De repente mi marido me dijo:
—Gracias por casarte conmigo. Quiero pasar el resto de mi vida contigo. Te quiero.
Me puse en alerta inmediatamente.
—¿Has sido infiel?
—No.
—¿Tienes deudas?
—No.
—Ya lo tengo. Te han despedido.
Entonces, con un hilillo de voz, que no sé cómo pudo salir de un hombre de casi dos metros, susurró:
—He encontrado un gatito abandonado... y me lo he traído a casa.