Ellas buscaban las flores de su ventana y el vendía por las calles las noches, las avellanas y las plumas de su vieja almohada.
Psicóloga 🌻
Feminista 💜
Falangistas metían ratas en las vaginas de las presas.
Testimonio de Eudaldo Felipe Nuez, desarrolló el servicio militar en el cuartel de La Isleta entre los años 1936-1938.
«(…) A las mujeres embarazadas las ponían en aquella frías camillas metálicas, las abrían de piernas, se las amarraban y les metían las ratas que traía Juan «El Cebollero» de Falange en una jaula de calandras, parecían enseñadas, porque desde que las soltaban iban directas a las vaginas, mordían un poco por fuera los labios y luego entraban muy rápidas y las devoraban por dentro. Nunca en mi vida escuché gritos de dolor tan fuertes, se me quedaron grabados en mis oídos por siempre mientras fregaba los pisos del centro de detención ubicado en la trasera de la calle Triana, allí solo llevaban mujeres a las que si eran jóvenes y bonitas las violaban, si eran mayores las colgaban por la piernas boca abajo varios días pa darles leña con las varas de acebuche y las pingas de buey. «La Casa de los Horrores» la llamaba mi primo Macario, el que fue futbolista, no podíamos renunciar a aquel horrible trabajo porque los dos eramos soldados, nos llevaban cada noche en un pequeño camión con material de limpieza del cuartel, solo sacábamos mucha sangre, sesos, trozos de vagina, pezones cortados, pechos enteros metidos en bolsas de papel. Había siempre por allí un médico de Las Palmas, se llamaba Don Antonio Marrero Portugués, se encargaba de mirarles la tensión a las que estaban casi muertas o la temperatura, todavía no entiendo que función tenía porque lo que les hacían era incurable, tal vez pa saber el tiempo que durarían vivas y seguirles haciendo daño hasta la muerte. Me acuerdo de los niños que metían en una sala contigua a las de tortura, un cuarto frío, sin muebles, donde los menores oían los gritos de sus madres, a veces llevaban alguno pa que vieran como las destrozaban y dieran algún dato de la información que pedían los torturadores. Lo que no olvido son las ratas de cloaca casi negras, sus chillidos cuando olían la sangre o las entrañas de aquellas pobres mujeres…»
Entrevista realizada por Francisco González Tejera, en el barrio de Vegueta (Las Palmas de Gran Canaria), el 5 de julio de 1987.
A propósito de este artículo, doy mi opinión sobre el suicidio asistido en pacientes psiquiátricos, que coincide básicamente con la de los autores de este artículo. Pero antes quiero aclarar cómo entiendo yo los términos, aunque soy consciente de que esta distinción es discutible.
Para mí, eutanasia es la intervención médica que acelera o suaviza una muerte que ya es inevitable a corto plazo, como ocurre en un cáncer en fase terminal avanzada. En estos casos, el médico no causa una muerte que no iba a producirse, sino que evita un sufrimiento inútil en las últimas semanas o meses de vida.
Por el contrario, hablo de suicidio asistido cuando el paciente no padece una enfermedad terminal. Su problema principal es un sufrimiento crónico, grave y subjetivamente insoportable (paraplejía, trastornos mentales severos, trastorno borderline, etc.). Aquí la muerte no es inminente ni biológicamente inevitable: es elegida como solución al sufrimiento. El médico no acompaña una muerte natural, sino que proporciona los medios para provocarla o la provoca directamente.
Esta distinción es clave cuando hablamos de psiquiatría, porque genera una contradicción profunda. Imaginemos a un paciente con depresión grave que presenta un sufrimiento insoportable. Si esa persona se suicida, para la psiquiatría ha sido un fracaso terapéutico, y el equipo tratante puede incluso enfrentar responsabilidades legales. Sin embargo, si el mismo paciente solicita suicidio asistido por otra vía, nuestro rol pasa a ser valorar si su deseo es “razonable” y, en su caso, facilitarlo. De pronto, lo que antes era un fracaso pasa a considerarse un acto legítimo o incluso un “éxito” del sistema. En definitiva, se nos está pidiendo que decidamos qué vidas merecen ser vividas y cuáles no.
Algunos pueden defender que no hay contradicción sino que son dos etapas distintas: primero se trata la enfermedad psiquiátrica y, si fracasa el tratamiento y el sufrimiento persiste, entonces se puede considerar el suicidio asistido, igual que ocurre con el cáncer. Este paralelismo tiene, sin embargo, varios problemas graves.
En primer lugar, en psiquiatría muchas veces no existen dos fases claras (“primero quiero vivir, luego ya no”). El paciente depresivo grave suele llegar ya con ideación suicida y, en ocasiones, requiere ingreso involuntario para evitarlo. También, valorar la capacidad de la persona con un trastorno mental para decidir (hasta qué punto el que habla es el paciente y no la enfermedad) es un tema complejo y no resuelto cientificamente.
En segundo lugar, en oncología terminal disponemos de criterios objetivos relativamente fiables para determinar que la situación es irremediable y que la muerte es inminente. En psiquiatría no tenemos esa capacidad predictiva. He visto pacientes con depresión grave mejorar notablemente después de dos, tres o incluso cinco años de evolución. No hay criterios lo suficientemente objetivos de "fracaso" y de "irremediable".
Pero el problema nuclear es otro: el criterio decisivo deja de ser el diagnóstico médico y pasa a ser el sufrimiento subjetivo insoportable. En Países Bajos, Bélgica y Canadá ya se han aprobado casos de eutanasia por autismo, trastorno borderline o depresión crónica. Sin embargo, la mayoría de las personas con depresión grave no desean morir, ni solicitan suicidio asistido.
Un ejemplo aún más claro es el síndrome de enclaustramiento (locked-in syndrome): pacientes plenamente conscientes, con sus facultades cognitivas intactas, pero completamente paralizados, que solo pueden comunicarse moviendo los párpados. La gran mayoría de ellos no quieren morir; quieren seguir viviendo.
Esto demuestra que no podemos justificar el suicidio asistido basándonos en un diagnóstico psiquiátrico “objetivo”. Al final, lo que realmente decide es el sufrimiento subjetivo declarado por el paciente. Y aquí entramos en un terreno muy resbaladizo: si el sufrimiento insoportable se convierte en el criterio definitivo -y no el diagnóstico-, entonces cualquier persona que declare un sufrimiento intenso y persistente (por soledad crónica, fatiga de vivir, o cualquier otra razón profundamente personal) podría convertirse en candidata a recibir ayuda para morir. El diagnóstico pierde entonces toda su fuerza justificativa.
¿Se puede evitar la muerte?
Ayer murió una paciente de 17 años por una apendicitis complicada.
Sí, por una apendicitis.
Una adolescente que durante aproximadamente 10 días recorrió cuatro centros de salud. Llegaba con dolor abdominal, distensión, secreción vaginal amarillenta y fétida. Era sexualmente activa, y probablemente en algún momento fue enfocada como un caso ginecológico.
Pero era abdomen agudo.
Cuando llegó a nuestro centro, llegó en shock.
Se le realizaron analíticas, pero antes de tener resultados completos, su condición colapsó. Fue llevada a UCI, estabilizada y trasladada a quirófano.
En cirugía se encontraron aproximadamente 3,000 cc de pus en cavidad abdominal. Una apendicitis perforada. Sepsis instaurada.
Dos días después, falleció.
Y aquí es donde me golpea la realidad.
Yo creo que la muerte, como destino final, es inevitable. Nacemos y algún día morimos. Pero lo que sí creo es que algunas causas de muerte pueden evitarse.
Una apendicitis no debería matar a una paciente de 17 años.
Dolor abdominal, fiebre, náuseas, vómitos, diarrea en una adolescente previamente sana. Ese diagnóstico no es complejo. No requiere ser cirujano. Requiere sospecha clínica.
La apendicitis la operamos los quirúrgicos.
Pero la deben diagnosticar todos los clínicos.
Esta paciente buscó ayuda. Sus familiares buscaron ayuda. Fue despachada una y otra vez. Llegó sin referimiento. Llegó cuando ya la sepsis estaba instaurada.
Y sí, quizás su muerte era inevitable en ese mismo día. Pero no tenía que ser por una apendicitis.
Eso es lo que duele.
Eso es lo que me choca.
Eso es lo que no debería pasar.
Porque cuando el diagnóstico se retrasa, no es solo un error. Es una oportunidad perdida de salvar una vida.
Dejen de culpar a los docentes y háganse cargo de sus hijos. Sáquenles las pantallas y métanlos en deportes. Mírenlos a la cara. Oblíguelos a cenar en familia. Pregúntenles cómo están, qué hicieron, si tienen tarea. Revisen sus cuadernos. Llévenlos al pediatra y al psicólogo.
Lamentablemente aún hoy en día la medicina sigue teniendo una deuda histórica con las mujeres, la mayoría de protocolos y scores se basan en un hombre blanco de 30 años que pesa 70 kilos.
Así que mujeres si tienen síntomas similares exijan un electrocardiograma por favor.
La romantización de la “salud mental” en redes nos está vendiendo la idea de que sanar es café en tazas lindas y escribir en un diario, cuando la realidad es que sanar de verdad es un proceso incómodo, crudo y solitario donde te toca enfrentarte a tu propia mente sin adornos.
"Le preguntaron un día a una beduina a cuál de sus hijos quería más. Ella contestó: al enfermo hasta que cure; al pequeño hasta que crezca; al viajero hasta que vuelva".
"La pobreza en la posguerra", Fotógrafo Valentín Vega,1947.
Curioso que cuando dicen que "la prostitución es un trabajo como cualquier otro", siempre la comparan con fregar escaleras o recoger fresas, nunca con ser ingeniera, directiva o cirujana. Como si la "normalización" solo se aplicara si el destino es la base de la pirámide.