看劇的宅腐fangirl。永遠在別人的戲裡,流著自己的淚(INFP-T)
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En Tailandia, como no ha llovido nada durante varios meses se realizó un ritual para pedir lluvia.
En realidad la tradición dice que hay que llevar un gato vivo, pero como les daba pena usaron un muñeco de Doraemon. 😭
En 1900, una mujer tomó lo que probablemente sea el selfie más antiguo conocido de la historia.
Se colocó frente a un espejo de cuerpo entero, sostuvo su Kodak Brownie a la altura de la cadera, apuntó hacia el reflejo y apretó el obturador. La cámara era una caja de cartón y madera que Kodak había lanzado ese mismo año al precio de un dólar, con el objetivo explícito de que cualquier persona pudiera fotografiar su propia vida sin necesidad de un fotógrafo profesional.
El resultado es esta imagen: una mujer eduardiana con vestido de época, sola en su habitación, mirando directamente al espejo con una expresión serena y completamente consciente de lo que está haciendo.
La Kodak Brownie fue uno de los objetos más democratizadores de la historia de la imagen. Antes de ella, hacerse una fotografía requería un estudio, un fotógrafo, tiempo y dinero. Después de ella, cualquiera podía documentar su propia existencia. En su primer año se vendieron 150.000 unidades. El nombre venía de los personajes de la ilustradora canadiense Palmer Cox, unos duendes traviesos que aparecían en las instrucciones de la cámara.
Lo que esta mujer hizo en 1900, instintivamente, frente a su espejo, es exactamente lo mismo que mil millones de personas hacen hoy con el teléfono. La postura es idéntica. La intención también: verse, registrarse, existir en una imagen.
Ella lo hizo con una caja de cartón y un espejo.
Ciento veinticinco años antes del selfie moderno.
Hace más de 2.000 años, alguien en el Ártico resolvió un problema que la medicina moderna tardó siglos en nombrar: la ceguera por nieve.
La nieve y el hielo reflejan hasta el 80% de la radiación ultravioleta. Sin protección, la córnea se quema en cuestión de horas, produciendo una condición que los oftalmólogos llaman fotoqueratitis: dolor intenso, lagrimeo, sensación de arena en los ojos, ceguera temporal. En el Ártico, quedarte ciego significa quedarte muerto.
Los pueblos Inuit e Yupik encontraron la solución hace más de cuatro milenios: gafas talladas en marfil de morsa, hueso de caribú o madera de deriva, con ranuras horizontales estrechas que reducían la entrada de luz hasta un mínimo. La ranura no deja ver menos, al contrario: en condiciones de nieve brillante, ver a través de una rendija estrecha mejora el contraste y la definición. Es el mismo principio que usan los fotógrafos cuando entrecierran los ojos para evaluar la luz de una escena.
El ejemplar de la derecha, conservado en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, tiene además grabados de renos en la superficie. No era solo tecnología. Era también identidad, arte y pertenencia cultural en un objeto del tamaño de la palma de una mano.
El ejército estadounidense redescubrió el mismo principio durante la Segunda Guerra Mundial y desarrolló gafas de ranura para sus tropas en el Pacífico Norte. La industria del esquí tardó décadas más en llegar a soluciones comparables en eficacia.
Los Inuit lo tenían resuelto antes de que existiera Roma.