al oído:
—Me lo metieron hace poco… me vinieron adentro… ¿Quieres sentirlo?
Él jadeó. Me volteó con fuerza, me besó con hambre. Me agarró las nalgas, me metió dos dedos y sacó un poco de la leche que aún tenía dentro. Se la llevó a la boca.
—Estás exquisito —me dijo—. Vamos a jugar.
En ese momento, escuchamos pasos. Un man se nos acercaba. Era joven, de piel clara, cuerpo marcado, sin una gota de pena. Nos miró directo, sin hablar. Y sin pedir permiso, se metió bajo el chorro con nosotros.
Mi pareja y yo nos miramos. No dijimos nada, solo nos entendimos. Él se quedó detrás de mí, y yo quedé de frente al nuevo. Empezamos a acariciarlo entre los dos, tocándole el pecho, el abdomen, el bulto ya bien duro que se marcaba debajo del calzoncillo mojado.
Le bajé la ropa interior y me arrodillé frente a él. Tenía una verga gruesa, venosa, y la punta roja brillando con deseo. La empecé a chupar lento, saboreándola desde la base, mientras mi pareja me abría las nalgas y me empezaba a meter la suya. Estaba tan mojado todo… que no hizo falta más que eso.
Me bombeaba suave, mientras yo me concentraba en chuparle la verga al nuevo, que gemía bajito y me agarraba del cabello. Mi pareja jadeaba detrás, me decía cosas sucias al oído mientras seguía dándome sin parar.
El man del frente se vino primero, llenándome la boca con una corrida espesa y caliente. Me la tragué toda, mientras aún gemía. Luego, mi pareja me folló con fuerza hasta que se vino dentro de mí, agarrándome las caderas y mordiendo mi espalda mientras me llenaba.
Los tres nos quedamos ahí, bajo el agua caliente, recuperando el aliento. El silencio era solo interrumpido por las gotas cayendo y nuestros corazones acelerados.
Nos miramos. Sonreímos. Y sin decir nada… sabíamos que este sauna se convertiría en nuestro nuevo ritual.
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la depresión no tiene edad, los ataques de pánico no son un show, la ansiedad no es exageración, la baja autoestima no es un juego; ojalá algún día las personas entiendan que la salud mental es tan importante como la física, empiecen a ser más empáticos y respetuosos con todos.