Clive asintió de forma suave, una forma sencilla de restarle importancia a un gesto que era más simbólico que otra cosa. Con las manos enlazadas, el Dominante ladeó la testa con sutileza ante aquella confesión de horror ante la incertidumbre, afianzando entonces el agarre, >
a modo de decirle unas palabras de seguridad: 𝘌𝘴𝘵𝘰𝘺 𝘢𝘲𝘶𝘪́.
—¿A qué temes? —Finalmente cuestionó para romper él el hielo a aquella problemática—. Vas a ser libre. ¿No es eso acaso lo que buscamos todos?
Con ayuda de su propia hábil, el Escudo de Rosaria elevó >
—Desde que me has contado que en teoría en tus tierras se encienden chimeneas —Alzó con algo de vagueza una de sus comisuras, pues su mente había avanzado a una velocidad atípica para lo poco detallista que tendía a ser el Dominante—. Pensé que podría acercarte un poco >
< un ejército? ¿Derrotar al resto de Dominantes? aquello era una tarea sencilla si se comparaba con el estudio de algo que a su forma de ver era completamente alienígena a su entendimiento y conocimiento. Especialmente si Harpócrates no disponía de la suficiente información >
El Dominante contempló la escena en un respetuoso silencio, aunque curioso de conocer cuál habría sido el deseo elegido por la no-muerta. El suyo lo guardaría con recelo, agorero como él era; aunque con un pequeño ápice de esperanza de que, tal vez, si los astros se alineaban, >
corporales; aunque en su caso no era un calor exagerado como otras veces anteriores.
—Forjaremos nuestra propia tradición. Todos los años, en este día y esta misma hora, prenderemos una vela y pediremos un deseo. Y si no estuviéramos juntos en algún momento… >
—Curioso…
Farfulló para si, quedando acto seguido en un cómodo silencio durante unos segundos. Después se puso en pie, volviendo a invitarla, esta vez al camarote en conjunto del dúo viajero. El Dominante tenía una idea en mente que sería fácil llevar a cabo.
—Ven. Tengo >
depositándolas sobre la mesa. Acto seguido tomó asiento en una de las sillas, indicándole que hiciera lo propio. Tomó la primera vela y con dos de sus dedos prendió el fino textil de esta que comenzó a consumirse poco a poco. Acto seguido, con la prendida, se la tendió >
—Es difícil que sienta frío últimamente.
Respondió mientras caminaba por la superficie del barco, en dirección a la proa, donde había un par de asientos para contemplar las vistas. Su capa se mecía con ligereza debido al viento que provocaba el desplazamiento del navío, >
tomando asiento en el borde de una de las banquetas. Torgal les siguió con el hueso de cabrito en la boca, acostándose a la vera de su dueño para seguir afilándose los colmillos con él.
—¿Tenéis celebraciones en tu Reino? —Cuestionó el Dominante, con cierta curiosidad >