@FWintergarten@MarioX46829@FotsTe En realidad daría igual. Las 48h es un mito urbano. En cuanto llegue la policía no harán nada (no se quieren arriesgar).
Estimada @anairissimon, con todo el cariño, su diagnóstico es exactamente el que ha producido el problema que denuncia. Y voy a usar su tuit como excusa para hacer un mansplaining de manual:
Acto primero. El alquiler está caro. Demasiado caro. La gente joven no llega. Las familias se ahogan. Algo hay que hacer. ¿Por qué está tan caro? Es evidente: los propietarios son avariciosos. Hijos de pxta. Una generación de boomers que compraron barato, y en pesetas fíjese, que al cambio el piso le costó lo que un menú del día; y ahora explotan a la generación siguiente. Qué poca vergüenza.
Acto segundo. ¡Legislemos! Pongamos un precio máximo al alquiler. Si la avaricia es el problema, la mano dura es la solución. Topes a la renta. Zonas tensionadas. Índices de referencia. Endurecimiento de los desahucios. Si alguien no paga el alquiler, moratoria. ¡Aplausos! Estamos protegiendo al inquilino frente al mercado abusivo. Mercado=caca. Boomer FU.
Acto tercero. El propietario que tiene un piso en alquiler residencial mira el panorama y hace un cálculo. Si lo mantiene en alquiler residencial, su renta tiene un tope, su capacidad de elegir inquilino restringida, se puede meter cualquiera, ¿y si no paga? —le pagas la luz y el agua, egoísta, que compraste el piso en pesetas—. Si lo pasa a turístico, gana más, recupera control sobre la disponibilidad y evita el riesgo de un inquilino problemático que tarde dos o tres años en irse por vía judicial. Si lo vende, capitaliza la plusvalía y se libera del problema entero. ¿Qué hace? Lo que haría cualquier persona racional con un activo cuya rentabilidad ha sido políticamente reducida: lo retira del uso menos rentable y peligroso y lo desplaza al más rentable y seguro. Ahora multiplica esto por miles de propietarios.
Acto cuarto. La oferta de alquiler residencial empieza a caer porque miles y miles de propietarios hacen esto. El sistema les ha dado los incentivos necesarios para abandonar ese mercado. Mientras tanto la demanda sigue creciendo: inmigración, formación de hogares, salarios que suben menos que los precios. El gobierno aprieta la oferta y empuje la demanda al mismo tiempo. Maravillosa jugada.
Acto quinto. Los precios suben más. La oferta se ha contraído más. La gente joven sigue sin llegar. Las familias siguen ahogándose. ¿Y la conclusión política? Que los propietarios que se mantienen en el alquiler residencial son aún más avariciosos. Que para qué van a construir vivienda si cuando salgan al mercado, los egoístas que pueden comprarla van a subirles el precio. Que hay que legislar más fuerte. Más topes, más zonas tensionadas, más restricciones. Cada nueva intervención agudiza el incentivo a salir del mercado residencial, y cada salida del mercado residencial aumenta la subida de precios, y cada subida de precios refuerza el diagnóstico moral original: boomer hijoputas. El sistema entero gira alrededor de una explicación de mierda, y cuanto más se actúa sobre esa explicación de mierda, peor funciona. ¿Lo entendemos?
Vamos con el Acto sexto, donde estamos ahora. El alquiler está más caro que nunca. La oferta residencial ha caído cerca de un cincuenta por ciento en una década en las grandes ciudades. La vivienda turística ha absorbido gran parte del stock retirado. Los pequeños propietarios que quedan en residencial son los que no han podido o no han querido cambiar de uso, y son justamente a quienes usted, Ana, llama avariciosos por cobrar el precio que el mercado fija. Y la respuesta política sigue siendo la misma: más coerción, más topes, más persecución del propietario.
La vivienda no es un problema moral, es un problema sistémico. Es un sistema atrapado en un bucle de policy resistance (se llama así), donde cada intervención producida desde el diagnóstico equivocado refuerza precisamente el síntoma que pretendía corregir. El propietario que cobra mil doscientos euros no es la causa del problema. Es la consecuencia visible de diez años de políticas nefastas que apretaron la oferta sin ampliarla, mientras la demanda crecía sin freno.
Lo moralmente correcto, @anairissimon, el tabú real, no es señalar al pequeño propietario. Es admitir que las políticas de vivienda que la izquierda urbana española aplaudió durante una década (las 𝑎𝑑𝑎𝑐𝑜𝑙𝑎𝑢𝑠𝑜𝑙𝑢𝑡𝑖𝑜𝑛𝑠) han producido exactamente lo contrario de lo que pretendía. Y que cuando un sistema produce sistemáticamente lo contrario de lo que se le pide, el problema no está en los actores que lo componen. Está en el inútil que diseñó las reglas.