Dejen de culpar a los docentes y háganse cargo de sus hijos. Sáquenles las pantallas y métanlos en deportes. Mírenlos a la cara. Oblíguelos a cenar en familia. Pregúntenles cómo están, qué hicieron, si tienen tarea. Revisen sus cuadernos. Llévenlos al pediatra y al psicólogo.
Toca reconocer la responsabilidad y la puntualidad con la que se tomó su laburo el otoño. Quince horas de llovizna intermitente, viento de la san puta y 400 millones de hojas volando para todos lados.